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ABC LUNES 27 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL EFECTO JOSUÉ A manipulación del tiempo, ese tirano, constituye una vieja obsesión humana ligada al deseo prometeico de manejar nuestra vida más allá de las leyes naturales, que las religiones atribuyen a la divinidad. Hasta en la Biblia, el mejor libro simbólico jamás escrito, el sol retrocedió para Ezequías y se detuvo para que Josué acabase la batalla de Gabaón- -de paso, en un rasgo muy judío, Josué pidió también a la luna que se quedase brillando hasta completar la venganza con una razzia de vencidos- lo que equivaldría nada menos que a suspender la rotación de la Tierra. El efecto Galileo, lo llaman los científicos, que en el mundo anglosajón se han tomado la vana molestia de intentar explicar lo que no vienen a ser sino atractivas metáforas para realIGNACIO zar la ligazón de Yaveh CAMACHO con su pueblo elegido. Los burócratas de la Unión Europea se han cargado las referencias constitucionales a la raíz cristiana del continente, pero no renuncian al privilegio bíblico de ordenar a su antojo el tiempo de los ciudadanos, aunque sea manoseando la forma de medirlo. Y como no pueden mandar al sol que se detenga o se adelante a conveniencia, se limitan a manipular los relojes, que en sus manos se vuelven blandos como en los cuadros de Dalí. Este cambio bianual de hora, supuestamente fundado en un razonable cálculo de ahorro de energía, hace tiempo que es para la mayoría de nosotros una milonga sin justificación que sólo sirve para alterar los ritmos circadianos de casi 400 millones de europeos. Y en España, donde nos acostamos a las tantas y la gente se queda de madrugada a escuchar en la radio programas deportivos, se trata de una mera extravagancia calvinista cuya única consecuencia real es que en junio nos hace cenar con luz natural y levantarnos de noche. Ya dice el refranero que no por mucho madrugar amanece más temprano. Hay por ahí una Fundación dedicada al encomiable empeño de racionalizar el anárquico horario nacional, trastocado de almuerzos de eternas sobremesas, siestas de todas las modalidades y absurdas prolongaciones de jornada, pero de momento al único que han logrado convencer es al presidente del Congreso, obstinado en obligar a sus señorías a almorzar un sándwich en las escaleras de los leones para reanudar la sesión mientras el resto del país aún toma el aperitivo. Los españoles dormimos poco y mal y nos organizamos la vida laboral de pura pena, pero productividad al margen no hay duda de que lo pasamos de p... madre. Así que poco logra Europa con su manía de manipular los relojes dos veces al año, salvo el fastidio de un reajuste arbitrario cuya virtualidad se nos escapa más allá de un absurdo ordenancismo. Amén de que cualquier día protestarán los nacionalistas, obligados a conservar el huso horario de Madrid; raro es que se les haya pasado el detalle a los catalanes en la redacción del Estatuto. Josué lo tendría crudo en Celtiberia: aquí el tiempo sólo se vuelve elástico para prolongar un poco la botellona. L LOS NEGROS AHOGADOS E imaginan la zapatiesta que se habría montado si un Gobierno de derechas se hubiera cruzado de brazos ante un informe que alertase de la muerte masiva de inmigrantes frente a las costas canarias? La izquierda se habría rasgado las vestiduras, calificando la omisión de socorro de inhumanidad monstruosa propia de regímenes fascistas; la prensa adversa, después de calificar tan luctuoso suceso de catástrofe humanitaria SIC sin precedentes habría orquestado ruidosas campañas que exigirían la dimisión de los altos cargos implicados, a los que se acusaría de despreciar los más elementales derechos humanos; y, en fin, se habrían convocado manifestaciones por doquier, encabezadas por esos adalides de las causas sociales a quienes sólo se les remueve la conciencia cuando atisban la oportunidad de aprovechar el sufrimiento ajeno en beneficio propio. JUAN MANUEL Como quien se ha cruzado de brazos DE PRADA y ocultado la mortandad es un Gobierno de Progreso, aquí calla hasta el apuntador. Y ni siquiera nos resta el consuelo de excusar tan estrepitoso silencio aduciendo que la opinión pública se halla engolfada en golosinas de alto el fuego pues ya hace unos meses, cuando se supo que el Gobierno español devolvía a Mohamed los negros que habían asaltado la valla de Ceuta y Melilla, para que los entregara como carnaza a los alacranes del desierto, la reacción de connivencia fue la misma. Lo cual nos obliga a concluir que las vidas de estos negros (por supuesto, un progre como Dios manda no se tiznaría la boca llamándolos negros) no son valiosas en sí mismas, sino en función de las circunstancias. Encaramada en ese trono olímpico que le ha permitido arrogarse la paternidad de las causas nobles, dejando para el adversario político la autoría de cuantas calamidades afligen al ser humano, la izquierda ha alcanzado un nuevo finiste- ¿S rre de impunidad moral. Lo que sólo puede ser calificado como una incalculable abyección cuando gobierna el adversario se convierte, como por arte de birlibirloque, en un venial e irrelevante desliz cuando gobiernan ellos. El caso que nos ocupa delata, además, cómo nuestra época ha empezado a consagrar una visión utilitaria de las vidas humanas, que ya no están dotadas de una dignidad intrínseca, sino que, por el contrario, pueden usarse según convenga como espantajos reivindicativos o bien ser recluidas en el desván de los cachivaches obsoletos. Se postula una concepción puramente funcional del ser humano: existen vidas útiles (aquellas cuya dignidad merece defenderse, no por su valor intrínseco, sino porque su defensa depara réditos ideológicos) y vidas inútiles meros despojos que pueden ser tratados como tales, porque su dignidad ya no es algo inscrito en su naturaleza, sino un reconocimiento que se les otorga o se les niega a discreción. Vidas útiles son, por ejemplo, las que diariamente pueblan los partes de la guerra de Irak; vidas inútiles las de estos negros ahogados ante las costas canarias. Frente a esta visión utilitaria, todavía quedamos algunos dinosaurios que ciframos la dignidad de cada persona en una ley natural que trasciende vicisitudes históricas y razones de pura conveniencia. Esos negros ahogados ante las costas canarias, antes que ilegales o apátridas o sin papeles o como queramos designarlos, son sujetos de un derecho que no conoce fronteras ni procedimientos administrativos, un derecho previo a toda forma de organización política que nos exige afrontar su muerte desde presupuestos más exigentes y elevados. Pero ya se sabe que la izquierda descree de la existencia de una ley natural: resulta mucho más cómodo enjuiciar las acciones sobre la marcha, dependiendo de la coyuntura, con esa libérrima licencia para repartir bulas y anatemas que proporciona estar encaramados en un trono de impunidad moral.