Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 2 4 2006 Sociedad 53 EN EL PRIMER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE KAROL WOJTYLA Realmente JP 2- -como lo escriben los adolescentes- -no se ha ido, tal vez del Vaticano sí pero de Polonia no Polonia, un año sola TEXTO: RAMIRO VILLAPADIERNA ENVIADO ESPECIAL VARSOVIA. Ha pasado un año desde que a Polonia se le heló la sangre del vértigo, cuando aquel tañir anunció el fin de una era. ¿Lo sería también de una Polonia capital cristiana del mundo? Se echa hoy pie a tierra y hasta el periódico de la moderna Polonia, Gazeta Wyborcza, reza a toda portada: Volvemos a él bajo una foto de Karol Wojtyla. Se decía que todo se desplomaría a su muerte, que la gente era más juanpablista que cristiana recuerda en su oficina de Cracovia Adam Boniecki, el director del gran semanario intelectual cristiano Tygodnik Powszechny, y viejo amigo del Pontífice. Pero un año después se ve que los 27 años de papado polonés han dejado aquí un vínculo profundo con Roma con Europa y el Occidente. Los polacos nunca habían viajado a Roma, anota la revista Ozon, pero ahora siguen yendo, como cuando iban a ver a JP 2 el Papa que, como dijo ayer Plácido Domingo a este diario, supo hacerse joven con los jóvenes y darles un ideal Ahora es ya tradición: Van a encontrar a dos Papas Benedicto XVI es visto casi con más afecto en Polonia que en su natal Alemania y esto sí es realmente el primer milagro: que los polacos coreen a un sucesor alemán. Marcin Przeciszewski, director de la agencia de noticias católica KAI, dice que los jóvenes pre- paran ya pancartas para la llegada en mayo de B 16 que rezan también nuestro Santo Padre ¿Nada ha cambiado? Hay un romanticismo desmedido en los polacos, cuidado con creer todo lo que ve dice una veterana observadora extranjera. El envite de una sociedad muy joven y poco aburguesada, tradicional pero rebeldemente cristiana es estudiado por los sociólogos. El particularismo polaco se hace sentir ya en Europa, pero también alimenta especificidades pueblerinas, llegando a sumar tendencias proto y neo conservadoras. Algunos politólogos creen que el halo de virtud que unió a los polacos tras la muerte de JP 2 propició la victoria conservadora meses después, afirma Przeciszewski: En aquel vacío la gente encontró un programa de unión en torno a valores positivos Pero la veterana analista Kolarska- Bobinska rechaza esa lógica: La corrupción y mala gestión había sentenciado ya a los socialistas de hecho no hay giro hacia valores conservadores Una mujer polaca reza arrodillada en Wadowice, hace hoy un año que muchos de ellos lo han probado ya dice el semanario Ozon, aparcan sus necesidades hasta la definitiva Así lo afirman universitarios como Ania, Mariusz, Wanda y Julia, que salían ayer del cine. Muchachas modernillas y tíos callejeros con atuendo hip hop salen conmocionados de ver a Jon Voight interpretando a JP 2 en la película de su vida. Su aspecto traiciona sus respuestas sobre el Papa difunto: Pasé mucho tiempo AFP La moda del abstencionismo sexual Polonia siempre fue muy activa sexualmente, entre las propias sociedades del Este, pero las últimas encuestas han reducido la edad de iniciación a los 16 años; paralelamente un nuevo abstencionismo sexual es moda entre muchos adolescentes: aun- triste pero ya no. Antes sabía que estaba, ahora lo siento dice Marta Popinska (20) Sergiusz sugiere que su muerte me enseñó más que su pontificado. Nunca se me borrará Ayer la embajadora italiana dijo, presentando el concierto de homenaje de Plácido Domingo, que ese Papa nos enseñó a todos a morir y Domingo dijo a ABC que lo que ha cambiado es que hoy no rezaremos por él, sino a él. Para que no olvide este mundo JUAN MANUEL DE PRADA