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ABC LUNES 27 3 2006 Opinión 7 TRIBUNA ABIERTA POR MIGUEL ÁNGEL GARRIDO GALLARDO DON MARCELINO A LA INTEMPERIE No es oportuno dar pábulo a que se interprete la iniciativa de Rosa Regás como un ajuste de cuentas de la feminista contra el misógino N días pasados se ha producido un cierto revuelo en el mundo de la cultura por la propuesta de la directora de la Biblioteca Nacional, la escritora Rosa Regás, que pretende trasladar la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo desde su actual y privilegiado emplazamiento en el centro del vestíbulo de esa casa a un lugar en el jardín, lo cual dejaría espacio para montar no sé qué chiringuitos o módulos de acogida. Tengo que decir que he frecuentado últimamente de nuevo a don Marcelino porque sucesivamente me han ido pidiendo un estudio biográfico del polígrafo santanderino para laHistoria de la Literatura Española dirigida por García de la Concha, el Diccionario de Críticos Literarios Españoles del Siglo XIX, coordinado por Baasner, y el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia (en curso de elaboración) He de confesar también que su figura me sigue sin resultar simpática, tal vez por el rechazo que produce a mi temperamento el hecho de que, teniendo 21 años de edad, aprovechara para dedicar a su prima y novia, Conchita Pintado, los mismos versos que ya había escrito para Isabel, su amor de adolescente en Santander, y que además terminara por abandonar ese noviazgo, prendado en Sevilla no de otra mujer, sino del rarísimo ejemplar de la Antoniana Margarita quehabía encontrado en la suculenta Biblioteca Colombina de aquella ciudad. Rosa Regás, en cambio, me cae simpática. Tuve ocasión de aplaudirle hace unos años en la Residencia de Estudiantes una intervención sensata y ponderada, después compartí taxi y, si no recuerdo mal, mesa en el espléndido restaurante de Juanito, con motivo de unos cursos que dictábamos en paralelo en la Universidad de Verano de Baeza, y me produjo una grata impresión. Y, aunque hace año y pico sentimos alipori (literalmente: vergüenza ajena) tres colegas argentinos y yo al escucharle a primera hora de la mañana en la radio del coche en que viajábamos un extemporáneo fervorín político, con motivo del congreso sobre bibliotecas que se celebró en Buenos Aires, mis sentimientos permanecen idénticos. Pero la cuestión no es de simpatía o antipatía, sino de la oportunidad o no de otorgar un recuerdo privilegiado en la Biblioteca Nacional al director más insigne que ha tenido en su historia, la cual, por cierto, está llena de notables altibajos que provocan en mí desde la sonrisa cariñosa, al recordar a Morales Oliver, hasta el estupor por el nombramiento de aquella persona cuyos méritos para el puesto eran, según me decían, su caída de ojos (sic) pasando por el interés que me han despertado las actuaciones de Juan Pablo Fusi y otros. Don Marcelino dejó una labor cuyo volumen no encuentra parangón. Ateniéndonos sólo a su obra escrita, la recopilación de sus Obras completas, iniciada por Bonilla y San Martín y proseguida luego por Miguel Artigas, llega a alcanzar los 65 volúmenes en la llamada edición nacional dirigida por el propio Artigas, Ángel González Palencia y Rafael de Balbín y publicadas por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. A ellos hay que añadir los 23 volúmenes de su epistolario completo, editado por Manuel Revuelta Sañudo. E Desde luego, antes de esta posible molestia actual del traslado de emplazamiento de su estatua, don Marcelino había conocido también otras muchas dificultades en vida. Puede ser ilustrativo recordar una de las primeras, que acabó bien. Por fallecimiento de su titular, José Amador de los Ríos, queda vacante la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Madrid y Menéndez Pelayo quiere concursar a ella. Como sólo tiene 21 años, Alejandro Pidal pide y consigue de Cánovas del Castillo una ley especial que rebaja la edad prevista para poder aspirar al puesto. El tribunal formado por Juan Valera (presidente) Milá i Fontanals, Fernández Guerra, Cañete, Fernández y González, Rosell y Rodríguez Rubí eligen al joven por seis votos (Fernández y González fue la excepción) para cubrir la vacante, lo que le valió no pequeña enemiga de cuantos no admiten la excelencia