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22 4 06 Año Cézanne Escapada impresionista POR JUAN FRANCISCO ALONSO a vida corría como una bala en aquellos trenes que resoplaban en la Gare St. Lazare. En el vértigo de la era de los inventos, un grupo de pintores quiso atrapar el mundo que se les escurría entre los dedos con colores puros y trazos sueltos. Fogonazos de realidad que viajaban en un suspiro desde el Barrio Latino o desde cualquier callejuela de un pequeño pueblo hasta el lienzo. Los impresionistas quizá no sabían que estaban creando uno de los movimientos más populares de la historia. Algunos bastante tenían con sobrevivir. Durante años, lo consiguieron en el refugio recién descubierto de la campiña, a dos pasos (unos treinta kilómetros) de París. El mundo gira aún más rápido hoy. Pero en Auvers, como entonces, se toma un respiro. Este pueblo abrazado por el agua del Oise es un remanso de paz, casi una fotocopia del que halló Daubigny, precursor de los impresionistas, cuando instaló aquí su atelier en 1860 (hoy museo, abierto al público en, cómo no, la rue que lleva su nombre) Desde la puerta de esa casa vemos con sus ojos, o con los de Cézanne, o con los de Van Gogh: viviendas unifamiliares de dos o tres plantas, el bosque en el horizonte, las calles silenciosas, el tintineo de las tazas de café, el campo color verde envidia. El centenario de la muerte de Cézanne (1839- 1906) ha puesto esta área de descanso en pie de actividad para recordar a aquel grupo de amigos que encontró aquí un hogar más barato y tranquilo que en la febril París, más cerca del mecenas Gachet, más a tono con la pasión por el paisaje de muchos de ellos. El castillo de Auvers- sur- Oise, donde se ha construido un centro de interpretación del impresionismo, es una buena puerta para entrar en el valle. Durante casi dos horas se nos presenta esa época con un chaparrón de maquetas, audiovisuales, fotografías y reconstrucción de escenarios, por ejemplo el tren que llegaba del entonces lejano centro de la capital, o un café en el que suena el vaivén del cancán. L museo o en un catálogo. Y así, hasta regresar al centro, a la Place de la Mairie, en busca de la archifamosa casa en la que Van Gogh pasó sus últimos días. A nuestra espalda está el Ayuntamiento, una fachada que entró en la historia tras posar para el genio incomprendido, y enfrente, el Auberge Ravoux con su pequeño café en la planta baja y, arriba, uno de los microcuartos más famosos del mundo, dividido en dos zonas. En la primera, la so- El original y la interpretación En Auvers se va el día a pinceladas, entre el castillo, la casa del doctor Gachet, y el atelier y el museo Daubigny. En las calles han tenido, además, la buena idea de instalar paneles con cuadros conocidos junto al paisaje original, lo que que ayuda a los visitantes a viajar un siglo atrás, a ponerse detrás del caballete, a caminar entre las silenciosas calles en busca de otro rincón que seguramente habrán visto alguna vez en un En el Auberge Ravoux, un pequeño hostal del centro de Auvers, Van Gogh vivió sus últimos setenta días, tiempo en el que consiguió pintar otros tantos lienzos, alentado por su mecenas, el doctor Gachet. Sobre estas líneas, su microhabitación Museo Tavet- Delacour, en una casa del XV en Pontoise ledad de una silla se torna una metáfora del hombre que no conseguía vender un cuadro, que se pegó un tiro; en la segunda, apenas cabe una cama individual, situada bajo el chorro de luz del techo abuhardillado. Aquí durmió setenta días, antes de morir, una época de frenesí creativo en la que pintó setenta cuadros, treinta dibujos y un grabado. Las localidades más próximas al Sena y las del valle del Oise casi se tocan entre sí. Pontoise, donde vivía Pissarro, dista tres kilómetros de Auvers, por ejemplo. Esta proximidad explica la relación entre los impresionistas. Cézanne me ha influido a mí en Pontoise, y yo a él- -escribió Pissarro en 1895- Hablan de lo curioso que es el parentesco que hay entre algunos paisajes creados por ambos. Pues claro. Estábamos siempre juntos, pero lo cierto es que cada cual conservaba la única cosa que cuenta, su sentimiento, eso sería fácil de demostrar A la hora de recorrerlos, lo mejor es un coche, para acercanos a la casa- museo de Monet, en Argenteuil, o al museo de la Maison Fournaise, en Chatou, inmortalizada por Renoir en El almuerzo de los barqueros o quizá a Croissy- sur- Seine, en busca de los cuadros que recuerdan el café- baile de la Grenouillère. Quien lo prefiera, eso sí, puede conformarse con Auvers, el centro de operaciones del