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8- 9 D 7 LOS DOMINGOS DE La Reina bebe agua en la visita a un pueblo, ante la sonrisa del Rey Pablo Doña Federica, entre sus hijas Sofía y Ana María, con sus primeros nietos, en Madrid (1965) A la izquierda, viaje oficial a Francia (1956) por todas aquellas fases hasta el momento en que nace como un ser humano perfecto. Del mismo modo nosotros hemos de pasar por muchas fases hasta convertirnos en un ser perfecto. Mi familia nunca creyó en el Demonio ni en el infierno. Tampoco creo yo que exista una fuerza del mal Sólo existe el no conocimiento del bien la Omnipotencia no puede estar limitada por el no conocimiento de la omnipotencia Un día esta idea sorprendió a un miembro del cuerpo diplomático extranjero, y tuvimos una larga conversación sobre ella. Era un hombre profundamente religioso en un estricto sentido dogmático y me divirtió defendiendo con gran convicción la existencia del Demonio, como si fuera su abogado. Era una persona buenísima y encantadora, pero estaba tan contrariada que se volvió hacia mi hijo, quien sólo tenía doce años, y le dijo: Príncipe Constantino, si no hay infierno, ¿adónde irán los malos cuando se mueran? A Palo y a mí nos encantó la rápida respuesta de Tino: También irán al Cielo, pero con un corazón más pesado A medida que se iban haciendo mayores, nuestros hijos eran una inmensa ayuda para nosotros. Sofía e Irene se hicieron cargo de muchas de mis obligaciones y recorrían el país de punta a punta para visitar los pueblos más alejados y demostrando a sus habitantes que no les olvidábamos No se trataba de cumplir una obligación protocolaria sino de prestar un servicio con toda el alma. Todos nuestros hijos aprendieron desde la niñez a sobreponerse a sus debilidades. Esto no se consigue más que a fuerza de sufrimientos. Lo sabían y no les asustaba. Hoy tienen una libertad interior que nada ni nadie puede destruir desde fuera. reo firmemente que si a los jóvenes se les educa debidamente para comprender sus responsabilidades frente a los demás, pueden llegar a a ser miembros útiles de nuestra sociedad desde una edad temprana. No quiero decir con esto que necesiten una educación costosa y por tanto minoritaria; quiero decir una educación en el arte del areti griego. La educación encaminada a adquirir un grado de excelencia no puede limitarse a unos pocos: un rey debe alcanzarlo en su reinado y lo mismo un campesino en el cuidado de sus tierras y un obrero en el trabajo realizado con sus manos. El lugar en que la vida nos haya colocado carece de importancia. Lo que hace al hombre aristócrata o proletario espiritual es la manera de entender y expresar ese grado de excelencia. des risas que se trataría de una mariposa. Hace poco tiempo, mi nieta Alexia me dijo que por la noche se levantó de la cama, miró por la ventana del dormitorio y vio a muchas hadas bailando sobre la hierba a la luz de la luna. Es posible que Alexia lo hubiera soñado. Los niños viven en un mundo de poesía en el que la lógica no destruye la belleza y donde la imaginación romántica es una vívida experiencia. tragedias de este mundo. Dos semanas de cariño y de cuidados bastaban para devolver la alegría a sus vidas. En cierta ocasión, Sofía estaba sentada en mi regazo. Frente a nosotras, Palo leía un periódico. ¿Sabes una cosa, mamá? -me preguntó- ¡Qué me parece que tenemos el papá más guapo del mundo! No pude ver la cara de Palo. No hizo comentario alguno, pero el periódico tembló en sus manos. ¿De risa o de emoción? Nunca me lo dijo. L a mayor pena que he sentido en mi vida ha sido ver a algunos niños que no sabían sonreír y cuyos sueños se habían convertido en pesadillas por culpa de las personas mayores. Llegaban a nuestros hogares como si fuesen ancianos, mucho más serios de lo que a su edad correspondía, mucho más patéticos que todas las U na tarde, los tres niños entraron en mi habitación, y en seguida me di cuenta de que tenían un problema. Mamá, el pope nos ha dicho que Dios sopló sobre un trozo de barro y creó al primer hombre. Luego le quitó una costilla, con la que creó a su mujer, y todos somos hijos suyos. Pero el profesor dice que descendemos del mono. ¿Cuál de los dos dice la verdad? Como era una pregunta bastante peliaguda, en vez de contestarla, les pregunté qué opinaban ellos. ¡Qué descendemos del mono! contestaron. Esto no era precisamente un cumplido para sus padres y sus antepasados, por lo que sentí la necesidad de darles una explicación. Les dije cómo la vida había evolucionado desde el mar Les dije que la humanidad había atravesado todas aquellas fases en el pasado, pero que realmente nunca fuimos un pez, un reptil o un mono. Podemos no ser lo que ahora parecemos, pero todavía hemos de evolucionar para parecernos más a Dios. Una parte de Dios está dentro de nosotros y debemos desear ser cada vez más imagen suya. En nueve meses una criatura dentro del seno de su madre pasa C