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ABC SÁBADO 8 4 2006 Los sábados de ABC 91 El principio de la pesadilla EMILI J. BLASCO. CORRESPONSAL EN LONDRES La temática y estética de lo gótico tiene su partida de nacimiento en 1782, cuando el pintor Henry Fuseli colgó su cuadro The Nightmare (La pesadilla) en una muestra de la Royal Academy de Londres. Así lo reivindica la exposición Pesadillas góticas abierta en la Tate Britain (www. tate. org. uk) hasta el 1 de mayo, que analiza el origen y desarrollo de este fenómeno creativo entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, así como la influencia posterior de algunas de sus imágenes en el cine. Según el programa de la exposición, gótico es el nombre dado al arte y a la literatura que tratan temas acerca del terror y de lo sobrenatural, a menudo en escenarios medievales. Lo gótico es un fenómeno complejo, que engloba una revalorización de la literatura y la arquitectura medieval, nuevas ideas filosóficas y estéticas, y las influencias de unas realidades económicas y sociales cambiantes El gusto por lo tenebroso no era algo nuevo en el arte, pero se había reservado a visiones relacionadas con la mitología, con el Antiguo Testamento y, en el caso británico, con determinados personajes históricos de Shakespeare. La sorpresa e inquietud con que fue acogida la La pesadilla de Fuseli se debió a la novedad de presentar una situación contemporánea que no remitía a ninguna fuente clásica. El estremecimiento lo producía la imaginación de un mal sueño que podía afectar a cualquier persona, de forma que el mundo de los espíritus no era ya algo recluido en un extraordinario pasado, sino que afloraba por las rendijas de la cotidianidad del mundo presente. Sigmund Freud se sintió atraído por el inquietante cuadro de La Pesadilla una copia del cual la colocó en su despacho de Viena, y la cinematografía ha reproducido la escena de la joven tumbada en la cama, medio caída hacia un lado, en películas como El cabinete del doctor Caligary y la primera versión de Frankenstein El horror pintado por Fuseli, William Blake y otros contemporáneos, con sus tintes oscuros y criaturas sobrenaturales, provocó un notable interés curiosamente cuando el entorno cultural de la Ilustración certificaba la defunción de la creencia en brujas y espíritus. Algo parecido ocurre en la actualidad, cuando la superstición y el interés por el ocultismo crecen en una sociedad oficialmente positivista. Así lo considera la artista y escritora Audrey Niffenegger en un artículo sobre la exposición de la Tate, en el que señala que la testaruda persistencia del arte que llamamos gótico es el testimonio de nuestra necesidad de una estética de la muerte Según Niffenegger, queremos que haya algo más allá del mundo cotidiano de superficies y objetos; en el arte y la literatura góticos, la muerte no es necesariamente muerte real, los espíritus nos saludan desde el más allá, las sepulturas rebosan de fantasmas y personas resucitadas En su opinión, el éxito de lo gótico radica en que quizá no sodel infierno... El autor acabó mos seres perfectamente racionales Tim Burton es todo un profeta involuntario de esta estética entre poética y sombría. Arriba, junto a un cartel de Sleepy Hollow y una imagen de La novia cadáver nato. Con bastante frecuencia, la sangre exterioriza cosas, mientras que en la realidad casi todo es fingimiento e impostura, disimulo. Los seres más siniestros exhiben la libertad y la desinhibición que brillan por su ausencia en la vida real. Bastantes jóvenes únicamente encuentran consuelo en todo lo relacionado con el género de terror o en los desmadres que se organizan durante la noche de Halloween, al quedar abolidas de forma momentánea ciertas reglas. Los disfraces despiertan sus sentidos adormecidos, sirven para conectar a quienes viven en su propio universo, alejados de los demás. Bastantes jóvenes encuentran consuelo en el género de terror o en los desmadres de Halloween, y su abolición de reglas El manto de la soledad En buena medida, la estética gótica de bastantes jóvenes muestra lo que un cuarto o una casa aislada pueden provocar en un adolescente, el contraste que pueden causarle con respecto a sus semejantes. Reparando en su apariencia, uno entiende la contradicción que exhiben muchos chicos introvertidos que salen, sin embargo, a la calle con ropas de apariencia agresiva, quizás porque es su única defensa, la mejor forma de mantener a los demás alejados o de prevenirles por si intentan hacerles algo malo. Uno percibe entonces la terrible soledad de los monstruos, de esos seres que no quieren ser malos pero a los que las miradas y el desprecio de sus semejantes conducen a un callejón sin salida, o del que a veces sólo pueden salir con la violencia. Si a los seres deformes y siniestros se les mantiene en los márgenes, es porque con su presencia amenazan la pureza de ciertas ideas. Mezclarse con ellos supone demasiados riesgos, de contaminación, de caos. La gente teme perder las escasas certezas que tenía hasta ese momento. Eso fue, al menos, lo que en su día consiguieron William Blake y Henry Fuseli, dos pintores a quienes la Tate Gallery dedica en estos momentos la exposición Gothic Nightmares (Pesadillas góticas) donde se puede apreciar el embrión de las obras de Mary Shelley, William Beckford, Odilon Redon, Edvard Munch, Angela Carter, Patrick José María Latorre, Pilar Pedraza, Damian Hirst o Marc Quin, cuyas obras ponen de manifiesto la fragilidad y la relatividad de nuestras identidades. La pesadilla de Henry Fuseli (1782) íncubos, animales expulsado de la Academia