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50 JUEVES 13 4 2006 ABC Cultura y espectáculos MEDARDO FRAILE Maestro del relato Todos somos disidentes al menos una vez al día -Hay editores que viven del cuento y hay escritores, como usted, que viven por y para el cuento. ¿Un creador puede sobrevivir bajo el cuento? -Yo diría más bien que hay editores que podían vivir, y dejar vivir, del cuento, y no lo hacen por falta de ideas o de sensibilidad. En cuanto al escritor ni sobrevive escribiéndolos ni sobremuere tampoco. Está destinado a que, en el mejor de los casos, dos, tres, cuatro cuentos suyos pasen de una antología a otra cuando Dios quiera. ¿Quién ha oído hablar del argentino Conrado Nalé Roxlo, que tiene cuentos tan extraordinarios como Meridiano local Es un privilegio hacer lo que uno quiere y no me importa que mi posteridad sea más o menos sonora. ¿Escribir es obedecer al destino? -Creo que sí. No he dejado de hacerlo desde los ocho años y, aunque también soy catedrático de Universidad, escritor es lo que he sido toda la vida. Por cierto que a los estudiantes les vendría muy bien que hubiera más escritores vivos en las Universidades, en vez de estar en ellas después de muertos. ¿Es usted un escritor de culto, como le definen sus discípulos? -No. Ellos me ven así. Yo me he limitado a ser fiel a mí mismo y a hacer las cosas lo mejor que sé, sin permitirme nunca negligencias. -Delibes glosó en su libro España 1936- 1950: muerte y resurrección de la novela a esa olvidada y maravillosa generación de los niños de la guerra Aldecoa, Josefina Rodríguez, De Quinto, Jesús Fernández Santos, Carmiña Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, usted... El primer encuentro de esos niños fue en las Lagunas de Ruidera, en una excursión en la que pasaban las noches distribuidos en las casas de los campesinos de cada pueblo ¡Qué recuerdos! -A José María de Quinto le conocí antes. Poco después de que Gordón, Sastre, Paso, Palacio, Costas, Cerro y yo fundáramos Arte Nuevo que fue el teatro más o menos experimental que surgió en la Posguerra, se incorporó él al grupo y estrenó una obra con nosotros. Luego hizo crítica y dirección escénica. Los demás, y Alfonso Albalá, nos conocimos en la Facultad de Letras de Madrid, aunque Aldecoa y Carmiña habían estudiado en la de Salamanca, y Josefina era ya novia de Ignacio cuando la conocí. Buenos escritores, con vocación a prueba de tiempos difíciles, y buena gente. Lo de Ruidera fue en las primeras jornadas literarias por España que organizó, muy bien, Gaspar Gómez de la Serna. Me gus- Acaba de cumplir 81 años, ya tiene cuentos nuevos y prepara un libro que rondará las 300 páginas, pero su editor le prohíbe desvelarlo. El maestro del cuento prepara su gran obra TEXTO: ANTONIO ASTORGA Medardo Fraile ta que Delibes recuerde con tanta bondad aquellos días. Marcelo Arroita- Jáuregui fue el único que se bañó en una laguna y vimos cómo el agua retrocedía cuando él avanzaba. Los hospederos manchegos fueron muy generosos, en conversación, vino, comida y alojamien- Hay editores que podían vivir, y dejar vivir, del cuento, y no lo hacen por falta de ideas o de sensibilidad to, y aquellas casas solariegas hermosas y relucientes de limpias nos recordaban la prosa de Azorín. El buen amigo y escritor manchego Francisco García Pavón estaba junto al alcalde de Tomelloso para recibirnos el día que llegamos. Luego le tratamos mucho en Madrid. Eran tiempos- -como recuerda Delibes- -de divertida y grata convivencia y verdadera amistad, sí. -Sus cuentos parten de la verdad de la gente, de lo que pasa por la calle, retratan una época. ¿Qué relato podría escribir sobre la época que vivimos en España de la que no es ajeno? -Un cuento en que Democracia fuera una niña de cinco años, a la que sus padres- -ella nació en España, de padres extranjeros poco de fiar (no griegos) la llevan a la escuela y luego al Instituto y a la Universidad y, aquella niña, ya una mujer sabia al salir de las aulas, impone su rectitud, su buena voluntad y la dignidad de su nombre, metiendo en la cárcel a sus padres, para empezar la limpia, y les prohíbe, en la prisión y fuera de ella, que, en ningún caso, usen su nombre- -Democracia- en función de comodín. ¿Qué le impulsó emigrar a Escocia? -Deseaba irme de lector a una Universidad europea por un par de cursos. Llevaba ocho años dando clases en el Maeztu y, aunque literariamente me iba todo muy bien, pasé una temporada de hartura y neurastenia con ganas de acabar con las rutinas. Fuí a Asuntos Exteriores y allí me ofrecieron un lectorado en Monrovia. Les dije que no quería moscas. Me ofrecieron diez mil dólares por marcharme a Ohio de profesor y dije que prefería Europa. Surgió el lectorado de Southampton y me fui. Los tres primeros años me fascinó the way of life y el sueldo de los ingleses. De allí a Glasgow. Era una época poco atractiva, busqué una compañía grata, me casé y tuve una hija. En la Universidad ascendí y llegué a ser el primer catedrático de Español (Personal Professor) de esa Universidad, y el tiempo, mientras, galopaba sin piedad y sin freno. Nunca pensé irme de España, a la que llevo siempre conmigo. -Mientras en la España de los años 50 predominaba la novela, usted no transigió con modas ni con presiones de compañeros de viaje. ¿Se sintió como un llanero solitario? -Hice teatro con éxito, pero ver la obra que has escrito en un escenario requiere las manos y las manazas de un batallón de gente y la obra, en realidad, es lo que menos importa, hasta la mismísima noche del estreno. Eso no me gustaba. Desde los 16 años había escrito narraciones que, según los que las conocían,