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4- 5 D 7 LOS DOMINGOS DE En Mónaco el espectáculo estaba servido. En el Carnaval, los Príncipes invitaban a estrellas como Sofía Loren ca, esta actriz, que parecía haber nacido para princesa, representó el mejor papel de su vida. Un papel por el que le tendrían que haber dado diez Oscar que añadir al que Hollywood le otorgó en 1954 por La angustia de vivir ceremonia por tratarse de una plebeya (cómo han cambiado los tiempos) -sólo el Rey Faruk de Egipto y el viejo Aga Khan se dignaron a acudir- la primera dama de Hollywood dio el sí ante 600 El boom de la prensa rosa Su boda con Rainiero fue un acontecimiento mundial de primera, porque aunque la realeza europea le dio la espalda y no asistió a la Su boda- -de película- -con un príncipe, fue boicoteada por las Casas Reales europeas, que la tacharon de plebeya, sin saber lo que el destino les depararía años más tarde invitados, 2.000 periodistas y 30 millones de telespectadores, es decir, todo el que en 1956 tenía televisión. Una ceremonia que impactó en un público tristón y gris como el de los años 50, que se recuperaba como podía de la Segunda Guerra Mundial. Con esa combinación de brillo de Hollywood y magia de la realeza europea, que resultaba irresistible, Grace, calificada de mujer perfecta, empezó una vida de cine y con ella un nue- vo género, cargado de elegancia, que algunos han llamado glamour Y, de paso, Rainiero, que recibió el país en pésimas condiciones económicas, visionario y un tanto ambicioso, aprovechó la imagen de su princesa de cine para impulsar el turismo, la banca y los negocios inmobiliarios de esos escasos dos kilómetros cuadrados en plena Costa Azul. Mónaco fue convirtiéndose en paraíso de las grandes fortunas y en lugar de descanso de todo Hollywood, que se moría por salir en la foto con la antigua estrella del celuloide que en Montecarlo brillaba con esplendor propio. La boda supuso el comienzo del boom de las revistas rosas que seguían sus pasos, allá donde fuese, bien a Estados Unidos a visitar a su familia, a la Feria de Abril sevillana invitada por la duquesa de Alba o a descansar a cualquier recóndita playa de las Bahamas con sus hijos. No había en toda Europa una princesa tan orgullosa, distinguida, caritativa y eficaz como ella. Presidía las fiestas de la Cruz Roja o los bailes de la Rosa o del Carnaval, y sentaba en su mesa a amigos y compañeros de reparto: Frank Sinatra, David Niven, William Holden, Clark Gable, Ray Milland, Cary Grant, Ava Gardner, Sofía Loren o el matrimonio Burton, sin olvidar a los Niarchos, Onassis... Ocupó cientos de portadas de la emblemática revista Paris- Match con esa imagen de familia feliz y perfecta y sin arrugársele el gesto ante la rebeldía caprichosa de su primogénita Carolina. Así fue hasta que aquel infortunado accidente de coche le truncó la vida. Con ella murió una parte de ese glamour que marcaba Mónaco y se extendía de Oriente a Occidente y que muchas han intentado imitar sin conseguirlo. De Soraya a Lady Di El cine hace soñar, pero la vida está llena de sueños. Vidas paralelas, pero contrapuestas, y con sueños de cine fueron las que iniciaron Grace Kelly y Soraya, antes de sus respectivos matrimonios regios. Grace, hasta que se convirtió en Princesa de Mónaco, fue una consagrada y admirada actriz; Soraya también se sintió atraída por el medio e intentó hacer carrera, pero su paso por el séptimo arte no dejó huella. Fue una actriz frustrada cuya espectacular belleza y elegancia, una vez repudiada por el Sha (la prensa del corazón tuvo mucha carne que morder en su triste exilio) jugaron la baza que le devolvió al celuloide en una película, Las tres caras de una mujer que pasó sin pena ni gloria. Dejado el cine, Grace sí llevó una vida de película; sin embargo, Soraya no despertó de la tristeza en que la envolvió el repudio, y pese a sus sonados romances murió en París, triste y sola, rodeada de recuerdos y trágicas experiencias vitales, ella, la niña bien de la poderosa tribu persa de los Esfandiari, enemiga del Sha, cuya familia intentó con la boda una reconciliación que su esterilidad impidió. Lady Di también tuvo un sueño, pero con pesadilla. De buena cuna, aristócrata, apta para el Trono, y rodeada de glamour paradojas del destino, su vida terminó siendo catastrófica. Su boda de película con Rainiero III fue un cuento de hadas y el inicio de una vida de princesa en un papel que representó a la perfección