LA FUERZA DEL ESPÍRITU H ace ahora un año el universo suspendía la respiración, conmovido ante la noticia: Juan Pablo II había entregado su hálito. Aquel viejo disminuido, tembloroso de parkinson y casi inválido, con la voz adelgazada hasta el susurro había encarnado, mientras duró su estancia entre nosotros, la más bella estampa de la Verdad; y hoy, cuando ya la contempla, se erige en ejemplo para todos los que anhelamos alcanzarla. Aquel hombre, a un tiempo demolido e invicto, que mantenía una lucha encarnizada con su propia decrepitud, llevaba escrito en sus arrugas y cicatrices todo un tratado de teología: Dios mismo lo habitaba, Dios mismo le inspiraba aquella donación sufriente, Dios mismo quería mostrar al mundo a través de aquel Papa dispuesto a morir con las sandalias puestas cuál era la exacta medida del amor cristiano, que se entrega hasta calcinarse. Juan Pablo II, al inmolarse de aquel modo extraordinariamente generoso, quiso como Jesús estar al lado de los que sufren, quiso demostrarnos también que, bajo el barro fragilísimo que modela nuestra envoltura carnal, alienta la piedra del espíritu, que no admite claudicaciones. El papado oceánico de Juan Pablo II, demasiado fecundo para compendiarlo en unas pocas líneas sin incurrir en la simplificación o la banalidad, sólo se entiende desde la fortaleza del espíritu. El niño que se quedó huérfano, el joven que contempló los horrores del nazismo e ingresó en la edad adulta mientras el pueblo polaco era sometido a otra tiranía igualmente atroz- -el comunismo- -fue cincelando ese espí- ritu en la contrariedad, también en la convicción de que el hombre puede vencerla si se entrega a una fuerza más poderosa que el mero declinar de su naturaleza. Esa fuerza reside en el espíritu; su inspiración es divina, aunque se exprese de forma humanísima y doliente. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su envoltura carnal, el sacrificio de Juan Pablo II resulta ininteligible; de ahí que la lealtad numantina a su misión- -aun cuando la enfermedad lo había reducido a un gurruño de carne doliente- -provocara desconcierto, perplejidad o incluso enojo entre quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos. Toda la ingente labor apostólica y pastoral de Juan Pablo II se resume, a la postre, en un mensaje liberatorio que exhorta al hombre a superar, mediante una identificación plena con Cristo, las plurales tiranías que pretenden sojuzgar su espíritu. Algunas décadas atrás, en la Conferencia de Postdam, el matarife Stalin había empleado la sorna para preguntar: ¿Cuántas divisiones tiene el Papa? La respuesta, que seguramente es- cuchó desde las simas del infierno, se la brindó Juan Pablo II, derribando aquella ideología genocida o charcutería industrial que Stalin había encarnado. Fue la suya una victoria del espíritu, que no requiere divisiones militares, sobre los tanques y los trituradores de almas que los conducen: una victoria de la dignidad humana sobre quienes anhelan destruirla. El joven Wojtyla descubrió un día el rostro de Cristo en el rostro de cada hombre que sufre; y desde entonces, sin otro estandarte que Cristo, empleó sus esfuerzos en la propagación de un mensaje que, trascendiendo la condición perecedera de la carne, proclamara la dignidad inviolable de cada persona- -desde el instante mismo de su concepción hasta el de su muerte natural- como recipiente privilegiado de Dios que se dona el prójimo, en un ejercicio de amor sin reservas. Hoy, unido a la muchedumbre celestial, aquel hombre robusto que poco a poco se fue arrugando, encorvando, consumiendo ante nuestros ojos, como una llama que se resiste a declinar su llama, el Papa Wojtyla, Juan Pablo el Grande, sigue alumbrando nuestra andadura por la tierra.