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56 Cultura MARTES 18 4 2006 ABC LA (S) VIGA (S) EN EL OJO PROPIO JOSÉ CARLOS LLOP no de los libros más caros para los bibliófilos mallorquines- -caros por queridos y caros por su precio- -es la primera edición neoyorquina de Houses Gardens of Majorca del matrimonio formado por Arthur y Mildred Stapley Byne. No es el único que publicaron sobre España y su patrimonio artístico y arquitectónico. Existen también, entre otros, Spanish Iron- work Spanish interiors and furniture o Provincial houses in Spain El matrimonio Byne debió de ser muy curioso. A mí me recuerdan a esos espías integrados en el cuerpo diplomático de una embajada situada en el Extremo Oriente. Quizá sean especialistas en porcelana Satsuma del segundo tercio del XIX, o en pinturas sobre marfil de la época de los primeros khanes, pero en el fondo lo que les interesa son las informaciones que les permitan armar un buen expediente sobre los grupos desestabilizadores de la monarquía aliada que gobierna el país. Los Byne no fueron espías- -podrían haberlo sido: se desconoce que lo fueran- pero bajo el estudio de casas, palacios, iglesias y monasterios españoles se hicieron con un botín vertiginoso que salió de nuestro país en dirección a Estados Unidos de la misma manera que se lleva un pañuelo en el bolsillo del pantalón. Estamos hablando de los años 20- 30. Hace unos días y al hilo del asunto de las vigas de la mezquita de Córdoba, Luis Ignacio Parada citaba en estas páginas a Arthur Byne como expoliador, suntuoso y refinado (los adjetivos los pongo yo) a sueldo de Hearst y establecía la hipótesis literaria de que hubiera sido Byne- -u otro por el estilo- -quien sacara esas vigas fuera de España. Es muy posible: la verosimilitud de esa hipótesis, quiero decir. En aquella época la conciencia proteccionista del patrimonio artístico apenas existía- -y menos aún en los países que eran especialmente ricos en patrimonio y ya no tanto en poder político y riqueza social- Yo mismo, siendo niño, he visto en las tiendas de decoración de postín- -o por lo menos con cierta pretenciosidad- -bastantes pantallas de lámpara hechas con pergaminos miniados de misales, cantorales y cosas así, quién sabe si robados o vendidos en parroquias y conventos a hojas sueltas y por una nimiedad. Y hablo aquí de los 60, bastantes años más tarde de que el matrimonio Byne se paseara por España con un ojo puesto en el arte y otro en la rapiña y el negocio. Como hacían durante la II Guerra Mundial- -lo cuenta Curzio Malaparte en Kaputt las comisiones de anticuarios y expertos de Mónaco, Berlín y Viena, que ya seguían a los ejércitos alemanes a través de Europa Pero tampoco importa mirar tan lejos. Basta con recordar lo que ocurrió en el Museo Arqueológico de Bagdad justo después de la entrada de las tropas aliadas en la capital iraquí. Que quizá ya ocurría al amparo de las sombras del asedio y en el fragor de los bombardeos, y la entrada de esas tropas U La cuestión es si las vigas salieron de España por la puerta falsa del latrocinio, o previo pago, por escaso y engañoso que fuera ese pago sólo provocara el descubrimiento del saqueo. La diferencia es que en la España de la época de los Byne- -de la época, se supone, en que las vigas de la mezquita de Córdoba pudieron salir del país- -no había guerra ni los bandidos que afloran con ella, y sí un escaso cuidado del arte religioso, en tanto se consideraba de todos y de nadie. Eso si se consideraba. Otra cosa era el que estaba en las casas particulares. Pero también éste fue objeto del expolio de los Byne, soltando unos cuantos dólares. Sólo en Mallorca, el patio de Casa Ayamans de Palma- -en la isla, como en Venecia o Sicilia, llamamos casas a lo que en otros lugares llaman palacios- ese patio gótico, repito, navegó desmontado hasta