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ABC VIERNES 24 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ANTE UN POSIBLE FINAL DEL TERRORISMO Muchos intelectuales de tradición no nacionalista propondrían paralelamente claves esenciales para entender el País Vasco, para aprehender su complejidad y su belleza, y para dar a muchos vascos razón de su historia... P OR lo menos, que nadie pretenda abolir la historia: un centenar de bombas y ocho personas asesinadas por el Frente de Liberación de Québec entre 1963 y 1970; 3.000 actos terroristas del Frente de Liberación Nacional de Córcega entre 1971 y 1982; 3.289 víctimas del terrorismo en Irlanda del Norte, en su inmensa mayoría por atentados del IRA, entre 1968 y 1998; en torno a 800 muertos, miles de heridos y una sociedad- -la vasca- -moralmente enferma y profundamente dividida por la violencia, como legado de ETA desde 1968 en España. La conclusión es, pues, palmaria: en la historia, por lo menos en la historia contemporánea europea, los nacionalismos liberales y cívicos pudieron haber sido en su día (siglo XIX) elemento inseparable de la modernidad y fundamento de la soberanía nacional y del Estado democrático; los nacionalismos étnicos, religiosos, militares, mesiánicos, excluyentes, xenófobos- -si se quiere: las identidades fuertemente etnicistas y los nacionalismos radicales- -fueron (y son) por el contrario, o factores de división y enfrentamiento, o simples laboratorios para la destrucción (por usar una expresión, de Karl Kraus, ya clásica) a violencia de ETA no fue sólo una respuesta a unas determinadas circunstancias históricas y políticas (la dictadura de Franco: ETA nació en 1959) Ni, como se diría después, la consecuencia última de un conflicto antiquísimo y no resuelto, pues ni las guerras carlistas (1833- 39, 1874- 76) surgieron de contenciosos entre aquellos territorios y el Gobierno central- -fueron guerras españolas, dinásticas, ideológicas- -ni hubo desde el siglo XIX una convivencia frustrada de los vascos con el Estado español. Hubo lo contrario, al menos desde 1880- 90: el espectacular despegue de la sociedad vasca contemporánea- -industrialización, bancos, escritores y vida intelectual, deporte, arquitectura y arte vascos- -en el seno del Estado español. En cualquier caso, desde 1980, año en que se aprobó el Estatuto de Autonomía de Gernika, Euskadi goza de la mayor autonomía posible en un Estado democrático. O dicho de otra forma: el terrorismo de ETA fue (y lo ha seguido siendo hasta su último comunicado) una opción deliberada, no una necesidad inevitable, el resultado, en suma, de una determinada concepción estratégica hacia la independencia o hacia la autodeterminación (violencia como detonante e instrumento de liberación nacional) y parte esencial por ello del proceso de encuadramiento y control ultranacionalistas de la sociedad vasca diseñado por la organización. Que, con todo, el nacionalismo vasco ha dado a la sociedad vasca un sentido de identidad colectiva me parece indiscutible. Pero la cuestión es hoy y en adelante otra. Euskadi es ya, lo acabo de señalar, una jurisdicción vasca de gobierno, una nacionalidad (con bandera, simbología y rituales nacionales fuertemente asentados en la masa de la población) un ámbito de decisión propio que ejerce todas las responsabilidades del autogobierno: no es un estado, pero es mucho más que una región. No es un pueblo étnico, y no lo es desde hace muchísi- mo tiempo: cerca de 700.000 personas habrían emigrado al País Vasco entre 1880 y 1980, lo que supone que en torno al 60 por 100 de la población vasca actual (2,1 millones) procede de una forma u otra de la inmigración. Desde finales del siglo XIX, el País Vasco, Euskadi, es una sociedad compleja; hoy, es una sociedad dinámica, posindustrial y altamente urbanizada y desarrollada, que no se define por la etnicidad, sino por la pluralidad, y que es el resultado de un extraordinario desarrollo económico e industrial y de la interacción en su interior de distintas tradiciones culturales: la cultura euskaldún, la cultura vasco- española (y la propia cultura española) y las culturas específicas de sus distintos territorios. P L or todo ello, y