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36 Madrid TENSIÓN EN VALLECAS EL PAPEL FUNDAMENTAL DEL MEDIADOR MARTES 4 4 2006 ABC Pedían que me fuera quitando la ropa para comprobar que no llevaba armas Dionisio Martín, el negociador policial, logró el final feliz del secuestro b Yo sabía que tenía que estar Últimos atracos 1- 3- 2006. Tres encapuchados roban a punta de pistola una saca con 80.000 euros de una sucursal del Santander. Encañonaron a los clientes y colocaron una falsa bomba en la puerta de la entidad, en Conde de Peñalver. 23- 1- 2006. Dos ladrones entran por una alcantarilla, hacen un butrón y roban un banco de Vallecas. Retuvieron a dos rehenes y se llevaron 10.000 euros. 4- 11- 2005. Tres atracadores hieren a un cliente en una caja de ahorros de Las Rozas y huyen con 100 euros. 14- 10- 2005. Un individuo irrumpe en un restaurante de comida rápida de Sol a la hora de la recaudación y toma 6 rehenes. La Policía abortó el atraco. 26- 5- 2004. Un joven rumano de 19 años mantiene retenidas a 32 personas durante 7 horas en un banco de Alcalá de Henares. Pidió un millón de euros y un helicóptero para huir. Los GEO detuvieron al joven. tranquilo para ganarme la confianza de los secuestradores. Había muchas vidas en juego asegura este experto policial M. I. SERRANO M. J. ÁLVAREZ Mi ánimo era tranquilo. Eso es lo que yo quería transmitir, pero ellos me pedían que me fuera quitando ropa de encima para comprobar que no llevaba armas Estas palabras, dichas dos horas después de que Dionisio Martín se jugara la vida, dejaron a más de uno, y de una, con los pelos de punta. Con un semblante relajado, mirada limpia y aspecto de saber muy bien lo que se hace, Dionisio Martín, inspector jefe y miembro del equipo de negociadores del Grupo 12 de Atracos de la Policía Nacional, explicaba así, a los medios de comunicación, su actuación en el atraco con rehenes que, muy poco antes, había acabado con final feliz gracias, diga lo que diga, a su entereza y a su profesionalidad. Porque fue él quien convenció a los dos delincuentes para que, primero, no hicieran daño a nadie; segundo, se entregasen sin mayores complicaciones. Dionisio sabía perfectamente que Julio M. C. y Miguel Ángel S. A. tenían un historial delictivo muy abultado por robos con violencia y por robos con fuerza. Sabía, también, que eran drogadictos y que podrían estar con un mono importante. Pero se mantuvo firme. Tan firme que recibió un pequeña regañina de su jefe, del mismísimo jefe superior de Policía, Enrique Barón, un poco reacio, al principio, a la entrada en escena de este experto negociador policial. A mí me daba un poco de reparo. No sabíamos muy bien en que situación se encontraban dentro reconocía, medio a escondidas, el propio Barón. dad aseguraba ayer, sin inmutarse, el negociador policial. Los minutos se hicieron eternos Nos pidieron heroína, un coche de gran cilindrada, tabaco y agua añade Dionisio Martín, que ya se ha visto en situaciones parecidas a la de ayer, según reconoció él mismo. La pretensión de los dos atracadores no era la de retener a nadie. Pero como la policía llegó tan rápido se vieron obligados a tomar rehenes. Dionisio nunca habla en singular. Lo hace en plural. Hablábamos con ellos. Con calma. Con tranquilidad. El objetivo era que depusieran su actitud y que no hubiera que lamentar víctimas. Queríamos que el hecho no se prolongara mucho Al final- -comenta el negociador policial- aceptaron mi confianza. Estuvimos ahí unos quince minutos. Quince minutos que se hicieron eternos, muy largos para todos ¿Y cómo se rindieron? ¿Qué pasó entonces? Pues nada, dejaron las armas- -una era de verdad; la otra, simulada- -encima de una silla Y ya está. Habían acabado más de tres hora de angustia. Punto y final... feliz. El negociador policial, Dionisio Martín, logró ayer que los dos secuestradores depusieran su actitud ANGEL DE ANTONIO Celo en los dedos Lo cierto es que Dionisio Martín logró conectar telefónicamente con los atracadores. Ellos, en principio, sólo iban a robar. Luego, todo se complicó. De hecho, ocultaban su cara y se habían puesto celo en los dedos para no dejar ninguna huella. Martín les convenció de que dejaran salir a tres mujeres. Sean ustedes unos caballeros les dije y me hicieron caso. A Dionisio le preocupaba que los dos delincuentes pudieran estar bajo los efectos de las drogas. Uno de ellos, el que llevaba una peluca, estaba más nervioso; el otro, más alto, parecía dialogante. Yo sabía que tenía que estar tranquilo para ganarme su confianza. Había muchas vidas en juego ¿Y la suya propia? Aunque ellos ocultasen sus rostros y no se dejaran ver muy bien yo tenía cobertura de mis compañeros desde el exterior. Eso seguro y me daba mucha tranquili- ENTRE ATRACADORES Y REHENES JOSÉ CABRERA Psiquiatra y criminólogo C ada vez que hay un atraco o asalto con rehenes se repite inexorablemente el mismo ritual: unos sujetos llevados de una necesidad de droga, dinero o notoriedad criminal utilizan la violencia como medio y amenazan la vida de empleados o transeúntes para conseguir sus fines. El ritual se escenifica en la realidad, se transmite por los medios de comunicación a todos los hogares y la opinión pública contempla una película que lejos de la ficción nos arranca miedo a lo imprevisible que conlleva el delito, y que a todos nos puede pasar. ¿Por qué el que atraca lo hace? Mil razones hay: una vida marginal, un afán de lucro inmediato, un riesgo que produce placer, una necesidad de drogas, desesperación... ¿Y cuáles son las consecuencias en los cautivos o rehenes? Miedo a la muerte o al daño, y todo ello de forma gratuita, ilícita, inesperada, y agresiva, en manos de los primeros, que por sí mismos son erráticos, imprevisibles y que casi siempre nada tienen que perder. Si las cosas acaban aceptablemente bien, los atracadores pasarán a la cárcel, que casi siempre ya conocen, y aquí paz y después gloria. Pero, ¿y los rehenes? Un vaso de agua, unos golpecitos en la espalda y la consabi- da frase: ya pasó todo todo ello en un mar de batas blancas, cruces rojas y flash de fotógrafos. Pero lamentablemente las cosas no acaban ahí. En una proporción muy elevada, un cautiverio como rehén en un atraco o secuestro genera una repercusión psíquica muy grave. Dicha repercusión se llama Trastorno por Estrés Postraumático que tardará meses en desaparecer, eso si desaparece, y esta condena exigirá tratamiento médico, psicológico, psiquiátrico y social. Así, mientras con el tiempo el atracador reinsertado abandona la prisión, la víctima, la gran olvidada seguirá muchas veces tomando su antidepresivo o su hipnótico para dormir, y arrastrará alguna que otra fobia de por vida. ¿Es esto justo? No, pero es la vida misma. Ojalá no nos toque esta lotería.