Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 9 4 2006 Cultura 49 DANZA Desde Otelo Ballet de Carmen Roche. Coreografía: Goyo Montero. Música: C. Monteverdi, G. Verdi, J. Dowland, I. Marta, Goodspeed Back Emperor. Principales Intérpretes: Jon Vallejo, Raquel Martínez, Víctor Ullate Roche, Goyo Montero. Lugar: Centro Cultural de la Villa, Madrid CLÁSICA Ciclo Comunidad de Madrid Obras de J. L. Turina y L. van Beethoven. Intérpretes: Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Director: José Ramón Encinar. Solistas: Mariola Cantarero, José Bros, Miguel López Galindo. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 7- IV OTELO, INSTRUMENTO DE MALTRATO JULIO BRAVO CRISTO EN EL MONTE DE LOS OLIVOS ANTONIO IGLESIAS esulta gratificante ver juntos en el escenario a Goyo Montero y Víctor Ullate Roche, segunda generación de bailarines y maestros de danza. Son los dos amigos desde la infancia y llevaban tiempo buscando la ocasión de trabajar juntos, algo complicado ya que sus trayectorias artísticas han tomado caminos diferentes. Su punto de encuentro ha sido Desde Otelo un espectáculo con el que el Ballet de Carmen Roche demuestra que sigue teniendo el pulso firme a pesar de las dificultades que entraña mantener una compañía de sus características. Desde Otelo es una coreografía creada por Goyo Montero en la que la tragedia inmortal de Shakespeare se toma como punto de partida para hablar de los maltratos y de los celos. Montero le quita cualquier connotación local y temporal a la historia, que reúne palabra- -versos de Shakespeare recitados por Víctor Ullate Roche- -y movimiento. Goyo Montero se revela como un coreógrafo con ideas muy interesantes; desarrolla con acierto la historia de Otelo y teje con tino la creciente obsesión del moro de Venecia (aquí un bailarín rubio y blanco de piel) y el creciente abrazo de los celos. El coreógrafo ha desdoblado el papel de Yago (que interpretan él mismo y Víctor Ullate Roche) para que la palabra y la acción se desarrollen en distintos planos. Yago va sembrando su cizaña con la voz al mismo tiempo que físicamente arrastra a Otelo hacia el abismo. En el debe está la escasa naturalidad del baile (salvo, precisamente, en los movimientos de los dos Yagos) a menudo retorcido y excesivamente rebuscado, lo que obliga a la joven compañía (todavía demasiado tierna para trabajos de esta envergadura expresiva) a un esfuerzo innecesario. Sobra también, quizás, la demasiado literal referencia a los malos tratos reflejada en proyecciones. La danza tiene suficiente poder expresivo por sí misma, sobre todo en manos de intérpretes como Goyo y Víctor. Junto a ellos, los jóvenes Jon Vallejo y Raquel Martínez muestran su preparación y su talento en dos papeles que con el tiempo podrán encarnar con más peso y profundidad. R N Gonzalo Suárez, en una imagen reciente GONZALO CRUZ Gonzalo Suárez recupera su etapa periodística en La suela de mis zapatos El libro recopila varios de los escritos que el cineasta publicó en los años sesenta b El escritor y cineasta asegura que Martín Girard, seudónimo con el que firmaba sus textos, fue un precedente del personaje de Ditirambo SUSANA GAVIÑA MADRID. Gonzalo Suárez llegó al periodismo por casualidad en 1961, como le sucedería años más tarde en el cine. Sin embargo, su relación con la escritura es una constante en su vida de la que no ha podido prescindir. De su etapa como periodista surgiría un estilo literario que quedaría plasmado después en sus libros. Ahora, Seix Barral ha recopilado en La suela de mis zapatos algunos de los trabajos de Gonzalo Suárez de aquella etapa, vivida en Barcelona, en la que firmaba como Martín Girard. Una entrevista a Helenio Herrera marcaría el inicio de esta carrera gracias a su particular estilo de escribir- -le calificaron entonces como el percursor del nuevo periodismo- Su buena relación con el entrenador de fútbol- era el segundo marido de mi madre -y el hecho de escribir informes técnicos para el Inter de Milán le impidieron, por pudor firmar con su propio nombre y, al apellido de su esposa, Girard, antepuso el nombre de Martín, que me habían dicho era muy perio- dístico Aquello le permitiría emanciparse de los horarios de oficina y supuso el nacimiento de Martin Girard, un personaje que precede a lo que iba a ser, años más tarde, Ditirambo, un detective explica Suárez. El cineasta colaboró durante casi un lustro con publicaciones como La gaceta ilustrada el semanario Dicen -una de cuyas secciones da nombre al libro- El noticiario Universal o La vanguardia donde escribió crónicas de sucesos; de deportes- -fútbol, tenis y boxeo- entrevistas- -desde Batista a Fernán Gómez, pasando por Buero Vallejo, Mihura, Aznavour o Buñuel. Todos ellos, eso sí, reinterpretados desde un género emergente, donde se contaban las cosas como si se tratase de un relato pero sin falsearlo Girard afrontaba la realidad con el subterfugio de jugar a detective privado donde el entrevistador o cronista también estaba muy presente. Suárez confiesa echar de menos sus años de periodista, actividad que abandonó cuando el género se convirtió en un recuento informativo de hechos y datos en el redil de una realidad acotada que permite tergiversaciones, pero no extralimitaciones. Martín Girard- -continúa- -se cansó de actuar como contable de cosas que pasaban de verdad y se volvían de mentira al ser publicadas. Por eso lo maté o supone, históricamente, ni más ni menos que la única incursión de Beethoven en el oratorio de ascendencia italiana. Se abre el siglo XIX y son tiempos de las Patética Claro de luna o la Pastoral ciñéndome al buen calendario implicado en sus Sonatas pianísticas. Es decir, el compositor, sin abandonar el inevitable período de influencias, se hace personal, díganlo si no sus maneras despiadadas de tratar las voces como si fueran instrumentos con mayor idoneidad, muy en particular las solistas de la soprano y el tenor... Pero nada importa para que su Cristo en el Monte de los Olivos se imponga como página, hasta genial en múltiples momentos, ciertamente que ya muy inclinada hacia un romanticismo totalizador. La escena religiosa conmueve al compositor y nos conmueve hoy a todos. Es difícil, muy difícil de interpretar, y deseo anticipar que la versión que nos ofreció José Ramón Encinar al frente de su espléndida Orquesta de la Comunidad de Madrid- -esta vez con el concurso de la gran categoría que ha de reconocérsele al Coro hermano, cuyo titular es Jordi Casas- alcanzó límites de lo extraordinario. Primero, por el excelente criterio rector; luego, por los conjuntos instrumental y vocal y, párrafo aparte, por su trío solista. No hubo que recurrir a la importancia de nombres complicados, y los españoles Mariola Cantarero, soprano granadina; José Bros, tenor barcelonés; y Miguel López Galindo, bajo madrileño, fueron el breve grupo que mereció nuestro aplauso encendido, muy merecido. El programa de esta sesión lo abrió José Luis Turina, con su Opus 1, titulada Crucifixus (pese a no tener determinada connotación religiosa alguna) rebasando en algo el cuarto de hora de duración, se basa, apoya y constituye sobre un giro bachiano, pasado a veinte instrumentos de cuerda y un piano (que sorprende con sus contadas, agresivas percusiones) dentro de una predominante calma y reducida intensidad, contrastada en momentos sin embargo, escrita con esmero y, por supuesto, conocimiento de una grata textura. El éxito, bien compartido por todos, se centra en la sabia dirección de Encinar.