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ABC MIÉRCOLES 29 3 2006 57 Cultura y espectáculos El Guggenheim de Bilbao reúne la historia del arte ruso, desde los iconos a la Perestroika La exposición Rusia exhibe más de 300 obras maestras, muchas de ellas jamás vistas en Europa b Un viaje por el tiempo, ocho siglos, y por la historia del arte dibujan el alma de Rusia en la muestra que ayer se inauguró en Bilbao, con presencia de artistas rusos JESÚS GARCÍA CALERO BILBAO. Con más de 300 piezas, la exposición es la más extensa y ambiciosa exhibida fuera de territorio ruso y trata de responder a una cuestión central, como indicaba ayer Valerie Hillings- -una de los cinco comisarios de ¡Rusia! cuál es el torrente sanguíneo que atraviesa estos ochocientos años, qué puede unir los iconos antiguos y el arte actual, qué define la cultura de aquel inmenso país. El viaje comienza cuando los primeros monjes- artistas dan carta de naturaleza a una nueva sensibilidad, que poco a poco se desgaja del hieratismo bizantino, en medio de la invasión mongola. Y este binomio del artista- monje ya nos da una pista sobre ese torrente sanguíneo que se refugia en lo sagrado, en la espiritualidad. Bilbao ilustra de manera especial esta época, con el material litúrgico que el Guggenheim ha reunido, piezas desde el siglo XIII que incluyen los sakkos o vestimentas, las mitras y objetos preciosos, de los patriarcas, y que, como muchas obras de la exhibición, patrocinada por el BBVA e Iberdrola, no pudieron verse en el museo de Nueva York. Además, el arte de los iconos se encuentra representado por joyas que por primera vez se ven fuera de Rusia. Destacan las piezas de Ivan Rublev- -cuya vida sería narrada en 1966 por el cineasta Andrei Tarkovski como cimiento de toda la cultura rusa- -y Dionisii, junto a obras que fluyen a lo largo de una tradición de cinco siglos de imantación religiosa. Así lo demuestran también las piezas apostadas rememorando su original ubicación en el iconostasio de San Cirilo del Lago Blanco. Una mujer pasa ante un cuadro de Riabushkin en la muestra que se despliega por tres plantas del edificio de Gehry FOTOS: TELEPRESS La vanitas del dictador Stalin Después de la rígida censura, la posguerra trae nuevas miradas sobre una de las peores dictaduras de la HIstoria, que bien resume el Stalin frente al espejo de Komar y Melamid. La obra, de los ochenta, reúne la mirada al icono, la ironía sobre la pintura propagandística y la crítica de la futilidad del poder absoluto, revisado por Kruschov. El dictador está descalzo, desconstruido, mirándose en el espejo en posición casi orante. Toda una reflexión sobre el pasado que llega a nuestros días, con el saldo de los símbolos comunistas y el reencuentro en libertad de los artistas actuales, bien representados en la muestra, con la vocación europea. La ironía también está presente en un giacometti andante que mira de frente a una estatua de Lenin y parece preguntarle dónde se perdieron ambas tradiciones artísticas, o tal vez cómo se han encontrado. Como un latido atávico La convulsa historia marca los hitos de este viaje. Del arte monacal pasamos a las colecciones aristocráticas e imperiales de una tierra, la de los zares, que siempre se miraba en el espejo de Europa al occidente, aunque su alma asiática permaneciera como un latido atávico. A partir del XVIII el arte se seculariza, con Pedro el Grande, que fundó San Petersburgo precisamente a imagen de la cultura europea. También Nicolás I y Catalina la Grande (sus reinados abarcan todo el XVIII) la cual reuniría en torno al Ermitage personal una magnífica colección de arte occidental, con obras de Van Dyck o Rubens, presentes en la muestra, en un momento en el que las Caminante giacomettiano junto a un Lenin del realismo en esta obra de Sokov universidades y academias rusas estrechaban firmes lazos con Europa. Todo ello promoverá la inmediata creación de una nueva escuela en torno a los retratos de la nobleza y la familia del zar- -una escuela que ya empieza a dialogar con el pasado de los iconos- -con artistas muy destacados, co- mo Dimitri Levitski. Paralelamente nace un paisajismo que surge con Alekseiev, sus pinturas centradas en Moscú y San Petersburgo, y que se desarrolla en la primera mitad del XIX. Conviven desde entonces simultáneamente el naturalismo y el romanticismo, en escuelas que abordan temas nuevos y ancestrales con lenguaje similar al europeo. Los grandes paisajes y marinas- -la naturaleza se define pronto como representación muy singular del alma rusa- -aportan figuras de gran calidad, como demuestra la cercanía de Venetsianov con Millet. Destaca la presencia del pueblo, campesinos, pescadores, o los magníficos Sirgadores del Volga de Repin. Pero es la segunda mitad del XIX donde se marcan profundamente los contrastes sociales que más tarde explicarán la revolución. Nacen los primeros intentos de acentuar la función social del arte, con obras que denuncian las duras condiciones de vida y se centran en la ladera fea de la sociedad: los convictos, los oprimidos, como harían los pintores franceses. Destacan obras maestras como la mística Novena ola de Aivazovski, o la antibélica (Pasa a la página siguiente)