Santa Mónica, en California, donde Hearst tenía su residencia principal. No es el único vínculo mallorquín con Hearst. En la película de Orson Welles sobre el magnate, éste le pone un profesor de canto a su amante- -trasunto de la actriz Marion Davies, amiga de Hearst hasta su muerte y desencadenante de los celos que provocaron un asesinato en el yate del magnate- El profesor en cuestión- -un italiano con perilla, gesto histriónico y ojos histericoides- -estaba representado por Fortunio Bonanova, gran actor secundario y, antes de su aventura hollywoodiense, barítono operístico nacido y bautizado en Mallorca con el nombre de José Luis Moll. Pero regresemos a las vigas hispanoárabes, que nada tienen de cinematográficas salvo en su misterioso periplo. Mientras leía la noticia de la momentánea suspensión de la subasta de Christie s me acordé de que, hace algunos años, había comprado en una librería de viejo el catálogo de la subasta de los bienes de Marion Davies y su casa en la playa de Santa Mónica: 1945. Busqué entre sus páginas: muebles Reina Ana, sillones Luis XVI, porcelana china y plata georgiana, pero ninguna viga cordobesa. Menos posibilidades de una Hearst- Connection. Aunque la cuestión, parece, es si las vigas salieron de España por la puerta falsa del latrocinio, o previo pago, por escaso y engañoso que fuera ese pago. Y en este embrollo no me voy a meter pues, además de intereses, doctores tiene la Iglesia. Lo que sí es curioso es la otra cara de aquel descuido patrimonial en la España de principios del XX, que hizo, por ejemplo, que artesonados medievales que se hubieran podrido en su lugar de origen estén ahora en perfecto estado de conserva- Vigas de la Mezquita expuestas en el Patio de los Naranjos ción y policromía en algunas fundaciones privadas, lejos de las manos largas de un sacristán descreído, de la avidez de un avispado maestro de obras, o de la despreocupada tosquedad de un párroco con afición por el chocolate con picatostes. Lord Eldgin se llevó a Inglaterra los frisos del Partenón y siempre que los he visitado en el Museo Británico he tenido la sensación de estar ante una instalación provisional que quizá algún día regrese a su lugar de origen. Pero, ¿dónde estarían ahora esas mismas piezas helénicas de no habérselas llevado lord Eldgin? No lo sabemos, pero en el Partenón no creo que fuera. Como las vigas, probablemente. ¿Y la muerte de Winckelmann? ¿Tuvo lugar en un oscuro episo- RAFAEL CARMONA Ahora, por el contrario, existe una fiebre conservadora que roza el nacionalismo exacerbado y niega la universalidad del arte dio al modo de Pasolini, o fue a raíz del tráfico de piezas artísticas? Nuestro Winckelmann particular fue Arthur Byne- -y él estaba casado, viajaba con su mujer y no era aficionado a ciertas aventuras- pero tuvo sus colaboradores, eso seguro. Y aprovechados. La desprotección del patrimonio era grande. La complicidad eclesial, común. Ahora, por el contrario, existe una fiebre conservadora que roza el nacionalismo exacerbado y niega la universalidad del arte. El incremento del precio- -que no del valor- -del arte ha hecho el resto. Queremos las vigas perdidas de la Mezquita y en Levante la Dama de Elche (devuelta, por cierto, a España por Hitler) Todo ha de regresar adonde- -por acción u omisión- -no se supo cuidar. ¿Y las momias del Louvre? ¿Y la pintura flamenca del Prado? ¿Y la piedra de Champollion? ¿Debería regresar a Italia La Gioconda Tonterías, es cierto, pero cada vez se oyen con más fuerza esos argumentos primarios y alejados de toda concepción museística que no sea la de la propiedad localista y ¿etnicista? Disjecta membra ¿Dónde se detiene eso? ¿También se ha de pedir perdón por lo que hicieron esos antepasados nuestros- -vender por dos duros lo que no tenía precio- -que descansan a pierna suelta bajo tierra?