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64 MARTES 4 4 2006 ABC FIRMAS EN ABC MANUEL LUCENA GIRALDO ESCRITOR EL MUNDO COMO PATRIA. JOSÉ SOLANO, EN SU BICENTENARIO Si su éxito garantizó el refuerzo de las Antillas españolas, en relación con la Florida alcanzó su instante de inmortalidad... N tiempos de globalización como los que vivimos, parece que el espacio de la tierra es estrecho y el asalto tribal descompone y anula la posibilidad del cosmopolitismo. Lejos de constituir un problema, este constituye la solución para muchas de nuestras miserias, porque como expresión del universalismo ilustrado cree en la perfectibilidad del hombre, no en su encasillamiento atávico y obligatorio en la prisión de lo étnico, lo religioso, lo sexual o lo local. Hace casi dos siglos, el 24 de marzo de 1806, murió uno de esos españoles que supo serlo sin renunciar a una visión global del mundo. Como tantas otras vidas reales, la suya contiene todas las aventuras que un talento literario puede imaginar. Nacido en Zorita (Cáceres) en 1726, José Solano descendía de una familia navarra radicada en Extremadura en los años de la Reconquista. Un antepasado suyo emparentó con la familia del conquistador del Perú Francisco Pizarro y otro fue alcalde de su villa natal. Contra lo que se suele suponer, la hidalguía no estaba reñida con la vocación por el trabajo. Más bien todo lo contrario: en la siguiente generación, Pedro Solano fue calificado en un censo como labrador de dos yuntas El destino de José, el quinto entre los once hijos que tuvieron Agusdiz, donde la patriótica conducta y el entusiasmo proyectista de Jorge Juan habrían de obsequiarle la primera oportunidad de su carrera. Encargado Juan por el marqués de la Ensenada de adelantar en Gran Bretaña un viaje de espionaje, se le conminó a elegir acompañantes que fueran sobresalientes en aritmética, aplicados, de entendimiento, viveza, buenos modales, distinguido nacimiento y bien parecidos. Solano fue incorporado junto a Pedro de Mora a la arriesgada misión, con el cometido explícito de perfeccionarse en las matemáticas aunque en realidad debía ocuparse de obtener cuanta información fuera posible sobre artefactos y máquinas de la marina La singular aventura terminó cuando fue sorprendido al entrar en el astillero de Deptford, donde había descubierto una novedosa fragata recubierta de planchas de cobre y su tumultuosa huida hacia Francia con la ayuda de un sevillano que había adjurado de la religión católica debería figurar en la historia de nuestros servicios de inteligencia. Poco después, tras la firma en 1750 del Tratado de Madrid, que fijó los límites entre las posesiones de las coronas española y portuguesa en América y Asia, Solano fue nombrado cuarto comisario de la Expedición de Límites al Orinoco y capitán de fragata. En las selvas venezolanas sobresalió como cartógrafo y explorador. Merece la pena recordar su paso en 1756 de los famosos raudales de Atures y Maipures, formados por remolinos, rocas y peligrosos rápidos. acompañado de 200 indios auxiliares. Esta hazaña E tín Solano y María Bote, fue como el de tantos otros nobles en busca de mérito y carrera, el ingreso en la Real Armada. Este tuvo lugar en 1742. Contaba ya con cierta educación, pues un caballero de Trujillo amigo de la familia, Pedro de Chaves, se lo había llevado a Madrid para colocarlo. En la corte, el pequeño Solano aprendió latinidad, lengua francesa- -a la que más adelante sumaría la inglesa- historia, dibujo, baile y manejo de la espada. En su recién estrenado destino militar, en el cual fue admitido sin haber cumplido los 16 años, lo que sin duda se disimuló por su alta estatura y desenvolvimiento mundano, mostró un singular talento en materias tan relevantes como aritmética, cosmografía, navegación y fortificación. Quizás fue esa exhibición de conducta expuesta y deseo de servir lo que hizo que fuese elegido por la superioridad para formar parte de la tripulación del navío El León en 1744, de la escuadra del Mediterráneo. En aquella ocasión tuvo lugar su bautizo de fuego, pero sería su aplicación en el estudio más que el oportunismo bélico lo que determinaría su carrera en esos años decisivos de formación y juventud. Sabedor Solano de que se adelantaban en Cartagena renovadoras tareas de construcción naval, pidió ser destinado allí. En 1748 retornó a Cá- SANTIAGO TENA ESCRITOR LA FUERZA SCRIBO esto en marzo. No suelo hablar de la actualidad, pero hay algo que me afecta directamente. Desde el 1 de enero los caballeros jedi de España tenemos prohibido encender las espadas en interiores, en un gran número de interiores. Como pasa siempre con los caballeros jedi, la