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ABC LUNES 3 4 2006 Sociedad EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE KAROL WOJTYLA ACTOS EN EL MUNDO 53 Portugal Francia México Miles de fieles le recuerdan en Fátima En el Santuario de Fátima, los actos comenzaron el sábado por la noche, con un rosario al que acudieron más de 1.500 personas. Y fue seguido por una eucaristía el domingo, en la que participaron numerosos enfermos. El santuario mariano recordó la figura del Papa, que visiblemente sufridor, nunca abandonó su cruz Lourdes elevó sus plegarias El ex soberano Pontífice fue evocado en las plegarias por los difuntos de todas las misas del domingo celebradas en Lourdes, al sur del país. En Bélgica las homilías dominicales también evocaron la figura del papa difunto. En otros puntos de Europa, como en Munich (Alemania) también se celebraron misas solemnes. Guadalupe miró hacia el sol Cientos de miles de fieles se congregaron en la basílica de la Virgen de Guadalupe para recordar a Juan Pablo II. Algunos portaron espejos para reflejar la luz del sol, como si estuvieran enviando amor al Pontífice. El arzobispo Norberto Rivera, cardenal de Ciudad de México, dijo que Karol Wojtyla había sido enviado como un gran regalo EL PAPA QUE HABÍA LLEGADO DEL FRÍO VALENTÍ PUIG EPA as sentencias de muerte del juicio de Nuremberg se estaban ejecutando cuando un joven Karol Wojtyla viajó por primera vez a Roma en 1946. Los escombros de más de tres millones de edificios eran el paisaje postbélico de Europa. Casi sesenta años después de aquella primera visita, Wojtyla moría como Juan Pablo II en la Roma de Silvio Berlusconi, en la Italia con más teléfonos móviles que habitantes. Ciao Karol tituló un periódico romano. Roma sentía a Karol Wojtyla como uno de los suyos. Así le despidió mientras llegaban sin cesar peregrinos de cada confín de un mundo confuso y dislocado. Atentos todos a la agonía del Santo Padre, aquella noche en el programa Porta a porta de Bruno Vespa en la RAI se hablaba del hombre que había llegado del frío. Bruno Vespa orquestaba magistralmente la tertulia. Le llamaron, hizo un aparte y fue el primero que, con voz quebrada, dijo: El Papa ha muerto Iban a sonar las campanas de Roma. Quedaba más apagado el chirrido de los tranvías, dormitaban espesamente los gatos romanos. Los periodistas llamaban a sus redacciones, las buenas gentes rezaban en la Plaza de San Pedro y el Vaticano activaba de inmediato la sagrada maquinaria de despedida y proceso sucesorio. Al ver el pesar de los jóvenes, las filas en espera de confesión en la Via Della Consolazione, al oír el comentario contenido y dolido, pudimos pensar que la voz de Juan Pablo II había vencido para siempre más allá de la muerte, como se respiraba aquella noche en Roma, al decir: ¡No tengáis miedo! Aquella noche y en los días siguientes, no hubo miedo ante la Silla vacía de Pedro. Roma infundía una peculiar confianza aún en la pena por el Papa ido, como si hubiese arraigado para siempre la intención de no aceptar nada como amor que no tenga verdad En realidad aquella noche regresa a la memoria del espectador como la recomposición a posteriori de un caleidoscopio. Gestos, rostros, miradas: la abigarrada masa en la Plaza de San Pedro y aledaños, compacta y a la vez heterógeneamente concentrada en un adiós vital. Era una humanidad aseteada por innumerables cámaras de televisión que trasmitían al mundo una noticia que fundía el hervor de San Pedro y los hogares más remotos en una L suerte de comunidad mediática. Con pedantería seguramente impropia del lugar y la hora, uno podía pensar que Marshall McLuhan solía prever esas cosas: la aldea global, la fe compartida católicamente, el universo simultáneo de la noticia y su acontecer, en tiempo real, la muerte de un Papa online Roma era un murmullo de plegarias por la muerte del Papa y por el azar del mundo. Se quedaba uno en una esquina, viendo desfilar mansamente a cientos de miles de seres humanos que iban a soportar la inclemencia nocturna y luego el sol acuciante, con sus mochilas, sus botellas de agua mineral, sus arrugas y sus anorexias, sus lenguas y sus razas. Todavía era más asombroso que al momento millones de seres humanos vieran en sus casas la escena de Roma y la estuvieran compartiendo en efusión directa. Asomado a Roma, el profeta McLuhan constataría que el papel del Papa es más importante que nunca antes como actor en la escena del teatro global Como pastor de almas, Wojtyla había entendido eso como nadie: había inaugurado la civilización vídeocristiana, el mensaje evangélico global. Ya nunca más podrían de- Como pastor de almas, Karol Wojtyla había inaugurado la civilización vídeocristiana cir los Beatles que sabían convocar a más gente que un Papa. La verdad telemática era aquella noche la misma que hacía avanzar a la gente paso a paso, sin saber si la basílica estaría abierta. Por una noche, la televisión no era el dominio exclusivo de los falsos ídolos. Millones de jóvenes habían acudido a su llamada, y por millares acudían a su velatorio en Roma. Bernini había construido su gran escenario vaticano para eso, para un siglo XXI y para el adiós multitudinario a un Papa como Juan Pablo II. Un cántico entrecortado sobrevolaba la densa cola de peregrinos. Aquella noche todos los trenes de Europa llevaban a Roma. Las horas eran un largo convoy de fe y de pesadumbre. Si en Roma, en toda Italia, la importancia del espectáculo es fundamental, aquella noche el mundo se sumaba a los romanos para una representación que orillaba todo escepticismo. Podía el espectador someterse casi por obligación a la sospecha de que el vasto hormigueo en San Pedro fuese el apéndice de una suerte de turismo pero eso iba a durar, a mantenerse en su cauce, iba a sostenerse bajo la luz diurna ya avituallado por el comercio improvisado de sombrillas, naranjas de pulpa sangrienta, helados y los primeros recordatorios- -toscos, como pintura naif -del Papa fallecido. Por la noche, al regresar a sus hoteles y pensiones, a tantos alojamientos improvisados, los peregrinos de Wojtyla pasaban bajo la mirada sabia de un viejo romano acodado en la baranda de su casa. E polaco! habían exclamado los más perspicaces, en octubre de 1978, cuando Karol Wojtyla, elegido Papa, asomó por primera vez a la Plaza de San Pedro. Al final de su largo pontificado, el hombre del balcón le despedía como romano para siempre.