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26 MIÉRCOLES 29 3 2006 ABC Internacional Israel entrega con timidez el testigo de Sharón a Olmert para trazar sus fronteras definitivas El Kadima obtendría entre 29 y 32 escaños, según sondeos a pie de urna b El nuevo partido logra menos escaños de los esperados pero podría formar un ajustado Gobierno de coalición con los laboristas, el Meretz y algún partido religioso JUAN CIERCO. CORRESPONSAL JERUSALÉN. Casi como el Cid Campeador, Ariel Sharón ganó ayer, desde la cama del hospital Hadassah de Jerusalén, en la que se encuentra en coma desde el pasado 4 de enero, su última batalla política. Las elecciones generales que él adelantó han sido ganadas, según los sondeos a pie de urna, por el partido que él creó, el Kadima (Adelante) liderado por el hombre, Ehud Olmert, al que, de manera obligada, involuntaria y accidental, él cedió el testigo del poder. El Kadima, tal y como presagiaba la apática campaña electoral, se ha im- Elecciones en Israel (escaños) LIKUD Beitenu (derecha radical) 11- 12 SHAS (ultraortodoxos) 12- 14 Partido Laborista 10- 11 Pensionistas 20- 22 Kadima 6- 8 29- 32 Infografía ABC Otros 32 120 escaños en total Resultados según proyecciones puesto en las urnas con entre 29 y 32 escaños, muy por debajo empero de lo anticipado por las encuestas. Aventajaría a los laboristas (entre 20 y 22 diputados) al Likud (11 ó 12 señorías, de 38 que tenía) y a los ultranacionalistas de Israel Beitenu (12- 14 representantes) una de las revelaciones electorales junto al Partido de los Jubilados (6- 8 escaños) A falta de que los resultados oficiales confirmen lo adelantado por las empresas demoscópicas israelíes, Olmert, tal y como había diseñado Sharón, tendrá dos retos. SHARÓN CABALGA SERAFÍN FANJUL E n Israel el voto se reflexiona mucho y está muy asentado, muy dividido entre algunos partidos grandes (Kadima, Laborista, Likud) y una constelación de pequeñas agrupaciones religiosas y de izquierda. Si se cumplen los pronósticos, lo más probable es que la sombra moral de Ariel Sharón proyecte una imagen hegemónica sobre todo el escenario y que el teatro acabe relatando la única historia viable hoy por hoy en el país, la de la necesidad de alcanzar un acuerdo estable y garantizado con los palestinos, tal como pretendía Sharon y Olmert, su sucesor, intenta llevar a buen puerto. También es casi seguro que la fragmentación del voto fuerce a pactos con los laboristas de Amir Peretz y hasta de Yossi Beilin y su grupo, llevando hasta las últimas consecuencias el viejo lema de paz por territorios y frente al más lógico y coherente de paz por paz y ninguna concesión a organizaciones terroristas. Que un duro como Sharón comprendiera la imperiosa precisión de armonizar los dos lemas, desalojando, de momento, el sur de Líbano y Gaza y estando dispuesto a negociar la salida de gran parte de los noventa mil colonos de Cisjordania, sólo prueba la inteligencia y el muy racional patriotismo del ex primer ministro, aunque su legado de lógica y defensa frente al terror va a chocar con la euforia enloquecida de Hamás. Pese a ser el conflicto con los árabes el más espectacular problema de Israel y, desde luego, el más visible desde el exterior, en las elecciones también se ha hablado- -por Peretz- -de cuestiones sociales, paro, inversiones, salarios y marginación, asuntos que preocupan en Israel tanto como en los demás países occidentales, pues a fin de cuentas eso es el Estado hebreo, un país occidental. Gracias a ello los palestinos israelíes son los únicos árabes que votan en libertad y con garantías democráticas. No es difícil poner de acuerdo a casi todos los israelíes acerca de su derecho a sobrevivir como nación (las discrepancias se centran en los medios para conseguirlo) pero quizás en otros capítulos las diferencias sean mucho mayores, aunque es dudoso que eclipsen a la preocupación principal: acabar con el terror por el único medio aceptable y digno, la rendición de los asesinos y la entrega de sus armas. Después, casi todo se puede discutir. Pero discutir no significa entregar sin más en Israel lo saben perfectamente. Futuros desafíos El primero, inmediato, encontrar socios para su imprescindible coalición de Gobierno en una Knesset muy atomizada. Los pronósticos apuntan a una alianza con el Partido Laborista, con el que coincide en su estrategia hacia los palestinos y que por sus buenos resultados podría exigir una agenda más social y económica; con el pacifista Meretz, y quizás con los ultraortodoxos sefardíes del Shas pero su ajustada victoria pone en cuarentena la posible coalición. No quiso ayer Olmert, cerca de la una de la madrugada y tras visitar el Muro de las Lamentaciones, pronunciarse al respecto con detalle. Sí quiso en cambio acordarse ante sus compañeros de filas del verdadero artífice del final de una era: Ariel Sharón. Y es que por vez primera en décadas, el nuevo Ejecutivo salido de unas urnas custodiadas por miles de policías y militares para evitar atentados terroristas no estará dirigido ni por el Partido Laborista, en este caso del fortalecido sindicalista Amir Peretz, ni por el Likud de un Benjamín Netanyahu que ha cosechado tan sonoro y estrepitoso fracaso, según los sondeos a pie de urna, que muchos de sus fieles le exigen su dimisión como líder del partido conservador. Bibi sin embargo, compareció ante los suyos para culpar de manera indirecta a Sharón de la catástrofe del Likud, justificar sus impopulares deci- Olmert prepara su papeleta antes de votar, ayer en Jerusalén siones como ministro de Finanzas por el bien del país y asegurar que seguirá en la brecha para reconstruir el histórico partido. Con o sin los palestinos El segundo reto de Olmert, a medio plazo, no es otro que, con el cartabón de Sharón que ayer le entregó de manera tímida en este particular referéndum el pueblo de Israel, diseñar las nuevas fronteras de su país, en lo que a su límite con Cisjordania y con el valle del Jordán se refiere. Ehud Olmert ya lo dijo antes de depositar su voto. Lo hizo apenas cuatro minutos después de la apertura de los colegios a las siete de la mañana. Quería dar ejemplo a sus compatriotas para que acudieran a votar en masa. No lo consiguió. La participación fue la menor de la historia electoral de Israel con sólo un 63 por ciento. Tanta era la preocupación en las filas del Kadima, el más perjudicado ante una elevada abstención (37 por ciento) junto a los laboristas y el Likud,