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ABC VIERNES 21 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ¿HONORABLE? E ANDALUCÍA DE LOS REMEDIOS A última entrega que Andalucía le ha ofrecido al resto de España está, de nuevo, en su misma esencia. Si este ramillete de califatos antiguos le ha brindado al conjunto del país no pocos símbolos definitorios o magmas elementales, es ahora cuando le cede la coartada para que los españoles no se alarmen ante las decisiones políticas consensuadas entre unos y otros, siendo los unos los representantes del Gobierno central y los otros los múltiples nacionalistas catalanes negociadores del engrudo estatutario. Andalucía admite, en pocas palabras, hacer el ridículo con tal de tranquilizar a aquellos que se muestran inquietos por la colección de disparates encadenados que han protagonizado los últimos meses de la política española. Si esta tierra hace también el ridículo habrá algunos que piensen que no es tan ridículo lo de manifestarse nación o lo de blindarCARLOS se ante el Estado o lo del lío de la HERRERA bilateralidad: tranquilos todos, que Andalucía también está en eso y por lo tanto no puede ser malo, ¡con lo que quiere Andalucía a España! Andalucía no es una nación, lo siento, por mucho que lo sueñen algunos inconsistentes, ni tiene otra realidad nacional que la española, por mucho que nos esforcemos en encontrar elementos étnicos diferenciadores. Andalucía está en el núcleo mismo de España, a ella se debe y a ella se da. A pesar de ello, las maniobras de Manuel Chaves y los suyos consisten en neutralizar en lo posible las referencias identificativas entre Andalucía y España, desde algún pasaje del himno andaluz hasta determinadas frases del estatuto que apelan a la unidad indisoluble de la patria común, al objeto de no desairar la implicación de Rodríguez y Maragall en el dislate que va a salir adelante en Cataluña. Pero Chaves, en su entusiasmo de socorrista, no se da cuenta de que eso nunca será suficiente: puede dejar para la histo- L ria a esta tierra andaluza disfrazada de nación pequeña, pero debe ya saber que los independentistas catalanes y buena parte de los nacionalistas perdonavidas de aquella comunidad no van a consentir ser igual que los andaluces. En eso consiste el desafío: no en tener mucho, sino en tener más. Lo ha dicho Bargalló, el jefe del Gobierno catalán: con todos nuestros respetos, si Andalucía se proclama nación o algo parecido, entonces nosotros deberemos cambiar nuestra definición ya que Andalucía y Cataluña no son lo mismo. Claro que no son lo mismo, pero ese no son lo mismo sólo quiere decir que una debe ser más que la otra porque es mejor, porque tiene más historia, porque tiene una lengua propia y tal y tal. Y si aún no lo han dicho así es porque no ha dado tiempo, pero tengan por seguro que, antes o después, se dirá. Y Chaves tragará, porque la lealtad a los dictados del partido está por encima de cualquier otra cosa: hasta su odiado Alfonso Guerra, que ha dicho pestes de este florecimiento de nuevas naciones y que ha reducido al uno por ciento el número de andaluces dispuestos a reivindicar el carácter nacional de su tierra, votó que sí en el caso catalán y votará que sí cuando este nuevo engendro llegue a la comisión correspondiente. Como casi siempre en política: mucha boquilla pero pocos arrestos. Andalucía remedió en su día que España se transformase en una doble velocidad permanente, ya saben. Hoy, esta vieja tierra de pasiones meridionales vuelve a servir a la colectividad siendo torticeramente manipulada por sus dirigentes y puesta en bandeja como si fuera la vieja chacha de las comedias televisivas de siempre- -el día en que la asistenta de la casa sea una muchacha de Camprodón o una joven vasca del PNV sí que habremos conseguido cambiar el tópico destino de varias generaciones- Mientras tanto, Andalucía sigue siendo la tierra de los remedios urgentes. L poder se puede ejercer con maldad o con nobleza, con rudeza o con elegancia, con fruición o con desapego, pero lo que no se puede es dar la sensación de que te supera, porque siempre hay un montón de gente dispuesta a liberarte de la carga. Y menos aún está permitido en política ofrecer la impresión de que el verdadero poder lo ejercen otros, lo que convierte al gobernante en el trasunto de una marioneta. Ésa es exactamente la imagen que lleva tiempo reflejando Maragall en el espejo de una presidencia prestada: la alegoría de un títere apático y desmadejado, un muñeco sonado y exánime cuyos hilos sostienen los vivarachos y desahogados saltimbanquis de Esquerra IGNACIO Republicana. CAMACHO Maragall debe de ser el primer presidente que anuncia por dos veces una remodelación de su equipo con la mitad de la lista de ministros en blanco. Ministros, sí: los consejeros de la Generalitat tienen más competencias- -y las que van a tener- -que la mayoría de los miembros del Gabinete de Zapatero. Es difícil encontrar un registro político más patético que el de un gobernante que no puede nombrar su gobierno. Yo conocí un episodio parecido en Andalucía, cuando Chaves estaba coaligado con la minoría andalucista. Una mañana sus socios le anunciaron en la prensa que habían decidido cambiar a un consejero y le pusieron a la firma el nombramiento. Chaves firmó, pero su control de la situación era tan hegemónico que se pudo tragar aquel sapo sin sobresaltos, porque las encuestas reflejaban la insólita opinión mayoritaria de que los andaluces estaban convencidos de que el PSOE gobernaba en solitario. Así era, en realidad; los otros se limitaban a beneficiarse del presupuesto. Pero en Cataluña todo el mundo sabe que la que manda es ERC. Se sabe desde que Maragall aceptó que siguieran en la coalición después de que Carod le engañase en Perpiñán. A partir de entonces, ha sido un fantoche: le hicieron el Estatuto, le anularon una crisis, le impusieron la política de exclusión lingüística- -sin que a él le importara demasiado- le volvieron a chulear rechazando el Estatuto en Las Cortes y ahora le han nombrado conseller a un tipo investigado por financiación ilegal. Pero lo más desolador es ese vacío simbólico en la lista del miércoles, cuando el Molt Honorable anunciaba una crisis en la que él sólo podía nombrar a la mitad del equipo. Un presidente- rehén de una coalición, agarrado desesperadamente a la mitad del poder. A la mitad de la mitad, porque también es un clamor público que está a la greña con su propio partido. Y que Zapatero le puso los cuernos con Mas y Duran en una tarde de tabaco y sonrisas. Qué buena ocasión fue aquella para dimitir. Pero Maragall la desperdició, y acaba de desperdiciar esta otra. Un gobernante que no puede gobernar debe irse. Y este hombre intelectualmente respetable que un día encarnó con brillantez la ilusión colectiva de una Olimpiada tendría que aceptar con deportividad la evidencia de que, gozando del título oficial de Honorable, acaso haya llegado la hora de honrarse un poco a sí mismo.