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46 Sociedad BENEDICTO XVI, UN AÑO DE PAPA MIÉRCOLES 19 4 2006 ABC Hoy, hace un año, Joseph Ratzinger salía al balcón, una vez designado nuevo Papa por los 115 cardenales electores, al segundo día de Cónclave y en cuarta votación. ¿Cómo transcurrió el Cónclave? ¿Cuáles fueron las claves de la elección? La última visión del Cónclave TEXTO: JESÚS BASTANTE MADRID. A las 17,50 horas del martes 19 de abril de 2005 el mundo detuvo sus ojos en Roma, más concretamente en el humo blanquecino de una pequeña chimenea en el frontal derecho de la plaza de San Pedro. La señal que todo el orbe cristiano esperaba se había producido. Habemus Papam Una hora después, el alemán Joseph Ratzinger, ya para siempre Benedicto XVI, accedía al balcón central de la basílica y dirigía sus primeras palabras a la ciudad y al mundo. Apenas un día después de iniciado el primer Cónclave del Tercer Milenio, en la cuarta votación, el decano del Colegio cardenalicio y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era designado sucesor de Juan Pablo II. Por una vez, y sin que sirva de precedente, no se cumplió la máxima que reza que quien entra Papa a un Cónclave, sale cardenal En el caso de Joseph Ratzinger, se trataba del candidato más obvio: era el más conocido entre el Colegio cardenalicio, mano derecha de Karol Wojtyla durante 25 años y una figura de peso, probablemente la única- -después del Papa fallecido- -que podía llevar las riendas de la Iglesia. Sin embargo, su edad- -acababa de cumplir 78 años- -y la gran cantidad de enemigos que había atesorado durante sus años al frente del ex Santo Oficio, hacían que todos los expertos mirasen con recelo la viabilidad de su candidatura. nea que unía la sala pintada por Miguel Ángel, con el exterior. Pese a la obligación de guardar secreto de todo lo acontecido durante el Cónclave, diversas informaciones han podido desentrañar lo que sucedió durante aquellas cuatro votaciones. Desde fuera, se hablaba de un Cónclave largo, en el que podría resultar elegido Tettamanzi, aunque no se descartaba que los miembros de la Curia- -comandada por Ratzinger- -pudieran imponer un candidato de transición, estando dispuestos incluso a llegar a una hipotética trigésimo primera votación, tras la cual podría resultar elegido un candidato por mayoría simple. Fracasa la opción Bergoglio Sin embargo, los datos apuntan que, desde el principio, Ratzinger contó con el apoyo mayoritario del Colegio cardenalicio. Así, únicamente durante la primera votación, el 18 de abril por la tarde, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe tuvo algún rival de peso. Al final del primer escrutinio, pasadas las ocho de la tarde, Ratzinger sumaba una cuarentena de votos, todavía lejos de los 77 necesarios para alcanzar los dos tercios que le dieran acceso al trono de Pedro. Un cardenal jesuita- -primero se habló del italiano Martini, aunque informaciones posteriores revelaron que en realidad se trató del argentino Jorge Alberto Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires- -obtuvo una cifra similar. Las siguientes votaciones, que tuvieron lugar en la mañana del 19 de abril, ya reflejaron un cambio significativo. Al parecer, Bergoglio retiró voluntariamente su candidatura, y tanto la opción Tettamanzi como la de otro cardenal de América del Sur se desvanecieron. El único candidato viable era Ratzinger, curiosamente el único cardenal participante en el Cónclave que no había sido nombrado por Juan Pablo II, sino por Pablo VI, el único que había participado en los dos Cónclaves anteriores y, por supuesto, el candidato con más peso tanto en la Curia como entre los purpurados de iglesias más alejadas. Así las cosas, en la primera votación del martes Ratzinger obtuvo 68 votos, apenas a nueve de la fumata blanca En la segunda, sólo le faltaron siete. La suerte estaba echada. Así, a las 17,50 horas del 19 de abril de 2005, la chimenea de la Sixtina perpetró humo blanco. Habemus Papam Más de cien mil peregrinos, agolpados en la plaza de San Pedro, esperaban expectantes la salida del elegido. A las 18,48 horas, Joseph Ratzinger, ya como Benedicto XVI, saludaba a la Iglesia y al mundo. Con muchos más votos de los necesarios, entre 95 y 102, el cardenal alemán se convertía en el 265 sucesor de San Pedro. Ratzinger marca la pauta Durante los días previos al inicio del Cónclave las apuestas de los vaticanistas se inclinaban bien por el cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi, bien por algún purpurado latinoamericano (como el hondureño Maradiaga o el brasileño Hummes) No obstante, todos aguardaban con expectación la reacción de Ratzinger. Como decano del Colegio cardenalicio, el cardenal alemán había llevado las riendas del Precónclave, imponiendo silencio a los purpurados durante las jornadas de reflexión previas al encierro de los electores entre la Casa Santa Marta y la Capilla Sixtina. Todos recordaban sus sentidas palabras durante el multitudinario funeral en memoria de Juan Pablo II, y las directrices dadas a los cardenales durante los días previos a la elección. Pese a que pocos expertos daban posibilidades a Ratzinger debido a su edad, las opiniones sobre su persona y su nacimiento en una gran potencia todos convenían en que el purpurado alemán sí tendría un papel determinante a la hora de elegir a su candidato. De hecho, Ratzinger dirigió con maestría las reuniones previas, y ya durante su homilía en la Misa Pro Eligendo Pontífice dejó entrever el programa que habría de seguir el suce- Al día siguiente de su elección ofició una misa en la Capilla Sixtina sor de Juan Pablo II al frente de la Iglesia católica. Poco antes de iniciarse el Cónclave, algunos cardenales rompieron el silencio impuesto en las reuniones previas, hablando en las homilías de las misas del domingo anterior a la elección de los rasgos que, en su opinión, debía tener el nuevo Papa. Algunos, incluso, llegaron a autodescartarse, como el propio Maradiaga o el cardenal de Sevilla, Carlos Amigo. El 18 de abril, después de comer, los 115 cardenales electores se trasladaron desde la Casa Santa Marta hasta la AP Capilla Sixtina. Tras hacer voto de secreto de todo lo acontecido en las votaciones, las puertas se cerraron, y todo el mundo civilizado quedó a expensas del color del humo que saliera, dos veces al día, por la desvencijada chime- Por una vez, no se cumplió la máxima que reza que quien entra Papa a un Cónclave, sale cardenal