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ABC LUNES 17 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL RIGODÓN ODRÍA ser un pas à deux o una country danse que por falsa etimología traducimos en español como contradanza. Tratándose de españoles sería un rigodón, o un zortziko si hablamos de vascos. Pero no es un baile: es una negociación. Aunque una negociación cuyos ritmos y compases parecen responder a una pauta marcada. Todo el mundo lo niega, pero cada vez hay más gente convencida de que el diálogo con ETA tiene una hoja de ruta bastante másdefinida de lo que aparenta. Hay variantes sobre los tiempos, que dependen de la manera en que los bailarines interpreten su papel en la pista. Por supuesto que pueden producirse resbalones, gestos IGNACIO desacompasados o disoCAMACHO nanciasen la partitura. Pero los que saben, o creen saber, intuyen que esa partitura tiene principio y fin, y que está completa aunque no haya sido escrita. La van a tocar de oído, pero las partes conocen la melodía y de algún modo la han pactado. Los pasos del ballet están siguiendo ya su compás. Primero, el alto el fuego; después, el presidente reunido con los líderes parlamentarios; a continuación, el boletín de ETA elevando el listón de exigencias. Ayer le tocaba zapatear a Otegi, mientras Ibarretxe hacía ruido en la calle con un bombo para no quedarse fuera. Un movimiento por cada lado, aunque no todos vayan en la misma dirección; no van a faltar pasos atrás, e incluso hay quienes están dispuestos a improvisar por su cuenta un peligroso zapateado. En un momento dado, Batasuna hará un guiño y el Gobierno moverá a algunos presos. De momento vamos a base de ritmos sincopados, pero la velocidad del baile depende de la firmeza con que los bailarines ejecuten ciertas suertes cruciales. Para las elecciones locales de 2007, la música va a sonar fuerte, y los danzantes habrán de estar a la altura de la percusión. Sobre todo los batasunos, que se juegan mucho en el envite. Tienen premio asegurado si les sale la cabriola. La partitura general incluye un nuevo Estatuto, para el que el modelo catalán constituye una suerte de programa de mínimos. El rango de nación, la Seguridad Social, la bilateralidad completa. Navarra será un son imposible de bailar, aunque habrá molinetes de adorno en torno a un referéndum de amejoramientos, o similar. Y en esos rondós de cara a la galería se incluirán compases con sones de autodeterminación. Pura alharaca; ese número no forma parte de la coreografía, al menos en esta fase. El baile debe terminar con una apoteosis, pero aún no han salido a la venta las entradas para esa parte del espectáculo. Sobre todo porque los músicos desconocen la duración del concierto, y porque se reservan la posibilidad de interrumpirlo. Pero partitura hay. Y al menos media docena de personas la conocen. Rubalcaba la va a incorporara ese célebre móvil glosado por Pilar Cernuda, politono Paz y Otegi al suyo, que debe de estar intervenido. Cuando suene en el de Zapatero, estará lista la escenografía. Lo que nos van a vender mientras, a base de declaraciones y hojarasca retórica, es musiquilla para la carta de ajuste. Ésa no la bailarían más que los ingenuos. P ORGULLO REPUBLICANO E trata de una norma que no admite excepciones: toda estrategia mistificadora usa como coartada la tergiversación histórica. La invención del pasado, el acuñamiento de mitologías falsorras, la suplantación de la escueta verdad por la pacotilla ideológica, la sustitución de las pruebas irrefutables que nos brinda la historia por un conglomerado de quimeras más o menos emotivas son coartadas que han amparado las tiranías más sórdidas y animado los intentos de desestabilización política, desde que el mundo es mundo. El fascismo y el comunismo no habrían triunfado sin estas coartadas; tampoco las formas más perversas de nacionalismo, urdidoras de paraísos que nunca existieron. En la exaltación de la Segunda República que en estos días alcanza su paroxismo ¿o se trata tan sólo de un anticipo de lo que nos aguarda? detectamos idéntica tentación tergiversadora. JUAN MANUEL Es cierto que durante aquellos DE PRADA años florecieron las artes, que la expresión literaria alcanzó cúspides difícilmente igualables. Pero esta constatación no hace sino confirmar la verdad de aquel cínico aserto de Orson Welles en El tercer hombre En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco Hiela el corazón reconocerlo, pero la historia nos demuestra que suelen ser las épocas más feroces y convulsas las que deparan una más fecunda cosecha artística, quizá porque el genio se desenvuelve mejor en circunstancias adversas. Y adversos fueron, sin duda, aquellos años en que cuatro de cada cinco españoles padecían penuria; una situación que se arrastraba secularmente, pero que, desde luego, la S Segunda República contribuyó a agravar. Años en que unos gobernantes ineptos se dedicaron a azuzar rencores atávicos y a instaurar rencores nuevos, hasta hacer irrespirable cualquier sueño de concordia. Convendría, en esta hora de celebraciones mentecatas, recordar algunas expresiones de conspicuos republicanos, hoy encaramados a los altares de la beatería laica. Como aquella de Azaña, quien profirió sin empacho, ante el espectáculo dantesco de los conventos entregados a las llamas, una frase que merecería estudiarse como epítome de la demagogia más burda e irresponsable: Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un solo republicano O aquella otra, terrible y premonitoria, de Indalecio Prieto, ilustre dirigente socialista, quien tras el triunfo de la CEDA en las elecciones de 1933, advirtió: En caso de que las derechas sean llamadas al poder, el partido socialista contrae el compromiso de desencadenar la revolución A esto se le llama respeto a las reglas de juego democráticas. Cuando finalmente el radical Lerroux formó gabinete con tan sólo tres ministros de la CEDA, el partido socialista cumpliría el compromiso contraído, promoviendo junto a los sindicatos y a los separatistas catalanes una huelga general, eufemismo con el que designaron una sublevación en toda regla, ante la cual el Gobierno hubo de responder proclamando el estado de guerra. Convendría recordar también que, a partir de entonces, el partido socialista no cejó en su estrategia de acoso y derribo de la podrida democracia liberal que sustentaba la Segunda República; y que sus líderes más autorizados no vacilaron en vilipendiar el Parlamento y en preconizar la instauración de una dictadura del proletariado. ¿Son éstos los motivos de orgullo y satisfacción que nos brinda aquella etapa siniestra? Estas celebraciones mentecatas que hoy nos mantienen entretenidos, ¿no prefigurarán algo mucho más grave, cuya magnitud aún no logramos, o no nos atrevemos a atisbar?