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ABC MARTES 4 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL SÚPER L LA CALLE NO ES SOBERANA ILLEPIN yerra el cálculo político, a Chirac le falla el patriarcalismo presidencial y queda Sarkozy, en el retén de guardia, para negociar lo que un gobierno no siempre puede negociar. Por parte del Gobierno de Francia, la retirada del CPE -contrato de primer trabajo, ya modificado significativamente- -sería conceder que las leyes promulgadas por la legitimidad democrática pueden perecer ante tumultos convocados por teléfono móvil. Las calles están ahí para que el ciudadano ande tranquilo y se manifieste en su momento, pero no para derrocar leyes entre coches incendiados. Por una vez que una tímida ley reformista busca generar puestos de trabajo en Francia, la reacción- -reaccionaria- -es de una desproporción bastante convulsa. Imbuidos por la idea de ingresar de gratis y paradisíacamente en la vida real, los jóvenes premian el inmovilismo laboral y se niegan a sí mismos las VALENTÍ oportunidades de una reforma. En busPUIG ca de la gratificación inmediata, dan por impracticable la vía de avanzar por fases, esfuerzo tras esfuerzo. Paradójicamente, es una juventud alborotadora, pero con inercia de statu quo porque la flexibilización del mercado de trabajo es una oportunidad y no un cepo como se ha visto en los países que han actuado a tiempo. Una juventud hiper- protegida salta a la calle cuando capta un asomo de lo que son las dificultades de la existencia concreta y por un absolutismo moral propio de la adolescencia se resiste a comprender que ahí fuera, en el mundo del trabajo y de la competencia, tiene mucho peso la tesis del mal menor: es mejor un contrato precario que no tener trabajo, es mejor aprender trabajando que vivir en la inopia. Luego aparecen los sindicatos- -con tan bajos índices de afiliación- -y los grupos violentos de la galaxia antisistema. No sería la primera vez que Jacques Chirac cede el paso a la reivindicación en las calles. Añádase como marca de fábrica la caren- V cia de sentido del tempo por parte del primer ministro Villepin. La suma de todo es el encrespamiento, el caos en la plaza pública, el derecho a manifestarse degenerado en la turbia imposición de la calle como soberanía. No pocas constituciones nacionales y declaraciones universales de derechos, al enunciar el derecho a la manifestación, precisan que sea pacífica Otra cosa es el síndrome de la toma de Bastilla, muy distinto al derecho de manifestación, como la toma del Palacio de Invierno. De esos riesgos nadie anda libre en Europa. El proceso de infantilismo de las opiniones públicas es arrollador. A este paso será el izquierdismo regresivo la causa de la consunción del Estado de bienestar, y no la política dietética que pretende aplicar el liberalismo sui generis del centro- derecha. En general, la sociedad francesa es refractaria al liberalismo. Fue poco liberal la Revolución Francesa, al contrario de la que en 1688 habían hecho los ingleses. Más madera para la escuela declinista que lleva un tiempo advirtiendo que Francia necesita de reformas que no sean simple microcirugía. Es todo muy lacerante para un país de tanta riqueza y de tanta Historia. Contribuye a la impresión de caída un sistema mediático a menudo desatento a la información y propenso a la complicidad con cierta revolución pendiente. De Gaulle sabía mucho de estas cosas. También son situaciones que se contagian si no se actúa con inteligencia política y determinación de buen gobierno. Para la conciencia pública, pocos trances hay más erosivos que sentirse un país ingobernable. Con motivo de sus ochenta años, J. F. Revel- ¡Felicidades, maestro! -declara en Le Point que la retórica antiliberal en Francia es de tal magnitud que no podría excluirse que en las próximas elecciones presidenciales la segunda vuelta tuviese que decidirse entre José Bové- -líder de los agricultores super- subvencionados y antiglobalización- -y el populismo de Le Pen. Gran fracaso para la política. Caída en picado del sistema de representación. Tema muy idóneo para Tocqueville. vpuig abc. es OS anuncios de ofertas suelen traer en tipografía liliputiense unas cláusulas restrictivas para evitar que los más listos se cuelen por las rendijas del abuso. El Gobierno ha abierto en Cataluña las rebajas estatutarias sin incluir la letra pequeña, y ya ha empezado la cola de los que quieren acogerse al saldo de la identidad nacional. Los valencianos han metido la cláusula Camps, que es una especie de carta a los Reyes Magos; los andaluces discuten la fórmula Clavero que viene a ser como la cuadratura del círculo, y los canarios han pedido directamente el rango de nación, alegando que su hecho diferencial se llama océano Atlántico y viene pintado de azul en los mapas, salvo uno que tiene en su despacho Mohamed VI, que trae de amarillo a las isIGNACIO las, a Marruecos y a CeuCAMACHO ta y Melilla, por el momento las dos únicas autonomías que sólo quieren seguir siendo España. Hasta La Rioja está preparando un menú de competencias según la carta del afamado chef Pasqual Maragall, por más que en este caso antes que en una nación haya que pensar en denominación de origen. El citado Maragall me dijo en noviembre que en España había tres naciones seguras y una probable. Como las seguras eran Cataluña, Galicia y el País Vasco, yo pensé que la probable era Andalucía, pero ahora me ha entrado una seria duda: igual el Honorable se refería a España, reducida a una mera probabilidad en esta demencial diáspora centrífuga que ha provocado la osada irresponsabilidad de Zapatero. Los nacionalistas canarios se sienten imbuidos de certeza, aunque su convicción se deriva más bien de que el Gobierno necesita los votos de la coalición isleña para tener mayoría en el Congreso. Al final, el rango de nación no va a depender de una cuestión política, ni sociológica, ni siquiera sentimental, sino de un mero cálculo aritmético. La asimetría autonómica estaba, ciertamente, en la Constitución, que habla de naciones y regiones, pero Andalucía se sintió disconforme y rompió la baraja echándose a la calle en busca del comodín. Lo encontró en un convulso referéndum y aquella improvisada rebelión tuvo efectos muy constructivos: permitió equilibrar la cohesión e instalar un mecanismo razonable de equilibrios territoriales y socioeconómicos. Ahora no está tan claro que esa misma dinámica lleve a alguna parte, como no sea a la disolución práctica del Estado. De lo poco que queda del Estado, que es exactamente un 19 por ciento del presupuesto... antes del Estatuto de Cataluña. Cuando se aprobó el de Valencia le oí a un moderno prócer del PP un símil de lo más gráfico. Nos sentimos- -me confesó- -como si hubieran cerrado el supermercado y nos hubiesen dejado dentro con el carrito de competencias lleno No se puede decir más claro. El problema consiste en que los que se han quedado fuera están plantados en la puerta esperando que vuelva a abrirse para vaciar las estanterías. Sólo que ese súper se llama España y no repone las mercancías agotadas.