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48 DOMINGO 16 4 2006 ABC Cultura y espectáculos Si la II República llegó cuando nadie la esperaba, sus primeros, balbucientes, días fueron un cúmulo de promesas y esperanzas. Quizás por inesperada y utópica gozó de un favor popular que asombró a propios y a extraños. Pero las ilusiones se marchitaron antes que aquella primavera de 1931 y, a menos de un mes de instaurada, ya estaban ardiendo iglesias y conventos de toda España mientras se extendía el descontento social, la incautación de periódicos y la inestabilidad ciudadana. Aquí ofrecemos dos artículos publicados en ABC en abril de 1931. El desencanto empezaba a crecer a marchas agigantadas. UNA REPÚBLICA POR CAPILARIDAD WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ stábamos unánimemente convencidos de padecer una desgracia fundamental: en España existían todas las buenas cualidades que pueda desear una nación, pero faltaba lo más importante: no había pueblo. Los políticos eran los más apenados por esta seguridad. Se había corrido la voz de que el pueblo español no existía, de que cada individuo venía a ser como un Estado independiente, insensible a los problemas generales; y muchos caballeros, colmados de incredulidad, se incorporaban a la política, no porque tuviesen nada que hacer en ella, sino para comprobar la exactitud de aquel fenómeno. Se encasillaban, recibían un acta, esperaban turno; eran nombrados primeramente directores generales; luego, subsecretarios; después, ministros. Se encaramaban a lo más alto del Poder y comenzaban a experimentar al pueblo. Protegían a algunas Compañías poderosas. Y no pasaba nada. Distribuían cargos entre sus parientes y amigos. Y no pasaba nada. Las sesiones de Cortes eran partidos E de fútbol, en los que cada uno pretendía forzar la meta del mando, sin preocuparse de cuestiones más altas. Y nada sucedía. Aquellos caballeros pronunciaban entonces pomposos discursos, que venían a decir: -El pueblo no existe. La opinión está dormida. España carece de pulso. Y llamaban al resto de sus parientes para que acudiese a presenciar el curioso espectáculo desde los sillones de los cargos oficiales. Aquello explicaba algunas cosas y justificaba muchas más. Todas las censuras que pudieran dirigirse a un gobernante se estrellaban contra esta consideración: -Y qué quiere usted que haga en un país como éste. El pobre hombre tiene magníficos proyectos, pero como el país no está preparado... De repente este pueblo que no existía se presenta trayendo la República; porque nadie lo hizo sino él. Ni el prestigio de un hombre- cumbre, que no se reveló todavía; ni los discursos de los mítines, que eran rosarios de tópicos; ni una ac- Portada de ABC del 15 de abril de 1931 ción violenta. Cuando los constitucionalistas pensaban en apelar a las Cortes, y las izquierdas, a la revolución, y un hombre del talento de Cambó afirmaba reiteradamente que era imposible un cambio de régimen sin la activa intervención del Ejército, llega ese pueblo, y, suavemente, sorprendiendo a todos, implanta la República. Una República que ascendió por capilaridad- -cada hombre, una gotita- -hasta la superficie donde los hechos se cuajan. Ventaja inmensa, porque impide que haya santones, con o sin sable, El pueblo madrileño salió pacíficamente a la calle y saludó con entusiasmo el advenimiento del nuevo régimen ABC que, por regla general, suelen cobrar muy caras las deudas que los pueblos contraen con ellos. En la historia de Europa sólo recuerdo un hecho parecido: la separación de Suecia y Noruega para constituir dos Estados independientes, sin convulsión, sin luchas, por acuerdo pacífico y ejemplar. El pueblo, pues, existe. Y ahora que lo advertimos nos damos cuenta de que existió siempre, de que en realidad era lo único que existía. Ahí estaba, supliendo con su esfuerzo, en la titánica labor del autodidactismo, el inenarrable desorden de las universidades; él era quien colocaba un autobús donde faltaba un tren, corrigiendo las deficiencias de las comunicaciones; él quien pagaba las barras de hierro casi como si fuesen lingotes de oro, nada más que para poder presumir bondadosamente de que tenía una industria metalúrgica; él, quien se marchaba a América, cuando el hambre apretaba, en vez de promover disturbios en el territorio nacional. Y hacía el viaje en barcos extranjeros- -en un último rasgo de ternura- no porque fuesen más cómodos y más rápidos, sino por el temor patriótico de hundir con su peso los viejos barcos españoles, artísticos y venerables, cuyas velas imaginarias se hinchaban al soplo de los vientos políticos más que al de los pares vientos del mar. ¡Oh, Transmediterránea! El verdadero fenómeno era que no existían los gobernantes. Puede llamárseles aficionados al mando, agentes de compañías, padres de familia cuidadosos del porvenir de los suyos o simplemente pobres vanidosos, hambrientos de los aplausos que aún provoca esa elocuencia campanuda que aplicaban como panacea los hombres del siglo pasado. Gobernantes, no. Engolados, bizantinos, grandes ideadores de trucos electorales, grandes devoradores de las marchitas langostas a la vinagreta de los banquetes con que se festejan los discursos y los nombramientos, todo en su horizonte era la espalda del correligionario que les antecedía en el escalafón del partido. No podían ver al pueblo. Tenían los ojos clavados en el cogote de ese antecesor para espiar en él los síntomas de la apoplejía que les dejase libre el camino. Ahora, como sabemos ya que el pueblo existe, no hay excusa para no gobernarlo bien, y las responsabilidades son mayores. He ahí el barro. Désele forma. Los problemas están vigorosamente acusados. Sabiduría al formular las leyes que los resuelvan, y rigor para hacerlas cumplir. Marchemos con un ritmo nuevo. Que no se vuelva a hacer nunca el elogio de un político diciendo de él: ¡Qué bien habla! sino: ¡Qué bien piensa! 22 de abril 1931