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ABC SÁBADO 22 4 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LOS CICLOS HISPÁNICOS ...Ya sentó muy mal al negocio turístico del XIX que se acabara con los almacenes de cacharros supuestamente inquisitoriales y con los bandoleros de Sierra Morena que se hicieron honorables; y mucho se alabó nuestro sedicente arreglo de esos ciclos hispánicos en la Constitución de 1978... L conde de Peñaflorida, don Javier María de Munibe, uno de los Caballeritos de Azcoitia, y al poeta francés Paul Claudel, se les dio muy bien la ironía sobre una España segura de sus ideas recibidas, y decidida a no permitir que se pusieran en duda, y, mucho menos, a que pudieran mudarse. Y claro está que una cosa así sucede en el universo mundo, pero no cabe duda de que España ha sido elegida preferentemente para estas localizaciones y moralidades. Don Javier María de Munibe, nos ha dibujado en su libro Los aldeanos críticos una especie de tertulia de gentes de aldea notables y bienestantes, y más o menos enteradas de los adelantos del siglo por las gacetas de la época, en una localidad imaginaria de la Tierra de Campos, una gran llanura de las provincias de Valladolid y Palencia, donde, por cierto, doscientos años atrás, había prendido apasionadamente un cierto erasmismo, como en ninguna parte del mundo. Y lo que nos cuenta el señor conde son las reacciones de esas gentes ante las noticias que les llegaban de fuera y les sacaban de sus casillas, que es decir del cálido seno de sus ideas recibidas con las que habían vivido tan tranquilos. A tiroso, un intrigante, un especulador, un ignorante que no sabía ver un mapa! Y todo eso para no dejar ignorar a nadie que la tierra es redonda, y que yo, el Rey de España, las damas, los profesores de Salamanca caminamos hacia abajo como las moscas en el techo! Y todavía entre don Leopoldo Augusto y don Fernando sigue una sabrosa charla que llega a conclusiones muy prácticas y muy puestas en razón, porque dice también el primero de estos personajes: Tomad a uno de nuestros buenos alumnos, por ejemplo, que, pendiente durante veinte años de los labios de sus profesores, terminó por hacerse con una especie de pequeño peculio intelectual. ¿Es que no le pertenece como una casa o el dinero? Y, en el momento en que se dispone a gozar de los frutos de su trabajo, en que va a subir a la cátedra a su vez, he aquí a un Borniche, a un Cristófalo cualquiera que viene a mandar todo al diablo ¡Y que os dice que vuestra ciencia es sólo paja, y que sólo os queda volver a la escuela! Y entonces todos los años que pasé para aprender el sistema de Ptolomeo ¿de qué me sirvieron? Decidme Y A sí que, como es lógico, se sentían zarandeados e incluso asaltados y robados, y acudían a la defensa que siempre es de menos coste, la de los adjetivos despreciativos, que también lógicamente eran los del uso recibido, aunque ya por ese tiempo no significaban gran cosa. ¿Quién ha de hacer caso- -decían- -de unos perros, herejes, ateístas y judíos, como Newton que fue un herejote terrible, un Descartes que al menos en lo que toca a los animales fue un materialista, un Leibnitz que sabe Dios lo que fue, un Galileo Galilei que según su nombre debía de ser algún archijudío y proto- hebreo, y otros que hasta los mismos nombres causan horror? Y probablemente decían otras cosas, pero el señor conde las tradujo a esta jerga del insulto, digamos que académico en el tiempo. Paul Claudel, por su parte, imagina en El zapato de raso otra escena española de doscientos antes de ese divertimento de Peñaflorida, y esta vez son catedráticos de la Universidad de Salamanca los que encarnan el misoneísmo o resistencia española a los grandes descubrimientos geográficos del tiempo: Copérnico, Colón o Magallanes. En esa obra, uno de los personajes, don Leopoldo Augusto, dice: ¿Qué fuimos a hacer en el mar? ¿Qué fuimos a hacer en esas tierras de nombres espantosos que los antiguos ignoraron? ¿Y es un buen y auténtico castellano quien así nos condujo de la mano más allá del mar, hacia nuestro Poniente? ¡Es un genovés, un meteco, un aventurero, un loco, un romántico, un iluminado hinchado de profetas, un men- nos reímos, desde luego. Pero esto último es todo un asunto que tiene su aquél, porque, sin ser insignes tarugos como los aldeanos críticos y los profesores claudelianos, podríamos preguntarnos cómo se nos van a indemnizar los años perdidos con aquellos señores Descartes, Galileo, Gassendi o Newton; o aprendiendo que las cuestiones éticas son las más serias, cuando ahora se nos previene que todo es nada, y sólo necesitamos ir a la escuela ciudadana, que no es la de Spinoza o Descartes, desde luego. Pero éste es otro cantar, aunque también pue- de ser de mucha risa. Lo que iba a decir, a propósito de estas divertidas escenas españolas, salidas del magín indígena o forastero, es, por lo pronto, que a España le ha tocado hacer el papel del payaso que en el circo de la historia se lleva las bofetadas, o el del imbécil en un sainete, por lo menos desde los tiempos en que fue señora del mundo y por lo tanto concitó todas las envidias y rabietas que esto lleva consigo. Es como un destino; y, desde luego, cualquier español que, en adelante, se precie o persiga la gloria y la fama inmortales tiene que seguir burlándose de España, exactamente como cuando se trata de hacer retórica de pandereta debe adoptar aires de majos que ocupan la acera y lo que haga falta. Son nuestros famosos ciclos. Don Leandro Fernández de Moratín, pongamos por caso, pasó él mismo por ambos. Disfrutó mucho comparando las sórdidas tabernas de los alrededores del Madrid de su tiempo con los confortables hoteles de Londres, sin ocurrírsele averiguar siquiera si también había tacas y chulos aquí como en Las Vistillas de Madrid; y se mostraba encantado apenas pasaba la frontera con Francia. Hasta aquellos días del verano de 1793, en que se encontró en Burdeos con unas cabezas gillotinadas que se paseaban en picas- -têtes in lanzas, escribía, y obstupui, que quería decir que sintió canguelo- y eso le impidió seguir haciendo más costumbrismo. a historia española de los siglos XIX y XX es también una muestra de estos talantes cíclicos: orgullosos misoneísmos y orgullosas llegadas de novedades y sus revoluciones, que, pese a que fueron trágicas, crearon toda una mitología y una poética para la intelligentsia, o, si se prefiere, el de producción de material folletinesco y cinematográfico, para divertimento universal; es decir, las risas y bofetadas que parecen ser nuestro destino. Ya sentó muy mal al negocio turístico del XIX que se acabara con los almacenes de cacharros supuestamente inquisitoriales y con los bandoleros de Sierra Morena que se hicieron honorables; y mucho se alabó nuestro sedicente arreglo de esos ciclos hispánicos en la Constitución de 1978, pero parece que esto fue todo un desastre para almonederos, reescribidores de la historia, derribadores de estatuas, comunicadores de emociones y sembradores de locuras. Nada ya de bromitas y literaturas como las de los Peñaflorida, Claudel y Moratín. Ya no es el tiempo si no el del triunfo del reality show; y nadie se conforma ya con menos que con el lento y jaranero despiece de España en carne viva. No se nos puede pedir más en punto a autoimbecilidad y autodesprecio. L JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes 2002