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28 Internacional VIERNES 14 4 2006 ABC Hordas de turistas, occidentales y chinos, están invadiendo esta Región Autónoma de China. Un negocio que contribuye al innegable desarrollo de la zona, pero que pone en peligro valores con los que ni la Revolución Cultural pudo acabar La invasión pacífica del Tíbet TEXTO: FERNANDO PASTRANO ENVIADO ESPECIAL FOTO: PILAR ARCOS LHASA (TÍBET) A simple vista pudiera parecer un paisaje de la Sierra de Guadarrama, si no fuera porque más de una roca muestra la imagen de llamativos Budas pintados con colores estridentes. Y abajo, en vez de El Escorial, aparece acurrucado en la ladera el Monasterio de Sera, el segundo más grande del Tíbet, perteneciente a la congregación Gelupga (la de los bonetes amarillos) y fundado en el siglo XV por un discípulo de Tsong Khapa. El sol, ya bastante bajo, anuncia que le queda poco al día. Atrás, no muy lejos, dejamos la ciudad de Lhasa. Cuando hace veintiún años vine por primera vez a este lugar, Sera quedaba más lejos de la capital del Tíbet. Hoy la ciudad ha crecido tanto que puede decirse que el monasterio se encuentra en uno de sus suburbios. La paz parece reinar sobre sus tejados dorados, pero cuando nos acercamos a una de las puertas laterales, lo que en principio era sólo un murmullo se convierte enseguida en alboroto. ¿Nos habremos confundido y en vez de acercarnos a un seminario estaremos a las puertas de un mercado? No. Al traspasar el umbral llegamos a un soleado patio con árboles en el que los monjes discuten cada atardecer sobre la doctrina budista. Pero no están solos, más del doble de turistas vestidos de colorines se entremezclan con los monjes de hábitos azafrán. Éstos parecen ignorar a los intrusos y van, como si nada, a lo suyo. Sentados en pequeños corros, uno de ellos se levanta por turno, elige a un compañero y le lanza una pregunta con tono desafiante al tiempo que da una fuerte palmada para subrayar su reto. El monje aludido trata de responder. Si no sabe la contestación sonríe un poco avergonzado. Las preguntas tratan de asuntos de teología. Por ejemplo: ¿Cuántos son los símbolos auspiciosos? La respuesta es Ocho Algo así como si un novicio católico le preguntase a otro: ¿Cuántos son los pecados capitales? Podrían discutir si son siete u ocho. Un turista fotografía a los monjes budistas en uno de los patios del monasterio de Sera, en las afueras de Lhasa ha convertido en una fantochada. Hay quien se atreve a dar una propina a los monjes, mientras que a algún visitante más sensible, que esperaba otra cosa, se le saltan las lágrimas. Sherab, un monje maduro cuyo nombre significa Sabiduría nos dice que eso no es malo, que también necesitan dinero. Pero en la cara se le nota que realmente no lo piensa así. Puede que Sera sólo sea un ejemplo, pero es muy representativo de lo que está pasando en el Tíbet, que está siendo invadido por los turistas, esa horda dorada (por su dinero) que como una mancha de chapapote se va extendiendo hasta las zonas más remotas. Una invasión pacífica y económicamente rentable, pero que a largo plazo pondrá en peligro valores con los que no pudieron acabar ni los peores años de la Revolución Cultural. Lo mismo sucede en el Potala, el palacio de los Dalais Lamas, el edificio más importante de todo el Tíbet y, sin duda, su emblema. Y en el Jokhang, la catedral del budismo tibetano. En todos los lugares los turistas tienen preferencia sobre los peregrinos auténticos. Por entrar en el Potala, un caminante tibetano paga 1 yuan (10 céntimos de euro) un turista, 100. Al Jokhang los peregrinos acceden gratuitamente cuando les dejan, los turistas pagan 70 yuanes. Hay quien dice que además del legítimo afán recaudatorio Aviones sin alas Hoy solo se puede llegar al Tíbet en avión o dedicándole varios días por las intrincadas carreteras de los Himalayas. Pero esto va a cambiar. Se acaba de construir una línea de ferrocarril de 1.142 kilómetros que une Pekín con Lhasa en 48 horas. Es la línea férrea más alta del mundo con más de 900 kilómetros a más de 4.000 metros de altura, llegando a alcanzar en algunos tramos los 5.072 metros. Por ello, los vagones tienen que ir cerrados herméticamente para poderlos presurizar. Parecen aviones sin alas. Para su construcción, que se acabó el 15 de octubre, se han invertido 2.000 millones de dólares. Los exiliados tibetanos dicen que se trata de un intento más de favorecer la llegada al Tíbet de la población china para colonizar la región. En realidad, es parte de la política de Pekín de promover el desarrollo de la mitad occidental del país a través de la inversión en infraestructuras, para reducir la enorme brecha económica que diferencia el interior del país de las ciudades más desarrolladas. No importa que el monasterio sea blanco o negro con tal de que cace dólares hay un interés más sutil en que se pierda el respeto por el budismo encanallándolo. Algunos se emplean a fondo. Pero también hay quien elogia al turismo por su contribución al innegable desarrollo que ha sufrido la región en los últimos años. El avance económico es evidente. Dos ejemplos: en 1965 el PIB del Tíbet era de 327 millones de yuanes; en 2004 superaba los 21.000. De sólo contar con 2 kilómetros de carreteras, ha pasado a tener una red de más de 40.000 kilómetros. Un circo Pero lo que hace veintiún años, incluso hace cinco, pude comprobar que era una impresionante visita en esta fascinante tierra que es el Tíbet, hoy se ha convertido en un verdadero circo en el peor sentido de la palabra. Docenas de turistas, muchos de ellos vociferantes, invaden el recinto sin ningún pudor. Cámaras en ristre se acercan a los religiosos hasta tocarlos. Gritan entre sí. Piden a sus compañeros que posen para la foto e incluso no se recatan al pedir a algún novicio que mire para tal lado o incluso que sonría, algo que, por otra parte, no es nada difícil para un budista. Lo que era una experiencia única se Duplicar los ingresos Y el ambivalente progreso sigue su curso. En 2004 los ingresos por turismo fueron de 1.532 millones de yuanes. Para 2010, cuando ya funcione plenamente el ferrocarril y el nuevo aeropuerto de Linzhi, la cifra se duplicará. No importa que el monasterio sea blanco o negro con tal de que cace dólares me comenta entre irónico y resignado, parafrasendo la célebre sentencia de Deng Xiaoping, Norbu, un lama cuyo nombre, curiosamente, significa Joya