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ABC VIERNES 24 3 2006 99 Deportes La UEFA amenaza al G- 14 y le desafía: si no está de acuerdo con la normativa, que abandone las competiciones Otra vergüenza en los estadios El árbitro Ayza Gámez decidió interrumpir el Atlético- Sevilla en el minuto 77 por el lanzamiento indiscriminado de objetos tras el gol de Puerta y lo reaundó treinta minutos más tarde ATLÉTICO SEVILLA 0 1 Atlético de Madrid (4- 4- 2) Leo Franco; Velasco, Pablo, Perea, Antonio López; Galletti, Luccin, Ibagaza, Petrov; Manu del Moral (Colsa, m. 74) y F. Torres. Sevilla (4- 2- 3- 1) Palop; Alves, Javi Navarro, Dragutinovic (Escudé, m. 10) David; Renato, Martí; Sales, Saviola, Adriano (Puerta, m. 65) y Kanouté. Árbitro Ayza Gámez. Tarjeta amarilla a Javi Navarro, Ibagaza, Torres, Adriano, Velasco. Doble amonestación a Luccin (expulsado m. 72) Petrov (m. 80) y Perea (m. 85) Gol 0- 1, m. 76: Puerta. JOSÉ CARLOS CARABIAS MADRID. Era la noche de Leo Franco, de sus dos penaltis parados, de un encuentro áspero celebrado a toda mecha. Era un día cualquiera de fútbol en el Calderón que acabó en vergüenza. Una lluvia de objetos silenció el juego tras el gol que daba la victoria al Sevilla. Lo que otras tantas veces se pasa por alto, se maquilla mirando para otro lado o simplemente se disculpa, no pasó esta vez el corte de un árbitro con juicio. El valenciano Ayza Gámez decidió suspender el partido AtléticoSevilla cuando una gruesa botella de whisky llegó al césped. No lesionó a nadie. El cafre no tuvo puntería. Pero esa no es la cuestión. La suspensión era un mensaje contra los vándalos, contra esa mugre que ensucia el deporte. Sin embargo, la respuesta tajante del árbitro se empañó con una vuelta atrás. En vez de echar el cierre y mantenerse firme, reanudó el partido media hora después. Fue la ceremonia de la confusión después de una actitud valiente. Un mes después de que Megía Dávila detuviese un partido en Valencia, Ayza Gámez repitió la escena en pro de una educación que no alcanza a los estadios. También dijo nos vamos mientras a Palop le caía de todo en el fondo sur. El árbitro paró, la gente se marchó del estadio, pero no llegó hasta el final. A la suspensión total, pese a quine pese. Palop muestra una botella de whisky momentos antes de la suspensión del encuentro de buenas noches. Se remangó de nuevo el Atlético, buscó con más empeño que fútbol a Torres y a Manu del Moral, el chaval que inauguró el pim pam pum sobre Palop en unos electrizantes quince minutos iniciales. La noche requería una faena paciente, laboriosa desde el 1 al 11, porque el Sevilla no ha perdido el instinto Caparrós, según el cual no hay otro negocio posible en el campo que la pelea, la confrontación sea el tamaño que sea, por las buenas o por las malas, que aún sigue por ahí Javi Navarro en el liderazgo tribal. El destino le guiñó un ojo a Juande. Antonio López cometió una insensatez impropia de sí mismo, y regaló otro penalti. Kanouté se arrugó y Saviola caminó firme hacia el punto. Leo Franco lo volvió a hacer. Giró hacia la derecha, adonde puso un tiro duro, pero sin malicia el ex del Barça, y tocó pelo de nuevo. Despejó el lanzamiento y rugió feliz en un alarido que acompañó el Calderón, orgulloso de albergar en su estadio tal cantidad de emociones que rara vez ocurren en otros lares. Impulsado por su portero, el Atlético se sintió en la obligación de exigirse algo más. Pero le faltó juego para imponer su criterio en el partido. Y anduvo escaso en la primera mitad porque Ibagaza navegó en el filo de la expulsión en otra pérdida de equilibrio emocional a las que ya acostumbra a su afición. Sin el ritmo del argentino, sin la profundidad de Petrov y con Galletti tímido por la derecha, a Fernando Torres le llegaron sandías en vez de balones. Velasco tuvo el gol en la bota, pero enseñó que lo suyo no es eso. Y tampoco lo otro. Para entonces el partido ya había in- AFP Leo Franco paró dos penaltis Antes de eso, el Sevilla había dilapidado dos penaltis en quince minutos. La secular fatalidad del Atlético, su propensión a la ley de Murphy, saltó echa pedazos por la agilidad de Leo Franco. Primero fue Kanouté, quien largó un tiro muy incómodo. Fuerte, recio y en dirección al poste derecho. Hasta allí viajó la mano del portero argentino y, sobre todo, su cuerpo, ágil en la estirada. Detuvo el lanzamiento y el Manzanares volvió a concentrarse en un adversario granítico, uno de esos equipos que no concede ni el saludo cortés gresado en una espiral de malos modos y brusquedades que, pese a todo, no anticipaban el vergonzoso final. El Sevilla es un equipo aguerrido, fiero por momentos, y el Atlético había decidido pasar por encima de los obstáculos por las buenas o por las malas. El Sevilla se sobrepuso a la adversidad de los penaltis fallados y de un enemigo que enseñaba los dientes, lo que dice mucho de su empaque como grupo. Con el paso de los minutos, el Atlético redujo su dimensión, pareció mucho más pequeño que el Sevilla y acabó por ceder el gobierno con la expulsión de Luccin, que llegó acelerado a su encuentro con la tarjeta roja. Y llegó el lío, el gol de Puerta. Legal, porque aparece desde atrás y marca. El árbitro dudó, consultó con su linier y acertó en su decisión. Lo demás pertenece de nuevo a la antología del horror.