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ABC JUEVES 20 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA PIEDRA EN EL POZO D IRÁN, NEGOCIAR, BOMBARDEAR... N los últimos doce días la Casa Blanca ha sostenido posiciones contradictorias ante el pleito nuclear con Irán. Voces próximas al presidente Bush y al vicepresidente Cheney han insinuado la posibilidad de una intervención militar. De inmediato, el presidente ha rectificado. Estados Unidos no considera por ahora esa eventualidad. Luego, el martes 18 Bush vuelve a afirmar: todas las posibilidades están abiertas. La línea cambiante, aun revestida de rotunda retórica, revela inseguridad. Negociar no excluye la guerra, pero exige condiciones y plazos pactados con los aliados. En Washington hay sin embargo amigos de la guerra, gente que nada arriesga y tiene mucho que ganar, lobbies no registrados. Esos belicistas desconocen el campo de batalla y sus reales desastres: ignoran a los heridos, físicos y o mentales, aquellos que ya ninguna noche olvidarán la guerra. Esto no es vano pacifismo. El Papa Benedicto XVI, poco inDARÍO clinada a intervenir en asuntos ajeVALCÁRCEL nos, ha sentido el deber de levantar la voz el domingo de Pascua para defender la vía diplomática ante crisis nucleares, en clara referencia a Irán. Su autoridad moral pesará. Richard Haass, responsable de la planificación estratégica del Departamento de Estado bajo Colin Powell, cree que un ataque preventivo a Irán desencadenaría demasiadas consecuencias negativas (FT, 12 abril) No es posible lograr en esa región un conflicto limitado y rápido. El desengaño de América en Irak ha sido amargo. En Irán sería peor. La destrucción de las instalaciones iraníes requeriría un gran despliegue aéreo y misilístico, difícil de imaginar si el organismo de la energía atómica, el OIEA, dependiente de las Naciones Unidas, no da un veredicto terminante. Y no parece que por ahora lo vaya a dar. Al ataque aéreo debe seguir la invasión terrestre. Puede haber efectos no deseados. Los iraníes, hoy divididos, irían a una unión sagrada. La esperanza de llegar a algún acuerdo con Teherán E es modesta pero permanece: Nueve países tienen hoy la bomba. Si Irán da el paso, iríamos a 20 o más estados nucleares, una situación para la UE incontrolable. Los chinos y rusos colaborarán con los europeos: pero no admitirán un ataque militar. Una vez más el mundo se preguntaría si un gran país con el 4,7 por cien de los habitantes del planeta puede decidir en solitario sus intervenciones armadas sin mandato del Consejo de Seguridad. El conflicto cambia cada día. La confianza de la Casa Blanca en la UE es limitada. Aunque por ahora permita a Bush no intervenir. La Unión no ha logrado resultados aún, pero la negociación sigue abierta. Irán insiste en su derecho a enriquecer uranio, un proyecto que puso en marcha el Sha, hace 35 años, con respaldo de EE. UU. Estamos ante un juego sutil, lleno de significados dobles, propósitos no confesados. El objetivo del responsable de la política exterior de la UE, Javier Solana, no es sin embargo confuso: convencer al consejo de clérigos del peligro que Irán puede correr por su ambigüedad. Las fuerzas terrestres americanas seguirán cogidas, quizá durante años, en Irak. Apenas conocemos cómo decide en estos meses la cúpula del Pentágono. Pero sabemos que las fuerzas de tierra necesarias para una eventual invasión de Irán no pueden improvisarse. La capacidad de movilización de Estados Unidos es muy alta. Pero es necesario un estado de guerra verdadero, una causa justa para movilizar a los ciudadanos. No olvidemos el proyecto de varios senadores, procesar a Bush por haber lanzado a su país a una guerra sobre bases falsas. En 2001, EE. UU. había retirado a sus servicios de inteligencia de Teherán, después de traspasar sus redes iraníes a británicos, franceses y alemanes. Tercero o cuarto productor de petróleo, Irán tiene las segundas reservas de gas del mundo. La presión bélica, teme Haass, llevaría al barril a 100 dólares. Las reservas almacenadas por las naciones industriales no permitirían enfrentar una recesión mundial. ESDE que ganó las elecciones en Irán- -la democracia tiene esos riesgos- ese fanático de calcetines blancos llamado Mahmud Ahmadineyad no ha dejado de reconstruir en su retórica el belicoso imaginario musulmán que tiene como meta última arrojar a los judíos al mar. Para darle consistencia a ese delirio de agresividad expansiva se ha empeñado en un programa de desarrollo atómico sin que la apaciguadora mediación de Naciones Unidas parezca conmoverlo demasiado a través de sus bienintencionados métodos persuasivos. Pese a ello, Kofi Annan decía el domingo en este periódico que no ve los beneficios de una eventual intervención arIGNACIO mada. Si no ve tampoco CAMACHO los cohetes que Ahmadineyad saca de paseo en sus arengas, quizá Annan necesite pronto una visita al oftalmólogo. La cuestión esencial no reside en determinar los beneficios de una intervención militar en Irán, sino en comprobar la capacidad de Naciones Unidas para evitarla. Las proclamas iraníes sobre la necesidad de reforzar con desarrollo nuclear su autonomía energética serían bastante más creíbles si el teócrata radical que preside el país no las acompañase con bravatas de rearme de su Ejército de los Monoteístas (sic) y soflamas sobre la destrucción de Israel. La obligación de Annan es persuadir a este extremista para que cese en su programa y lo demuestre de un modo transparente. Lo demás es buenismo paliativo, bastante difícil de sostener ante un exaltado armado de una bomba atómica. Es obvio que la desgraciada experiencia iraquí debe servir de motivo de reflexión para tentarse la ropa ante cualquier impulso aventurero, pero una república dirigida por fundamentalistas religiosos y provista de armas de devastación en mitad de una región de extremo riesgo resulta un fenómeno mucho menos tranquilizador que aquella evanescente, y finalmente falaz, crecida armamentista de Sadam Husein. Si acaso, se trata de una amenaza mucho más evidente. La ONU tuvo razón entonces, pero ello no implica que la haya de tener ahora. Otra cosa es que esa hipotética intervención pudiese servir para algo en el plano estrictamente práctico. Es decir, que garantizase la destrucción limpia de las instalaciones de riesgo e impidiese de forma eficaz el rearme atómico de Irán. Los expertos lo dudan porque creen que se trata de tecnología móvil, ligera e inaccesible, y advierten de que un fracaso convertiría el asunto en el prólogo del Apocalipsis. El embajador iraní, un hombre moderado y sentencioso, me ilustró una vez la complejidad del problema con un proverbio persa: un loco tira una piedra a un pozo y cien sabios no son capaces de sacarla. La incógnita consiste en determinar quién es el loco de esta historia- -probablemente no el que pensaba el bueno del embajador- -y, sobre todo, en dilucidar para qué sirve una piedra en el fondo de un pozo.