ante la posible desaparición del terrorismo de ETA- -que ha tenido mucho de fascismo: exaltación de la acción y la violencia, ultranacionalismo, escuadrismo callejero, ritualización de la política de masas, culto a la bandera e himnos militares vascos... la cuestión es, como decía, otra: articular Euskadi como una sociedad abierta y justa, sobre los valores esenciales de la democracia, esto es, el individuo (y no el territorio) como sujeto de derechos, diálogo de ideas, libertades civiles fundamentales, pluralismo ideológico, solidaridad humana, igualdad de oportunidades, bienestar social, respeto al otro. No creo, sin embargo- -y basta ver lo dicho más arriba- que la reconstrucción de la democracia en Euskadi pueda hacerse sólo desde el nacionalismo (que expresa no obstante, y no debe olvidarse, las aspiraciones mayoritarias de los vascos) porque los nacionalismos esencialistas y etnicistas, como el nacionalismo vasco moderado, conllevan siempre y por definición la tentación del exclusivismo, y porque el ultranacionalismo revolucionario sólo siembra- -como hemos visto en los últimos treinta o cuarenta años en Irlanda del Norte y en el País Vasco- -muerte, intolerancia y desolación. Recomponer la unidad interna del País Vasco, hacer de éste una sociedad con fines éticos y políticos en común, configurar el País Vasco a la vez como una comunidad histórica y como un ámbito de convivencia y modernidad democráticas, tiene que ser, pese a todo, posible. Exige, sin duda, construir Euskadi desde la prudencia civil, y desde valores políticos cívicos y liberales (no étnicos o populistas) necesita un nuevo equilibrio vasco que sobre la base de un nuevo compromiso estatutario- -con el Estatuto de Gernika como fundamento de la nacionalidad vasca contemporánea- -incorpore definitivamente, en una definición integradora del hecho vasco, las ideas y los planteamientos históricos y culturas del nacionalismo y del no- nacionalismo vascos. Este es un extremo esencial. El País Vasco, como pueden serlo Irlanda del Norte o Québec, son ejemplos de nacionalidad escindida (esto es, sin consenso unánime sobre la idea de nación o vasca o quebequesa o irlandesa) y pluralismo político. Nacionalismo y no- nacionalismo son, en el caso vasco, manifestaciones distintas de la propia vida colectiva y de la historia y política vascas. El nacionalismo es muy reciente en el País Vasco: nació sólo a fines del siglo XIX y tardó varias décadas en convertirse en un hecho social y cultural significativo. Sentimientos de identidad vasca pero no- nacionalista, y tan fuertes como luego sería el propio nacionalismo, existieron siempre, antes y después de la aparición del nacionalismo y a menudo más congruentes que este último en su visión e interpretación de la realidad vasca en la historia. L a integración de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa en Castilla y España; el papel de los vascos en la administración española, en América y en la historia del catolicismo español; el peso, ya en el siglo XX, de los intereses económicos vascos en la economía española; la inmigración foránea; la existencia en la cultura vasca de una fuerte tradición vasco- española (Unamuno, Baroja, Blas de Otero, Celaya, Zuloaga... fueron tan importantes en la gestación y evolución de la identidad histórica vasca como pudieron serlo las singularidades étnicas y lingüísticas que caracterizaron en origen al pueblo vasco. El nacionalismo, en efecto, definió desde finales del siglo XIX la identidad vasca como nacionalidad, asociada al euskera y a la cultura euskaldún (renacida merced a personalidades admirables: Barandiarán, Lizardi, Lauaxeta, Koldo Mitxelena, N. Basterretxea, Atxaga, Saizarbitoria, Anjel Lertxundi... Muchos intelectuales de tradición no nacionalista (Unamuno y Baroja, los pintores Zuloaga, Arteta y Juan Echevarría; los poetas Celaya y Otero, Julio Caro Baroja, A. Ibarrola... propondrían paralelamente claves esenciales para entender el País Vasco, para aprehender su complejidad y su belleza, y para dar a muchos vascos razón de su historia y de su pertenencia a su tierra. JUAN PABLO FUSI Catedrático de Historia Contemporánea y director de la Fundación Ortega y Gasset