como razón. Sus coopositores habían sido José Canalejas, Saturnino Mileto y Antonio Sánchez Moguel. Años más tarde, sin embargo, Canalejas, en una intervención que tuvo en el Senado en su condición de presidente del Consejo de Ministros, hizo un encendido elogio de los méritos exhibidos por Menéndez Pelayo en aquella oposición, a pesar de haber sido posible por haberse amparado en la excepción legal señalada que apoyaron los conservadores. Desde el punto de vista ideológico, Menéndez Pelayo se reconoce a sí mismo en una línea que funde, con vehemencia, lo nacional- español y lo tradicional- católico. Se entiende que en el pasado se haya convertido en bandera de facción y que eso le haya acarreado dificultades a la hora de realizar una valoración objetiva de su obra. No es ahora el momento de defenderlo, ponderando la libertad de espíritu de que, una vez pasadas las fogosidades juveniles, hizo gala el maestro. Me parece que basta simplemente con haber evocado el hecho de que sus méritos le convierten en un director de la Biblioteca Nacional enteramente singular. No seré yo, pues, quien regatee los posibles calificativos de carca para don Marcelino, ni de progresista para Rosa Regás. Lo que digo es que, precisamente por eso, no es oportuno dar pábulo a que se interprete la iniciativa (haya o no sido esa la intención) como un ajuste de cuentas de la feminista contra el misógino. Aunque la ministra de Cultura, ante el revuelo suscitado, ha indicado a la directora de la Biblioteca Nacional que, antes de nada, presente la propuesta al Patronato, pienso que Rosa Regás podría buscar una ordenación que compatibilizara chiringuitos y estatua y retirar su iniciativa. Imitaría así el ejemplo de Canalejas y la historia de la decencia intelectual española le agradecería que no se llegue ni siquiera a plantear la posibilidad de sacar a don Marcelino a la intemperie. Profesor de Investigación del Instituto de la Lengua Española (CSIC) REVISTA DE PRENSA POR JUAN PEDRO QUIÑONERO MUERTOS, DEMOCRACIA, LIBERTAD Todos los caminos conducen al pozo insondable de la duda, a través de muy distintas actualidades, de Hugo Chávez a Carmen Laforet. En París, el International Herald Tribune (IHT) escribe: El alto el fuego ha comenzado, pero en Vitoria no ha desaparecido el clima de miedo impuesto por ETA durante décadas IHT continúa con una frase trágica: De alguna manera, Vitoria, la capital de la región vasca, afirman muchos residentes, es una anomalía en Europa occidental, ya que la libertad y la democracia nunca han podido enraizarse completamente, víctimas de la violencia En Buenos Aires, Clarín publica su segunda entrevista con Joseba Askarraga, consejero de Justicia del Gobierno vasco, que reitera sus convicciones independentistas y la exigencia de autodeterminación para comentar el proceso que pudiera comenzar con esta frase lapidaria: En realidad, lo más difícil comienza ahora En Buenos Aires, igualmente, La Nación quizás aluda a lo más difícil cuando afirma: En esta nueva etapa, la unidad de España es fundamental En Santiago de Chile, El Mercurio se refiere de manera alusiva a otra grave dificultad: la personalidad de los posibles negociadores El Mercurio estima que Josu Ternera estará en primera línea y recuerda alguno de los antecedentes del personaje: Cuando la organización estuvo bajo su mando, se perpetraron algunos de los atentados más sanguinarios. También ordenó el asesinato de Dolores González Katarain, Yoyes una dirigente de ETA que desertó En Caracas, El Universal publica un comentario atroz de Gustavo Linares Benzo, con esta comparación trágica, indisociable de la diplomacia gubernamental española: Hay un dato que debiera helar la sangre en Venezuela. En sus 38 años de actividad, ETA ha matado a 800 personas. Sin ningún ánimo de comparar vidas humanas, la más macabra estadística nos recuerda que en Venezuela murieron asesinadas casi 10.000 personas sólo durante el año 2005. En un año, se asesinaron en la Venezuela de Hugo Chávez diez veces más de personas que todas las víctimas de ETA en toda su historia En París, Le Figaro comenta con entusiasmo una obra póstuma de Carmen Laforet y destaca una frase que algo tiene de hondísimo aliento trágico, no exento de actualidad, quizá: Los muertos no nos abandonan con la ligereza que suelen hacerlo los vivos