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ABC LUNES 3 4 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA AMNISTÍA C GARDUÑAS DEL LADRILLO IENE su gracia cetrina, entre la picaresca más sórdida y el esperpento despepitado, este episodio marbellí de alguaciles guripas y garduñas del ladrillo. Ese Juan Antonio Roca, gran almojarife del latrocinio, habría merecido los sarcasmos de un Quevedo que contase su vida y milagros. La alcaldesa Marisol Yagüe, la del culo gurruño, y la vicealcaldesa Isabel García Marcos, la de los labios tolondros, bien podrían compararse con aquellas garridas mozas que paseaban su desenfado y sus afeites por el patio de Monipodio. Y, en fin, tan infame academia reclama un cronista que moje la pluma en sangre y la use a modo de aguijón, pinchando las bubas de su purulencia. Pero, como ayer afirmaba un editorial de este periódico, pecaríamos de ingenuidad si pensáramos que las trapisondas de Marbella constituyen una excepción en el vapuleado solar patrio, convertiJUAN MANUEL do en golosina de especuladores y DE PRADA paraíso del expolio urbanístico. Basta reparar en cualquier pueblo del litoral mediterráneo para tropezarse con la plaga del cemento: un paisaje de grúas oteando el horizonte y urbanizaciones como colmenas repetidas obstruye la contemplación del mar. Allá donde se ponen los ojos, uno no encuentra sino testimonios de la capacidad del dinero para crear una fealdad indeleble. La pesadilla del adosado se ha extendido también en el interior; y donde antaño hubo bosques y espesuras, valles nemorosos y oteros donde asomaba el ciervo vulnerado, hoy vomita su hartazgo satisfecho el ladrillo. ¿Hasta cuándo durará tanto desmán? Haría falta, en primer lugar, un nuevo régimen fiscal que limitara las subidas del precio de la vivienda y frenara las plusvalías desorbitadas que generan las recalificaciones del suelo. Y haría falta, sobre todo, remediar la asfixia financiera de los municipios, que acostumbrados a sobrevivir con T las migajas del festín autonómico, han hallado en las competencias de urbanismo el único desahogo para su maltrecha economía. Mientras el presupuesto de las comunidades autónomas engorda hasta extremos de obesidad mórbida, los municipios han de conformarse con extraer recursos de la gestión del territorio; y así han entrado en una dinámica de abastecimiento de las arcas que se sostiene casi únicamente sobre la concesión de licencias urbanísticas. Con la excusa de allegar dinero, los ayuntamientos están depredando la naturaleza, auspiciando un turismo rapaz y alentando movimientos demográficos que acabarán provocando problemas muy serios de abastecimiento. No es de extrañar que, allá donde campa la voracidad urbanística, acaben floreciendo gatuperios como el marbellí. Entretanto, indiferentes o cobardes, los sucesivos gobiernos han vuelto la espalda a esta tropelía. La economía española crece con insensatez sobre el artificio de la especulación inmobiliaria, convertida ya en un carrusel de vértigo. Detener a estas alturas ese carrusel exige muchas agallas, es cierto; si mañana se estancara el precio de la vivienda (pero quizá convenga que se estanque, antes de que se derrumbe aparatosamente, como ocurrió en Japón, conduciéndonos a la ruina) tendríamos que apretarnos el cinturón y muy probablemente se dispararían los índices de paro, sobre todo entre la masa de inmigrantes que se emplea en la construcción. Pero mientras ese carrusel siga girando, ensimismado en su frenesí, episodios como el de Marbella no harán sino multiplicarse: inversores opacos, funcionarios corruptos y ayuntamientos ansiosos de allegar recursos seguirán formando una mezcla explosiva, hasta convertir España entera en un infierno con vocación de escombrera. Antes que regodearnos en la gracia cetrina del episodio marbellí, convendría detener, antes de que sea demasiado tarde, a las garduñas del ladrillo. OMO Zapatero se ha metido de lleno en la Segunda Transición, ya le han salido los batasunos a las calles pidiendo amnistía. Y no le piden estatuto de autonomía porque a los coleguis de Otegi eso les parece poco, y además ya lo tienen; si acaso, podrían pedir independencia, que rima con clemencia, o autodeterminación, que rima con perdón. La tercera pata del viejo canto de cuando éramos jóvenes era la libertad. Una libertad política y civil, para todos, no la que reclaman los proetarras para sus presos. La libertad que pedíamos en la Transición era, es, la que el terrorismo les ha quitado a la mitad de los vascos y a numerosos ciudadanos de toda España. Y eso se ve que ahora no cuenta. Habrá que ver si cuenIGNACIO ta la clara voluntad poCAMACHO pular de no ceder en materia penal. El principal problema que va a tener el Gobierno en el proceso que ha emprendido es el de manejar las contrapartidas que los etarras le van a pedir por cada gesto. Ni siquiera Zapatero está dispuesto a jugarse en ese envite la mayoría que persigue con su maniobra de acercamiento, y a la que las encuestas le aproximan tras estas semanas de euforia. Las euforias en política son volátiles, y una de las maneras más rápidas de volatilizar ésta es conceder medidas de gracia para los presos de la ETA. Por ahí no van a pasar los ciudadanos... de momento. Ahora mismo hay españoles que creen que la negociación con ETA va a salir bien, y otros que se muestran pesimistas, pero casi todos coinciden en que de indulto, nada. Ha habido demasiada sangre, demasiado dolor, y demasiada chulería criminal para ver en la calle a los que brindaban con champán en la cárcel tras cada atentado. Otra cosa será lo que nuestros compatriotas estén dispuestos a aceptar, si ETA se desarma y se disuelve, respecto a los presos menos involucrados en el baño de horror de las últimas décadas. Ahí cabe el pesimismo: podemos terminar viendo a varios centenares de Cándidos Aspiazu cruzándose con los familiares de las víctimas, y hasta beneficiándose de subvenciones públicas para montar algún negocio con el que reinsertarse Y luego está el acercamiento: ése empezará ya pronto, tiempo al tiempo, pero al menos es reversible. En el Ulster, con el que tanto y tan incorrectamente se compara ahora este proceso, muchos presos han acabado en sus casas y con pulseritas de control, aunque el Estado se reservó el derecho de volverlos a enchironar por decreto si se torcían las cosas. Aun así, ha sido cuestión de siete años. Consta por el propio ministro que Justicia tiene copia de los papeles de ese acuerdo, y del caso de Italia con las Brigadas Rojas, y que los han estudiado. Este asunto de la paz sin guerra, aunque salga bien- -hablando en términos pragmáticos, que no morales- va a revolver muchas tripas. Yo, por lo pronto, voy a pedirle a mi farmacéutico que no me falte el antiácido.