Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 28 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC JUEGOS DE PALABRAS Uno de los aspectos que más me divierten en mis viajes por los diccionarios es observar la evolución de los significados, o definiciones, de algunas palabras, debida al paso del tiempo o a los acontecimientos políticos o culturales... H ACE ya bastantes años, no recuerdo ahora cuántos, ni el dato es importante para la presente divagación, cuando, inducido por los políticos profesionales, pasaba las hojas del diccionario en busca de la definición académica del término autonomía me enteré de que yo era un automóvil. No sólo yo, todos los hombres somos automóviles. ¡Incluso las mujeres son automóviles! En cambio, ningún automóvil es un hombre. Creo que fue en aquel momento cuando surgió mi afición a viajar por los diccionarios. Pero no va por ahí esta divagación. n los tiempos que corren, no en mis añorados tiempos infantiles, cuando el que corría era yo, está muy extendida la costumbre de navegar. De navegar por internet, quiero decir. Casi todos mis amigos y conocidos, por regla general cómicos o escritores, se han hecho navegantes de este recién descubierto, inmenso mar. Yo no, no he podido, no he sabido. Me reconozco hombre de otros tiempos, y como tal, no he conseguido adiestrarme en ese moderno arte de navegar. Y bien que me habría gustado que el descubrimiento me hubiera pillado al remate de la infancia, en la adolescencia o en la edad del pavo. La fantástica inmensidad del nuevo mar me habría compensado la aspereza del bachillerato. No tuve esa suerte. Pero viajo de vez en cuando. Por mi oficio de comediante he viajado mucho, más de lo que me apetecía. Ahora, ya digo, aunque me considero hasta cierto punto retirado, alejado de Talía y de Melpómene, viajo con frecuencia, viajo por los diccionarios. Ya que otros, muchísimos, navegan por las redes informáticas, es admisible que otros viajemos por unos cuantos libros. Para mí la reciente aparición del Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española, ha sido una gozada. Uno de los aspectos que más me divierten en mis viajes por los diccionarios es observar la evolución de los significados, o definiciones, de algunas palabras, debida al paso del tiempo o a los acontecimientos políticos o culturales. Por ejemplo, para los académicos de 1970 la palabra demagogia significaba algo que sonaba a terrible amenaza: Dominación tiránica de la plebe y de ello dejaron constancia en el DRAE. Treinta años después, para los académicos del año 2001 la misma palabra, demagogia, pasó a significar Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular La plebe había desaparecido y no se mencionaban ni la tiranía ni la dominación. Quizás empezaba a sentirse ya la influencia de lo políticamente correcto O, simplemente, aquellas palabras, dominación, tiranía, plebe, habían pasado de moda. Y algunos de nosotros, los que tenemos la vocación- -o, modestamente, la manía- -de comunicarnos con los demás, creemos que es muy conveniente, si aspiramos a tener algún lector, utilizar palabras que estén de moda y evitar las otras, las anti- E cuadas, trasnochadas, superadas, pasadas de moda. Sobre todo por tener en cuenta a un sector muy importante de nuestra posible clientela, los lectores jóvenes. No bien he escrito las anteriores palabras cuando me asalta un reparo: ¿Acaso el título elegido para este artículo, esta divagación, no está pasado de moda? Poco dura mi sospecha. Sí lo está; lo dejo porque quizás me ayude a divagar. Fue en el corazón del siglo pasado cuando los juegos de palabras estuvieron muy de moda. En el teatro encontraron su más eficaz escaparate, aún en contra de la opinión de los críticos. No fueron pocos los autores que clasificaron sus obras como juguete cómico cuando su pretendida comicidad se apoyaba principalmente en los juegos de palabras, práctica muy mal vista por la crítica de entonces, que solía tildar a aquellos juguetes cómicos de astracanadas Por cierto, he aquí una palabra o palabreja que en estos comienzos del siglo XXI podemos considerar en desuso. Pero ¿qué significado tenía para los lectores del siglo XX? Farsa teatral disparatada y chabacana así la define, con evidente ánimo de censura, el DRAE en el siglo XX. Y está de acuerdo el del 2001, en el siglo XXI. ca que a la alta crítica le caía mal. Aún recuerdo a Jardiel Poncela, enfurruñado contra los críticos, obstinado en explicarnos a los pacíficos oyentes del saloncillo del Teatro de la Comedia que los retruécanos eran adornos del lenguaje. Cañón y jamón no parecen palabras propensas a evolucionar. Sin embargo, en mis tiempos- -me refiero a los del paraíso perdido, años veinte y comienzo de los treinta- si la memoria no me gasta una jugarreta, que últimamente anda demasiado caprichosa, se utilizaban con frecuencia en otro sentido: Admirable, muy bueno, espléndido, está cañón (o jamón) H E l término astracanada casi nunca se aplicó a las películas. A veces, peyorativamente, se consideró alguna como peliculón Que, curiosamente, sirvió para Película cinematográfica muy buena y en la segunda acepción Película larga y aburrida Según la crítica de la época otro de los lunares que abundaban en aquellos juguetes cómicos eran los retruécanos. Inversión de los términos de una proposición o cláusula en otra subsiguiente para que el sentido de la última forme contraste o antítesis con el de la anterior figura retóri- a evolucionado de manera curiosa el término relaciones Hoy es muy frecuente leer en la prensa rosa o del corazón que Fulanito tiene una relación con Menganita, pero en mis tiempos se decía estar en relaciones Luci, la chacha, podía estar en relaciones con un paisano, y a todos los vecinos les parecía normal, siempre que la relaciones fueran formales. Pero si hubiese tenido con alguien, aunque fuera un vecino o un paisano, una relación el que lo escuchara no sabría a qué carta quedarse. En aquellos tiempos usted podía hacer el amor a su vecina, la hija del notario, en el portal de casa, en el ascensor, en el descansillo, incluso en el salón del notario, si había sido invitado usted, porque entonces hacer el amor no quería decir sino enamorar, cortejar, galantear. Y así lo consignaron las autoridades académicas. En cambio ahora, ya en el siglo XXI, dichas autoridades- -en realidad, sus sucesores- -aceptan que hacer el amor significa también copular (unirse sexualmente) Quizás lleguen otros tiempos en los que hacer el amor no signifique ni lo uno ni lo otro, ni cortejar ni copular. Quizá signifique algo que hoy no imaginamos. De cualquier modo, jugando a las palabras, recordemos a nuestros jefes, los políticos profesionales, que hacer el amor siempre estará mejor que hacer el odio. Han pasado bastantes años, algunos piensan que demasiados, desde que mis coetáneos y yo llegamos a este mundo. Nos han enseñado a hablar. Y a escuchar. Y a leer, en prosa y en verso. Y también los rudimentos de unas cuantas ciencias. Y leyes, muchas leyes, muchísimas leyes redactadas y promulgadas por personas especializadísimas en las respectivas materias, con el buen propósito de facilitarnos la convivencia con los demás seres parecidos a nosotros que nacen, viven y mueren en este planeta. Pero desde la perspectiva de la edad de la melancolía no podemos evitar que de vez en cuando, y a veces sin venir a cuento, nos asalte la idea de que todo esto no ha sido más que una sucesión de juegos de palabras. FERNANDO FERNÁN- GÓMEZ de la Real Academia Española