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4 Opinión JUEVES 6 4 2006 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) J. López Jaraba (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: José Luis Romero Adjunto al Consejero Delegado: Emilio Ybarra Aznar Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil EL PERFIL DE LOS JÓVENES ESPAÑOLES M ZAPATERO Y LA II REPÚBLICA L presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dio ayer un paso significativo en el proceso revisionista de la reciente historia de España, que está en la base de una buena parte de sus iniciativas legislativas y discursos políticos. Realizó el jefe del Ejecutivo en el Senado toda una apología de la II República, a la que, a juicio de Rodríguez Zapatero, la actual democracia española mira con reconocimiento y satisfacción El periodo republicano, según esta peculiar retrospección, iluminó la Constitución de 1978 y muchos de los objetivos, grandes aspiraciones y de las conquistas de la II República están hoy en plena vigencia y alto grado de desarrollo en nuestro país Las palabras de Rodríguez Zapatero son la prueba de los perjudiciales efectos que produce confundir la realidad histórica con la ensoñación, porque si hay alguna causa indiscutible del éxito constitucional de 1978 es, precisamente, la de no haber repetido los errores del pasado, incluidos los que alumbraron y jalonaron de forma determinante el periodo republicano hasta su fracaso definitivo. La convivencia de la España del siglo XXI no puede tener como referencia histórica una etapa en la que las grandes ideas liberales de unos pocos fueron derrotadas por el sectarismo ideológico y la tensión separatista. Tiempo de golpes de estado, revoluciones antidemocráticas y rupturas territoriales, la II República a la que ayer aludió Rodríguez Zapatero nunca existió más que como coartada falsamente historicista para promover, en este momento, una serie de cambios políticos y sociales que están alterando gravemente el consenso constitucional de 1978. Ciertamente, si Rodríguez Zapatero ve en la España de 2006 una culminación diferida de la II República, será porque están en retroceso los valores de la Constitución de 1978. Al menos, el alarde republicano de Rodríguez Zapatero es coherente con el impulso de una parte de su acción política; aquélla marcada por un laicismo agresivo, por una E visión ideologizada de la educación, por la irrupción en el sistema de valores de la sociedad y por la suplantación de los fundamentos del régimen político actual. No en vano, el jefe del Ejecutivo dijo de la Nación que era un concepto discutido y discutible y no en vano su Gobierno está embarcado en un proceso de vaciamiento constitucional a través del proyecto de Estatuto para Cataluña. Pero, ante todo, el discurso de Rodríguez Zapatero sobre la vigencia de los valores republicanos es insolvente e injusto, al desconocer el papel de la Monarquía en la consolidación de la democracia en España, como la única institución capaz de integrar a la sociedad española en un proyecto político común, asentado en la unidad nacional. La postergación de la Corona- -otra más, después de la perpetrada en la resolución del Congreso sobre el golpe de Estado del 23- F- -en la apología republicana que ayer ejecutó solemnemente el presidente del Gobierno no es accidental, sino esencial en un proceso político de transformación del Estado, perfectamente visible en el texto del nuevo Estatuto para Cataluña y orientado a la mutación de España en una especie de modelo confederal y desnacionalizado, en el que las instituciones comunes, es decir, las nacionales, tendrán muy complicado no sólo el mantenimiento de sus actuales atribuciones, sino su propia supervivencia. Rodríguez Zapatero se ha equivocado al evocar idílicamente un periodo histórico convulso, suficientemente reciente como para que su juicio republicano sea sustancialmente impugnado por historiadores y protagonistas. Pero, sobre todo, para que sea descartado no por el pasado, sino por el presente de una sociedad cuyo modelo de convivencia se selló en 1978 y que es mucho mejor que cualquier otro, porque no se parece a ninguno de los que, como la II República y otros anteriores y posteriores, sumió en la frustración las ansias de progreso de España. ESPERANDO A HAMÁS L movimiento palestino Hamás parece decidido a aguantar el órdago lanzado por la comunidad internacional: se le había advertido que si no cambiaba sus premisas y abandonaba formalmente el uso de la violencia como medio de acción política no podría contar con el apoyo financiero (principalmente de la Unión Europea) que hasta ahora había sido la única fuente de financiación para la Autoridad Nacional Palestina. Al anunciar públicamente que sus arcas están completamente vacías el Gobierno monocolor de Hamás está intentando precisamente responsabilizar de la grave situación que se avecina a quienes han interrumpido el flujo de dinero. Al mismo tiempo, con