prohibición viene del imperio, y el imperio sigue haciendo daño de mil maneras y no se da cuenta quizá de que con esta prohibición nos regala libertad. He estado en la calle hace un rato. Sin ser capaz de definirlo, en un momento he hecho un movimiento con E mi espada que a mí mismo me ha dejado tan asombrado que en parte me he reconocido como quien soy. La espada me ha salvado la vida miles de veces, y sé que con ella añado belleza y fe a la realidad. Y la prohibición me da libertad, pues los caballeros respetamos las leyes y nos reconocemos en la libertad compartida del aire libre. Tengo para mí que nuestro jefe, que lo es todo, nos ha puesto el sol y la primavera en el invierno de Madrid para que nuestra libertad de caballeros sea más fácil y más plácida. Los jedi sabemos y no sabemos lo que hacemos. Salvamos el mundo mi- les y millones de veces sin que nadie lo sepa, a menudo sin saberlo nosotros mismos. Y nuestra libertad está en gran parte en saber que el espíritu es el que da vida, que la carne no aprovecha para nada, que la enfermedad no existe y cuando parece que existe es solo fruto de una mentira asumida por todos como cierta, que la muerte no existe, que escribir la verdad nos hace libres. Y nuestras espadas, destinadas acaso a desaparecer en determinado tiempo de la faz de la Tierra, acaso, nos siguen recordando que hay vida más allá de lo tangible, y cuando vemos y reconocemos a un compañero con la espada encendida cobramos confianza de nuevo en la vida y en la libertad y en el único espíritu que somos todos, que somos todo. No os digo que la fuerza os acompañe: la fuerza lo es todo, y lo único necesario, o acaso ni siquiera necesario, es saberlo. Amén. hizo posible el replanteamiento de la estrategia de la Expedición y facilitó la consolidación de la frontera con el Brasil portugués. En 1762, tras una breve estancia en la península, Solano contrajo matrimonio con Rafaela Ortiz de Rozas, nacida en 1743 en Buenos Aires, donde su padre Domingo, honrado con el título de conde de poblaciones, era entonces capitán general. Su felicidad personal se completó al año siguiente con la concesión de un hábito de la orden de Santiago y- -en lo que constituyó una escalada política sin precedentes- -fue nombrado por Carlos III capitán general de Venezuela. Su gobierno es recordado como uno de los más fértiles del siglo, pues atendió al interés general y promovió el comercio y la agricultura. En 1771 entregó el mando a su sucesor y pasó a servir la Capitanía General de Santo Domingo. Allí puso en práctica la misma política ilustrada, de modo que impulsó sin vacilación el comercio, formó una junta de agricultores para favorecer el cultivo de caña de azúcar y tabaco, fundó una escuela de matemáticas, promovió la mejora de fortificaciones y edificios públicos y persiguió el contrabando y el juego ilegal. Los largos años de mando político en América, con el alejamiento forzoso de la Armada, motivaron a Solano a pedir en 1778 su reincorporación. Destinado inicialmente en El Ferrol, fue ascendido al año siguiente a jefe de escuadra y tras una estancia en Brest (Francia) pasó a Cádiz, donde se le asignó el mando del navío San Luis. En 1780 se le presentó la última gran oportunidad de su carrera y como de costumbre no la desaprovechó. En plena guerra de independencia norteamericana, Solano fue puesto al mando de una escuadra de guerra y recibió la orden de proteger un convoy de más de cien embarcaciones que debía pasar de la península a La Habana con socorros y tropas. Si su éxito garantizó el refuerzo de las Antillas españolas, en relación con la Florida alcanzó su instante de inmortalidad, pues en 1780 logró auxiliar a la expedición que sitiaba Pensacola (en español Panzacola) y ayudó a forzar la rendición de los británicos, decisiva en el alumbramiento de unos Estados Unidos independientes. Es importante señalar que la escuadra de Solano no fue exclusivamente una eficaz máquina militar; por directa instigación suya se abordaron importantes problemas cartográficos y completaron su formación varios miembros de una de las más destacadas generaciones de la marina ilustrada, como Federico Gravina o José de Mazarredo. A su retorno a España, Solano fue honrado con el título de marqués del Socorro y el ascenso a capitán general; a pesar de su avanzada edad, tuvo la responsabilidad del mando naval en diferentes ocasiones. Por fin, murió en Madrid en 1806 rodeado del aprecio de todos y con el sentido de la oportunidad que había presidido su vida. Pues dejó este mundo a tiempo de evitarse el sufrimiento de ver desaparecer la España atlántica, europea y americana, a la que tanto había servido.