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60 Cultura MIÉRCOLES 22 3 2006 ABC Oviedo se rindió anoche ante la voz y la palabra de González, Adonis, García Baena, Soyinka, Carrère, Walcott y Bousoño Qué noche la de aquel día... mundial de la poesía TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE OVIEDO. Me apuesto con ustedes lo que quieran, hasta que el Madrid gana aún la Liga, o incluso suplirles en un atasco de la M- 30 de don Gallardón, a que si en la capital de España se hubiera celebrado ayer el Día Mundial de la Poesía no habría sido tanta gente la convocada y menos la reunida como aquí en Oviedo. Ya les digo, me juego lo que quieran a que una convocatoria con tres Premios Príncipe de Asturias, dos Nobel y probablemente el más grande poeta árabe actual, habrían tenido suficiente con un colegio mayor. Pero estábamos en Oviedo. Profeta en su tierra, Ángel González es rapsoda lúdico, irónico y cabal. Como casi estábamos en hora, y como el paso del tiempo es uno de sus lugares más comunes y hermosos, el siempre fieramente humano Ángel para empezar nos lo dejó bien claro: Meriendo algunas tardes... uno de esos poemas en los que el poeta astur habla con voz de hombre de la calle, con voz de hombre al que todos los días le suben el pan. Siguió luego con cucarachas, con perdón de la mesa, esas cucarachas que le perseguían en el tétrico y terrible Madrid de la posguerra, mientras pedían por sus antenitas la dimisión del presidente de la República. Se nota que no leen los periódicos recitaba González. Ángel volvió al banquillo y Adonis, un hombre elegante, cómo iba a ser con ese nombre, echó los ojos al cielo y sus palabras silbaron sobre la platea repleta del Filarmónica: El poeta ha visto la faz del Universo y ha comenzado a iluminar su extensión, a fecundar en nombre del ser humano la poesía y la palabra, a fecundar lo que engendran los días Nueva rotación y presentación a estas alturas muy poco necesaria. A Carlos Bousoño le cuelgan sus años de vida como racimos de sabiduría. Primero removió las cenizas de su Oda a la ídem y puso manos (palabras) a la obra con su demoledor Análisis del sufrimiento Conoce aquel que sufre y no el que hace sufrir, éste no sobrevive a su conocimiento El que se pica ajos come y allá el que se dé por aludido. Algo (y mucho) de los ecos de Walt Whitman hay en el antillano Derek Walcott, que nunca lleva, digamos, una cara como para hacer amigos. Pero escucharle hilvanar su verso libre, su ritmo demoledor, su voz como la de un molino imparable es un manjar. Bajo este hielo hay un archipiélago GULAG... bajo las cúpulas de los aeropuertos y el eco de las estaciones, se derrama la masa de emigrantes... Y del bosque de la vida al jardín de los días, que es la poesía de Pablo García Baena, todo cántico él, recorriendo campos elíseos, entristecido porque el lecho está ocupado o pastoreando las horas entre carnales espumas Homenaje a Senghor Soyinka, Soyinka el yoruba orgulloso. Algo hay en él de un Tío Tom liberado y liberador, con esa voz que parece surgida de las raíces del tiempo y de la noche africana. Recita con aires de hechicero (no crean, no se come a nadie, tiene un humor tan blanco como sus dientes) y le canta a los árboles, y él mismo se hace árbol, se hace santuario asegurado, monarca del tiempo y del espacio, guardián de distantes colmenas de pulsos humanos Pero entre tanto duende sólo faltaba un hada, entre tanto poeta sólo faltaba la musa. Y la musa también lleva nombre de poeta: Sophie Auster. Definitivamente lo suyo no es cantar, sencillamente por su voz hablan los ángeles, que anoche llevaron Ángel González, Adonis, Bousoño, Walcott, García Baena, Soyinka y Carrère (de izquierda a derecha) ayer en Oviedo para empezar las alas de El amante de Paul Eluard. Ida el hada, llegó el mago, el senegalés de sienes por las que he ido pasando el tiempo un día y otro día: Charles Carrére. Su misión anoche, la de homenajear a su compatriota Leopold Senghor: Senghor, Senghor, Senghor el nombre del patriarca resuena entre su pueblo, ayer, el de Oviedo. Esculpido tam- tam, denso tam- tam... mujer desnuda, mujer negra... gacela de celestes nexos, a la sombra de tu pelo se ilumina mi angustia en los cercanos soles de DEREK WALCOTT Poeta y premio Nobel de Literatura El poeta está obligado a decir la verdad, sea cual sea el daño TEXTO: IKER CORTÉS OVIEDO. -En alguna ocasión ha definido la poesía como un enamorarse del mundo a pesar de nuestra historia ¿Tan pésima es la historia de la humanidad? -Quizás una de las importantes lecciones que nos pueden dar los poetas es que tienen una gran capacidad de aguante, sin desmotivarse. No puedo separar ese enamorarse del mundo del enamorarse de la poesía. Si realmente no fuera así, los poetas dejarían de escribir por todo lo que ha ocurrido. -Así que es válido aquello que dice la canción de que el amor mueve el mundo... -No lo diría en las palabras de la canción popular, sino tomando a Dante. Haría mías las últimas frases del autor en La divina comedia El amor es lo que mueve el sol, así como los otros astros Es una forma más elegante, aunque sí le podríamos añadir una música pegadiza mientras se pronuncian. -Volviendo al tema de la historia, ¿no hay visos para pensar en un futuro mejor? -No quiero ser portavoz de nada a nivel político, pero no me niego a entrar al trapo. Es indudable que el mundo ha cambiado. Antes Alemania y Francia no se podían ni ver, ahora son grandes amigos. Antes Irak era aliado de los Estados Unidos. El pretender juzgar la historia en base a los acontecimientos resulta absurdo. Toda la historia europea, en este sentido, es una contradicción. -Su obra no es muy conocida en España. ¿Le importa no tener una gran repercusión? -No en especial. Mi público inmediato es un único lector (ríe) Me da lo mismo que no me lean mucho por aquí. Eso sí, la cosa cambia con respecto al teatro. No está bien encontrarme con una única persona como público de mis obras (ríe) -Lleva más de 45 años dedicado en cuerpo y alma a su compañía, Trinidad Theatre Workshop. ¿En qué género se encuentra más cómodo, poesía o drama? -Como mis obras de teatro están escritas también en verso, no percibo un gran cambio puesto que mi forma de concebir la métrica no varía.