el recurso a la ayuda provisional de ciertos países del golfo Pérsico, se podría tratar de convertir erróneamente esta situación en un pulso entre los musulmanes y Occidente. Hasta ahora, Europa había pensado en jugar con la distinción entre el Gobierno de Hamás y el presidente de la Autoridad Palestina, que pertenece a un movimiento reconocido como Al Fatah, para seguir manteniendo canales abiertos, pero los últimos acontecimientos revelan que muy probablemente esta estrategia esté E destinada al fracaso, porque corre el riesgo de profundizar las agudas divisiones en el seno de los palestinos, algo que no interesa a nadie. El responsable de la política exterior de la UE, Javier Solana, dijo ayer mismo ante el Parlamento Europeo, con muy buen criterio, que Europa no desea el fracaso del nuevo Gobierno palestino, pero que sigue estando en manos de Hamás- -que figura en la lista de los grupos terroristas- -tomar las medidas adecuadas para hacer posible que se reanude la ayuda. Nada sería más contraproducente para todos que pasar por alto esta consideración sobre Hamás, en aras de un pragmatismo a corto plazo en el conflicto de Próximo Oriente. Como dijo Solana, Hamás no puede cambiar su pasado, pero está en sus manos cambiar su futuro Si algún gesto de Israel que no contradiga este principio pudiera ser útil para desbloquear la situación, Europa y el resto de miembros del Cuarteto deberían intentar precipitarlo, pero cualquier mensaje que se envíe al actual Gobierno palestino debe dejar claro que, antes de que se pueda reanudar la ayuda económica, esta organización palestina debe renunciar formalmente a la violencia y aceptar la existencia del Estado de Israel. ERECE una reflexión sosegada el informe presentado por la fundación Santa María con el título Jóvenes españoles 2005 Es un estudio sociológico riguroso, desarrollado por una institución de máxima solvencia y producto de un amplio trabajo de campo. La abundancia de datos exige un análisis ponderado, más atento a los matices que a las impresiones precipitadas. En materia política, los jóvenes se consideran mayoritariamente próximos al centro pero aceptan bastante mejor ser calificados de izquierdas que de derechas Ahora bien: casi una cuarta parte de los encuestados prefiere no pronunciarse sobre su preferencia ideológica y, en general, la política y las instituciones obtienen índices muy bajos de valoración. Sería exagerado afirmar que se trata de una generación apolítica, pero las cifras reflejan una preocupante tendencia hacia la pasividad o la indiferencia. He aquí un buen motivo para la reflexión de los partidos y de las instancias obligadas a promover la legitimidad del sistema. Llama la atención negativamente el localismo creciente de nuestros jóvenes, que se identifican cada vez más con su pueblo, ciudad o región y cada vez menos con España en su conjunto, mientras que Europa mantiene para ellos un cierto prestigio. Es una consecuencia evidente del nacionalismo (político o social en sentido amplio) que practican determinadas comunidades autónomas, mientras que la idea de España se sitúa en segundo plano en el sistema educativo o en la referencia identitaria. Los datos concernientes a la vida social ofrecen particular interés. Los jóvenes creen, por encima de todo, en la familia, no sólo con un sentido egoísta y utilitario, sino como fuente sólida de afectividad. Sólo la salud (82 por ciento) es algo más valorado que la familia (80) muy por encima- -por ejemplo- -de la ambición de ganar dinero (55) Aunque la política atrae muy poco, aflora un valioso espíritu cívico que lleva a rechazar sin paliativos los sobornos, los destrozos en la calle y, por supuesto, el terrorismo. Por fortuna, es notable el rechazo hacia las drogas (en torno al 80 por ciento estima que no son necesarias para divertirse) y las opciones preferidas (música, televisión, locales de ocio, cine, etcétera) muestran un panorama muy razonable de alternativas. Aumenta el número de jóvenes que se aleja de la Iglesia como institución y de las prácticas religiosas en sentido estricto. Sin embargo, aunque algo más bajo, sigue siendo alto el nivel de creencia: un 55 por ciento afirma creer en Dios y alrededor del 50 por ciento asegura ser católico, con un grado mayor o menor de implicación. Convendría reflexionar con detalle acerca de las causas de la disparidad. A primera vista, parece claro que cualquier percepción de exigencia moral o social resulta incómoda para una generación acostumbrada a pautas de bienestar personal y familiar que no han conocido los españoles de otras épocas. Sin embargo, los jóvenes no son felices: baja autoestima y mala opinión de sí mismos (egoístas, consumistas, poco sacrificados) son puntos de vista, muy repetidos, que dejan un sabor amargo en el análisis de la fría estadística. Algo falla en una sociedad que parece incapaz de transmitir ilusiones y sentimientos positivos en favor de la libertad, la solidaridad o el compromiso.