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54 Sociedad SÁBADO 25 3 2006 ABC Religión GRACIAS MAESTRO ANTONIO MONTERO. ARZOBISPO EMÉRITO DE MÉRIDA- BADAJOZ uerido Olegario: te escribo hoy con vivos sentimientos de congratulación y alegría por la culminación, tan digna y honrosa, de tu docencia teológica en Salamanca. Me sonroja no haberte acompañado en la Lección magistral de despedida y la tardanza en dar señales de vida. Doy gracias a Dios contigo por una ejecutoria sacerdotal, docente y publicística de tan destacado alcance, y te las doy gozosamente a ti mismo, representando, sin delegación, a tantos miles de alumnos y lectores, por todo lo que debemos a tu ejemplaridad en tantas cosas. Aun cuando, como en mi caso, uno sea lector parcial y a sorbos de tu vastísima producción editada, por el secuestro pastoral de mi tiempo durante 35 años. Eso no obsta para que pueda y deba justipreciar, ante propios y extraños, tu aportación a la reflexión teológica y al pensamiento cristiano, al dialogo fe- cultura y a la conciencia histórica de la Iglesia de España. Estimo sobremanera la fibra religiosa y el timbre pastoral que delatan todos tus escritos; y no digamos el entusiasmo, casi estridente, que irradia tu palabra oral, escuchada por mí con emoción y deleite en las contadas ocasiones en que he tenido esa fortuna. Todo eso cuenta en tu activo ante Dios y ante los hombres, junto a tantos otros Q méritos, callados y ungidos de cruz y de renuncia. Me siento especialmente obligado a consignar aquí, aún a costa de ruborizarte, el acendrado amor y la valentía moral que has demostrado indefectiblemente a la Iglesia concreta y visible con tu probada lealtad a su misterio, ministerio y magisterio. Todo, sin halagos sospechosos, sin trincheras ideológicas a favor o en contra, sin filiaciones partidistas ni componendas eclécticas, buscando con libertad realizar la verdad en el amor. ¡Cuan difícil, Dios mío, ha resultado todo eso en las tantas veces convulsa y despegada cuarentena postconciliar! Muy dignos asimismo de reseña y de agradecimiento son, en otra óptica, la inculturación de tu pensamiento en la España y en la Iglesia de hoy, sin las cronolatrías que lamentaba el último Maritain; así como tu arraigo existencial, de castellano viejo, en la gran tradición de los maestros de Salamanca, de los místicos de tu tierra y del patrimonio teológico y espiritual de nuestra historia cristiana. Un teólogo marcadamente español, en toda la anchura y generosidad de su significado. Lo cual puede haber restringido acaso tu clientela de traducciones y lectores allende fronteras. Aunque, dicho sea de paso, a ti, tan europeo, la Unión de la que formamos parte no te ha hecho la justicia debida. Pero, el que te conozcan y valoren tus colegas de renombre en España y en América dice mucho en tu favor. Por lo demás, es también un activo a comentar, la docena, como mínimo, de notables teólogos españoles, que hoy sobresalen en el sector, y que todos te cotizan mucho y te agradecen algo. Déjame recordar el nombre de nuestro inolvidable Juan Luis Ruiz de la Peña, no malogrado, pero sí añorado, que se nos fue tan temprano a la Casa del Padre. En lo que se me alcanza, tú has sido un teólogo de gran angular Iglesiamundo, en las categorías de Iglesia ad intra y ad extra, que introdujo en el Concilio el cardenal Suenens, lo que te capacita como interlocutor válido en el diálogo de la fe con el pensamiento moderno. Yo lamento que en España no se den las condiciones objetivas de un laicismo ilustrado con figuras capaces y dispuestas, para un debate entre el discurso cristiano y el no confesional, como los registrados últimamente en Italia entre el cardenal Martini y Umberto Eco y, en Alemania, entre el cardenal Ratzinger y Jürgen Ha- Eres un gran teólogo, un interlocutor válido en el diálogo de la fe con el pensamiento moderno bermas. ¡Qué bien te moverías tu, querido Olegario, en esos lances! Hace año y medio, en las mismas semanas en que discurría el término de mi servicio episcopal activo, el relevo en la Sede y la complicada mudanza a otro escenario, recibí una carta entrañable de nuestro común amigo, el sacerdote vallisoletano Antonio González Fraile, requiriéndome para que escribiera en este periódico un comentario sobre tu figura y obra. Mis circunstancias personales eran tan complejas que aquello se lo llevó el río; también por otra razón no circunstancial y que sigue en vigor: mi incapacitación para acometer el cómputo valorativo de tu ingente obra y de su contribución al pensamiento teológico de nuestro tiempo, semejante a la que tú mismo hiciste del itinerario intelectual de tu eximio colega y amigo, Joseph Ratzinger. No es tanta mi osadía como para enjuiciar en su terreno a un señor que se tutea impávido con Nietzsche y se codea reverente con Von Balthasar. Es verdad que todo obispo ha de ser maestro y tutor de la fe, pero ello no exige necesariamente, y quizá ni conviene, que haya de ser especialista en determinadas ciencias sagradas. No dudo de que tus colegas de la Alma mater salmantina, y otros de diverso historial académico saldarán con creces esa deuda. Todos nos gozamos de que tengas por delante una vida larga y fecunda, estudiando y enseñando hasta completar, en plena madurez y sabiduría, el legado teológico, espiritual y cultural que aureola para siempre a un gran maestro.