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54 Cultura DOMINGO 23 4 2006 ABC Hoy se cumplen 25 años de la muerte de Josep Pla, justo cuando se conmemoran las muertes de Cervantes y Shakespeare y también cuando Cataluña celebra a Sant Jordi en el que ya es el Día Mundial del Libro Mas Pla, más Pla POR IGNACIO TORRIJOS Llovía sobre el mas Pla, su casa en Llofriu, y su cuerpo ya era translúcido como una primaveral gota de agua. Toca el braç, tot son ossos. Així es la mort (toca el brazo, todo son huesos. Así es la muerte) había dicho. Josep Pla murió hace veinticinco años, a las diez de la mañana del 23 de abril de 1981, en la misma cama de pletórica ebanistería donde tanto había disfrutado del placer de leer en las noches de invierno libros de historia, e imagino que también de Montaigne, tal vez adhiriéndose entre las sábanas, bajo un cuadro de un Cristo sobrenaturalmente iluminado y desclavado, a esta frase del irónico gascón: No me preocupo tanto de cómo soy para los demás como de cómo soy para mí o de Leopardi, que, en las horas en que el lecho ya no es para los deleites de la lectura sino para las nostalgias de la muerte, le animaría quizás a susurrar: O graziosa luna, io mi rammento... Aquellos días aún le liaba un amigo un cigarrillo, su detector de adjetivos, porque, así como por el humo se sabe dónde está el fuego, por la pausa del papel de fumar y de las caladas sabía él dónde estaba la voluta para prender el sustantivo; aún pedía una cucharada de mermelada de manzana, y en la mesa le esperaban el whisky, la pluma y las cuartillas a medias manuscritas. Este ampurdanés antipedante que había atravesado su boina en las siluetas del Big Ben, del Gran Canal o de la Plaza Roja dejó, pues, el tabaco y este mundo en el día de san Jorge, sant Jordi, el Día del Libro; y como libro del día podríamos elegir hoy uno cualquiera de los suyos. Con el traje azul que le vistieron, se fue a ver el que passarà després (lo que pasará después) sin más rodeos, directamente desde el mas Pla; y hay que querer más Pla. Estamos de suerte, porque escribió más de 29.000 páginas y el senyor Josep es por sí solo una Feria del Libro. Por las mismas fechas abrileñas, nació y murió Shakesperare y murió Cervantes. Vida y muerte de los clásicos, que en sus obras siguen viviendo, aunque a ratos, ay, también muriendo. Puesta delante de un libro, y no digamos de un clásico, hasta la persona más cultivada tiene ante sí dos opciones: ser sincera consigo misma o entregarse a la más recalcitrante de las poses, que es la pose sin testigos. La pose, en su diversidad de manifestaciones, es, dentro del repertorio humano, una de las actitudes que más juego pueden dar para hacer el ridículo. La pose del talento, del genio, es una de las que se practican con mayor ahínco. Para topar con ella basta estar medianamente atento. Veamos a ese cocinero, a ese peluquero, a ese diseñador, a ese publicista, a ese autor del último mamotreto de éxito... Helos ahí, como conscientes de su propia eminencia y reconcentrados en su propio rendimiento, con la palma de la mano en la barbilla y dos dedos, sólo dos, de sólito el corazón y el índice, cruzando la mejilla, apuntando a la sien, como si nos insinuaran con esa doble flecha digital una conspicua intelectualidad. Que Ortega y Gasset fuera fotografiado así cuando casi había escrito ya su Obra Completa, pase. Pero estos otros, por muy golosos que estén de su yo y su circunstancia, no; dan ganas de arrancarles los dedos. De lectores y clásicos La lectura de los clásicos va con cada uno: con cada uno de los lectores o con cada uno de los clásicos. Te llegas a poner importante, clásico, o no. En algunos capítulos del Quijote, a uno puede secársele el cerebro y rematársele el juicio de puro regodeo lector. En otros... donde esté un buen partido, es mejor dejar el libro en algún lugar de la cancha de cuyo nombre no quieras acordarte... Uno toma, por ejemplo, el Fausto, y quizá experimente una amenidad diabólica y la goce con toda su alma. Pero uno coge después el Werther y es probable que se le caiga de las manos- -no porque estén ya blandas- -y sea pesado de recoger una vez que ha tocado suelo. Los diminutivos wertherianos nos atacan a lo grande: más de cien en algo más de cien páginas. Cuando en una de las traducciones clásicas Werther te va contando sus cuitas y antes de la página 50 ya te ha hablado de asuntillos, vallecillos, hierbecillas, gusanillos, paredillas, fuentecillas, gentecillas, preguntillas, muñequillas, huertecillos, grupillos, reinecillos, rubillas, naricillas, encontroncillos y chispillas, uno se plantea la conveniencia de propinarle al romántico chaval unos oportunos coscorrones. Y cuando vas a llegar a la página 100 y rebosas de encarguillos, diablillos, cachorrillos, aldeanillas, cuentecillos, accidentillos, avecillas, mosquitillas, hogarcillos, polvillos, fabulillas, ratillos, palabrillas, enfadillos, temporadillas y librillos, entonces- -que Dios y Goethe me perdonen- -uno ensaya la lectura interactiva para rogarle a este Werthercillo que se pegue ya de una vez por todas el tirillo con la pistolilla. En la lectura, como en el amor, la compenetración feliz se alcanza con la pimpante combinación de estos tres elementos: Neurona, Hormona y Sal. N: complacencia mental. H: chisporroteo vital. S: condimento psicosomático que hace que una compañía esté dotada de alicientes sápidos en lugar de insipidez. En resumen: buen rollo, marcha y sabor. Así las cosas, he de decir que yo amo y leo o leo y amo a Pla. Tengo con este soltero individualista neurona, hormona- -entendámonos- -y sal, y en este aniversario planiano, en estos días de libro y rosas, lo que quisiera es que quienes todavía no lo han leído sean unos capullos- -entendámonos también- -que se abran a esta pasión lectora. Puesto delante de un libro de Pla, un clásico del siglo XX, yo, al menos, no he tenido nunca la necesidad o la tentación de adoptar una pose. El turbo neuronal, hormonal y salino ha entrado inmediato, directo; y, embalado en esa sinceridad conmigo mismo, me he dicho: Josep Pla en la playa de Palafrugell ¡qué bienestar! Se me hace extraño suponer que Pla, uno de los escritores menos cursis del planeta, llegara a estar en pose alguna vez; y si posó, fue en todo caso de falsa modestia, que es la forma más benigna de posar. Después de más de 60 años de grafomanía, a ratos se abandonó a la rústica coquetería de decir que él (ICADE) Aula Magna C Alberto Aguilera, 23- Madrid