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ABC SÁBADO 8 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA COLOMBEY I estaba cómodo ni lo estaban con él. Si Bono hubiese sido ministro de Fomento o de Exteriores habría podido seguir como verso suelto, como un detalle de discrepancia, como un guiño al alma nacional y jacobina del PSOE, pero era el responsable del CNI en el momento en que el Gobierno se dispone a hablar con ETA. Y ningún presidente puede mandar emisarios a sentarse con los encapuchados si no tiene confianza en el jefe de los espías. Había compañeros de gabinete que no le hablaban, y el propio Zapatero lo dio por amortizado desde que el general Mena y otros militares alzaron voces por la unidad de España, aunque aguantó que se ofreciera en voz alta como capitán de una rebelión parlamentaria contra el texto que consagra IGNACIO la nación catalana. Pero CAMACHO es ahora cuando estorba en el núcleo duro de un Gobierno que va a cruzar la raya decisiva. Puede que ayer dijera la verdad: no se va, o lo echan, por el Estatuto. Se va, o lo echan, por ETA. Con Rubalcaba y Alonso, el presidente blinda su entorno en el momento clave. Uno controlará a la Policía y a la Guardia Civil, y el otro a los servicios secretos. Los intermediarios ya están preparando el equipaje para viajar al corazón de las tinieblas; irán mejor arropados ahora que Bono se ha quedado a la intemperie. Zapatero sabe que corre un riesgo al dejarlo caer, e igual un día tenga que lamentar habérselo sacado de encima sin rematarlo antes. Hay enemigo. Bono es a veces demasiado primario, elemental; cree tanto en sí mismo que olvida que a menudo se le ve el cartón. Su enfática gestualidad retórica tiene grietas por las que se transparenta la tramoya de sus ambiciones. Pero es populista, demagogo y tenaz, y tiene un ego como un portaaviones. Además, conoce el modo de conquistar esos espacios sociológicos sobre los que se fraguan mayorías; en La Mancha lo hizo, al principio, incluso sin controlar el partido. Si no tengo al partido, me gano la calle me dijo una vez. Para eso se ha forjado con cuidado y perseverancia su imagen transversal de centrista, cristiano y españolista; y hace tiempo, desde que Zapatero salió del 11- M proyectado a La Moncloa, que sabe que sus opciones pasan por esperar sentado. Lo va a hacer en su casa toledana, que acaso trate de convertir en el Colombeydeux- églises del socialismo jacobino que aún cree en lo que queda de España. Zapatero intentará convencerlo de que sea candidato en Madrid, capital o comunidad, con la esperanza de que se estrelle. No creo que pique; si tiene una posibilidad, consiste en aguardar el eventual fracaso de este Gobierno y dejarse querer cuando vayan a buscarlo más allá del Tajo. Lo que pasa es que está muy solo. Quemó a los guerristas, a los felipistas y, ahora, a los zapateristas. Desde su infinito orgullo quizá piense que mejor solo que mal acompañado, y que las sonrisas de Ibarretxe, Carod, Otegi y Maragall ante su despido son el primer ingreso de la cuenta que acaba de abrir en el banco de la revancha. N LA IGLESIA Y LOS MEDIOS L hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca (Lc 6, 45) Jesús nos enseñó que la comunicación exige elecciones morales que se contagian a nuestro lenguaje; y un lenguaje que es destructivo, que se ensaña, que insulta, que arremete, que estimula el odio, está sacado de un mal tesoro Por supuesto, la alternativa a este lenguaje denigrante no es un lenguaje tibio y medroso sino, por el contrario, un lenguaje que se apoye en principios morales sólidos, que adopte si es preciso la ira y la indignación; pero siempre que esa ira y esa indignación sean fecundas, siempre que actúen como fermento social, y no como factor de enconamiento y división. La exacerbación de ciertas posturas ideológicas, utilizadas para provocar divisiones insalvables JUAN MANUEL entre los españoles, debe ser consideDE PRADA rada inmoral en términos cristianos. Así, el cainismo que se alienta y se practica desde el Gobierno es, en este sentido, altamente inmoral; lo mismo podría predicarse de un medio de comunicación de inspiración cristiana que tratase de combatir esta actitud taimada e irresponsable con actitudes igualmente exacerbadas. Son muchos los caballos de batalla que se le presentan hoy a la Iglesia: el respeto incondicional a toda vida humana (desde su estado embrionario a sus postrimerías) la opción preferencial por los pobres, la defensa de la familia como ámbito privilegiado donde Dios se hace presente, la denuncia del relativismo rampante, el derecho a que nuestros hijos sean educados en la fe, etcétera. Un medio de comunicación de inspiración cristiana debe esforzarse por que todos sus contenidos informativos y de opinión estén galvanizados, impregnados por los valores del Evangelio. Y debe esforzarse también por combatir las ca- E lamidades de nuestra época con un lenguaje humanista, edificante y enaltecedor, como quería San Pablo (Ef 4, 29) No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino palabras buenas y oportunas para edificar y favorecer a quienes os escuchan Este objetivo primordial es, por supuesto, compatible con la crítica acérrima, con la denuncia de la injusticia y el mal moral; pero, para que esa crítica y esa denuncia sean válidas, no deben sustentarse en descalificaciones e insultos que atenten contra la propia dignidad humana. Como católico con voz en la prensa, siempre he procurado guiarme por aquel consejo que nos dio Jesús (Mt 10, 27) Lo que yo os digo en la oscuridad decidlo vosotros a la luz; y lo que os digo al oído decidlo en los terrados La valentía tiene que ser rasgo de un comunicador cristiano; valentía para proclamar la verdad, para combatir la depauperación moral, la indignidad política, etcétera. No debe haber tibieza en esta proclamación, máxime en unas circunstancias tan graves como las que atraviesa España; pero esta falta de tibieza no puede hacernos olvidar que nuestra misión es contribuir a la comunión entre las personas. Es evidente que Zapatero anhela la reclusión de los católicos en un gueto social; su deseo es presentarlos como seres anacrónicos y vociferantes, marginándolos y caricaturizándolos como una rémora que dificulta lo que el Gobierno nos presenta como avances y que, en el fondo, no son sino una labor perversa de ingeniería social. Combatir esos desafueros desde el radicalismo, lejos de desbloquear la estrategia gubernamental, contribuye a su afianzamiento. Hoy, más que nunca, es preciso que la Iglesia, a través de sus medios de comunicación, actúe como fermento de la sociedad, imbuyéndole una fuerza positiva y dinamizadora que no es, desde luego, la fuerza aciaga del odio. Como católico con voz en la prensa, me enorgullezco de colaborar en un periódico que, aun en medio de las insidias y las calumnias, sigue defendiendo valores de inspiración cristiana.