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54 Sociedad SÁBADO 8 4 2006 ABC Religión FIELES Y OSADOS JOSÉ MARÍA JAVIERRE. SACERDOTE Y ESCRITOR esuitas. Durante siglos y siglos han soportado, y soportan, juicios groseros, condenas crueles: las estocadas de Voltaire y Pascal circulan todavía. Ciertos manuales de historia mantienen que a mitad del siglo XIX los jesuitas repartieron a los niños de Madrid caramelos envenenados. Simultáneamente, una letanía de honores les acompaña. Las damas de la corte lisboeta del XVI intentaron atrapar en sus redes frívolas de sensualidad cortesana a aquellos apuestos jóvenes clérigos, atractivos, educados; fracasaron. Para paliar su despecho, las damas atribuyeron a poderes mágicos la castidad de los jesuitas: Llevan bajo la sotana sobre el pecho una ramita de yerba semejante al romero que los hace invulnerables a la tentación sexual A la hora de dar forma canónica a la Compañía, le tocó a Ignacio de Loyola un Papa bizcochable, Paulo III, de la familia Farnese: un Papa renacentista con virtudes y contradicciones propias del siglo XVI italiano; ejemplar de conducta y nepotista por familia; amigo de la Inquisición y propulsor del Concilio de Trento; con buen pulso para lidiar entre Carlos V y los reyes franceses; pendiente de la expansión misionera, por requerimiento del embajador portugués, Pedro Mascareñas, soli- J citó de san Ignacio que enviara misioneros al Oriente, y el Fundador llamó al padre Maestro Francisco Xavier y díxole: Maestro Francisco, ya sabéis cómo por orden de Su Santidad han de ir dos de nosotros a la India (Ribadeneira) Enfermucho, a Paulo III lo eligieron con sesenta y siete años, pensando que moriría pronto. Duró quince años, fecundos, a fe mía. Él conoció los fervores intelectuales y evangélicos de la primera patrulla jesuítica. Le sucedió Julio III, cinco años; y Marcelo II, solo unos meses. A Ignacio de Loyola le aterrorizó la tormenta que del Cónclave le venía. El sucesor previsto de Marcelo II era Juan Pedro Caraffa, cardenal perteneciente a la familia Caraffa, ilustre y complicado linaje napolitano. Enemigos jurados de la presencia de los españoles en el reino de Nápoles, los Caraffa odian al emperador Carlos, a su hijo Felipe, y a toda la parentela, tienen sobre la boca del estómago todo lo que huele a España, y cometerán el error, por liberar Nápoles de la dominación hispana, de pactar con Francia. Ignacio de Loyola y sus jesuitas, ya viejecito el fundador, entran en el lote: Ignacio rogó al cielo que evitara a la Compañía semejante infortunio. Inútil: por mayoría de un voto Caraffa sale Papa y toma como nombre Paulo IV. ¿Que si los jesuitas son fieles a la Santa Sede, incluso en ocasiones intrincadas? Vean. A Ignacio la noticia le produce sobresalto, queda pálido. Paulo IV, ya viejo de ochenta años, gusta de ejercer como cascarrabias contra España. Asceta de vida mortificada, ejemplar, no se parece nada a los Pontífices renacentistas que le han precedido; pero carece por completo de dotes políticas, peligro serio mientras el Papa, además de ser guía espiritual, disponga como príncipe temporal de soldados, cañones y barcos. Le sobra razón para odiar a los españoles que ocupan su patria, el reino de Nápoles. Y dejándose llevar de su temperamento irascible, ataca al emperador y al hijo Felipe, que ya tiene cedido por don Carlos el título de rey de Nápoles. A Paulo IV le respalda, naturalmente, el rey francés Francisco II, a quien el Papa Caraffa ha prometido coronarle al hijo rey de Nápoles si le ayuda a arrojar de Italia al ejército español. En primavera de 1557, las tropas galas se descolgaron desde los Alpes hasta Roma: el viejecito Paulo IV recibió tales ánimos que aprovechando la festividad de Jueves Santo lanzó la excomunión contra el emperador y su hijo Felipe, retiró el nuncio de Madrid y amenazó con penas terroríficas a quienes se pusieran del lado de España. Le fallaron los cálculos. El duque de Guisa intentó avanzar hacia Nápoles y tropezó con la resistencia de los soldados de Alba: nuestro duque puso en fuga a los franceses y les pisó los talones camino de Roma. Entretanto, Felipe II había descolgado tropas desde Flandes hacia París: el 10 de agosto ganó una memorable batalla al pie de la plaza fuerte San Quintín. Esta victoria llenó de pánico a los franceses, pues dejaba desguarnecida su capital. El Papa comprendió el fracaso. os tercios del emperador no dieron tiempo a nada: avanzaron sobre Roma. Paulo IV se entregó. Dos sobrinos Caraffa, que hacían al tío de estrategas, huyeron a refugiarse en Francia. Por fortuna el choque no fue tan agraviante como años atrás con el saco de Roma el duque de Alba estuvo comedido, Felipe II dio al Papa una paz altamente ventajosa. El emperador desde Flandes confió al padre Borja su antiguo virrey de Cataluña, que suavizara cuanto sea posible los contactos con la diplomacia pontificia. Felipe II ordenó al duque de Alba entrar en Roma, ponerse de rodillas ante Paulo IV, besar su pie y pedir perdón por haber guerreado contra él. Alba cumplió las órdenes, devolvió al Papa las plazas conquistadas y pidió humildemente que levantara la excomunión lanzada contra nuestros soberanos. L La osadía de Javier pervive en los jesuitas posteriores desparramados por el planeta