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ABC VIERNES 31 3 2006 11 Los diputados socialistas críticos con el estatuto, veteranos y guerristas, acataron la disciplina de grupo, entre aplausos de sus compañeros y abucheos del PP Entre el escaño y la conciencia ÁNGEL COLLADO MADRID. La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación Española, patria común e indivisible de todos los españoles (art. 2) El parlamento de Cataluña... ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación. La Constitución española, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como nacionalidad (preámbulo del nuevo Estatuto catalán) El grupo parlamentario socialista admitió ayer con la disciplina prevista que entre esos dos artículos no hay contradicciones. Y sus diputados se retrataron, algunos con cierta vergüenza- -veteranos y partidarios de Alfonso Guerra- cuando desde su escaño decían el sí entre los aplausos de la mayoría de sus compañeros que les agradecían que no votaran en conciencia o en consecuencia con lo que defendían hasta hace pocos días. El Congreso dio el paso decisivo para otorgar el título de nación a Cataluña, un gran éxito celebrado por los nacionalistas y un desastre para el PP, el principio del fin de la España constitucional. Para el guión oficial del PSOE era una mera profundización del modelo autonómico que su jefe, Rodríguez Zapatero, no se molestó en defender. Los diputados de las provincias controladas por dirigentes regiona- Zapatero no asistió a gran parte del debate, incluida la primera intervención de Rajoy EFE EL PRESIDENTE MUDO MIQUEL PORTA PERALES odríguez Zapatero no tiene ideología, sino olfato. Y como tiene olfato sabe cómo actuar en cada momento. Ayer, su silencio fue elocuente. Y transparente. Rodríguez Zapatero no engaña. Ni cuando lo pretende. Ayer supimos qué esconde esa máscara de diálogo y talante, esa sonrisa de anuncio, esa mirada circunfleja. Pero no desvelemos todavía el misterio. Sabemos que tiene olfato. Lo ha demostrado al apostar por causas previamente ganadas como la paz y el matrimonio homosexual; también, tras un cálculo de coste y beneficio, impulsando y aprobando, como sea R un Estatuto de Cataluña que le reportará réditos políticos y electorales. ¿Que el Estatuto reconoce el carácter nacional de Cataluña y apela a los derechos históricos de Cataluña? ¿Que el Estatuto amenaza la solidaridad interregional? ¿Que el Estatuto establece derechos propios para los catalanes, contempla la existencia de competencias exclusivas de Cataluña, impone el uso de la denominada lengua propia de Cataluña, y sienta las bases de un poder judicial catalán? ¿Que el Estatuto implica un cambio de modelo de Estado en que Cataluña y España mantienen relaciones bilaterales? ¿Que el Estatuto hace de España una nación desglosada con un Estado ausente sin competencias en parte de su territorio? Todo eso tanto da. Lo importante son las alianzas políticas que Rodríguez Zapatero se asegura al aprobar el Estatuto. Y, sobre todo, el mantenimiento del poder. Llega el momento de desenmascarar al presidente mudo. No hay misterio. Zapatero- -que aparece con casi cuatro horas de retraso en el Congreso: ¿sería sancionado por absentismo según la futura ley del funcionariado? -no interviene en el debate, porque su olfato le dice que no debe arriesgarse en un cuerpo a cuerpo con la oposición, que el vigilante jurado de la legalidad democrática debe observar calladamente. Pero ese silencio estudiado y circunspecto resulta previsible y provoca la sonrisa. Recuerda el de Groucho Marx en Sopa de ganso que después de pensar durante unos instantes con el puro en la boca, desde su trono de jefe de Estado de ese país de jauja llamado Freedonia, nombra a Chico secretario de Estado. Un despropósito. Como el Estatuto. les del PSOE o ministros que habían criticado la aceptación legal del principio nacionalista- -Bono, Ibarra, Vázquez, Guerra, Simancas y Chaves al principio- -e incluso asegurado que dejarían el cargo en el Gobierno votaron exactamente igual que los incondicionales de Zapatero y los del PSC, de Maragall y de Montilla. La iniciativa del PP de exigir votación nominal no pretendía buscar indisciplinas- -para eso está la secreta- -pero sí ver cómo se pronunciaba cada uno. Y dio aliciente al acto. El primero que creó expectación fue José Acosta, antiguo jefe del sector guerrista en la Federación Socialista Madrileña. Dijo un pues, sí para pasar el trago y se sentó mientras los parlamentarios del PP hacían públicas expresiones de irónica decepción. Luego siguieron José María Benegas con parecido eco y Francisco Fernández Marugán, que fue al que más le costó que se le oyera el sí Ante los apuros de los críticos socialistas con el Estatuto- -en términos intelectuales- -los diputados del PP se animaron a continuar con sus semi abucheos y los del PSOE a prorrumpir en aplausos cada vez que un guerrista era nombrado. Sobre alguno de los diputados más curtidos había duda de que acudiera a votar. Pero ni Joaquín Leguina se ausentó, aunque musitó el monosílabo con desgana. Guerra era el más esperado. Sonrió al tendido nada más empezar a levantarse del escaño y acató la disciplina de grupo como uno más. Pero dio la nota después. En cuanto cesó el recitado de nombres y el presidente del Congreso dijo que se abrieran las puertas, el ex vicepresidente del Gobierno abandonó a toda prisa el escaño, sin esperar que se leyera el resultado final de la votación. Escuchó nuevos abucheos, pero se evitó ver las celebraciones nacionalistas y participar en la ceremonia final de sus compañeros de filas, con Zapatero al frente, que consistía en aplaudir con la mirada puesta en el panel con el resultado. Si era el principio del fin de la España constitucional de 1978, el progenitor B -el PSOE- -se apuntó al proceso unido y sin hacer caso de otro artículo de la Constitución, el 67.1: Los miembros de las Cortes no estarán ligados por mandato imperativo El escaño antes que la conciencia.