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ABC MIÉRCOLES 22 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC DOS PALABRAS Reclamamos una profundización de la democracia, para que la fe y la ilustración busquen conjuntamente, en ayuda y crítica recíprocas, los fundamentos prepolíticos de aquélla... ADA generación y cada cultura crean sus palabras, aquellas con las que se dicen a sí mismas e interpretan el mundo, crean signos de trascendencia, interpretan la vida humana, alientan su esperanza y organizan la sociedad. No hay vida humana sin ideas que la orienten ni ideas sin palabras que, haciéndolas sonoras, les otorguen credibilidad. ¿Cuáles son algunas de las palabras con las que el siglo XX formuló su experiencia vital y organizó el mundo? ¿Mantienen entera su capacidad iluminadora y transformadora de la realidad o necesitan ser completadas con otras nuevas? Elegimos dos que nos parecen de las más carecterísticas: en política, democracia; y en religión, libertad. Ellas expresan lo que fueron admirables y ya irrenunciables conquistas de la Humanidad. La palabra democracia expresa el acceso de todos los individuos, y con ellos de las masas, a las decisiones que determinan el destino de los grupos y de los pueblos. La palabra libertad expresa el otro polo esencial a la existencia, junto con la verdad y la autoridad. Esas dos conquistas deben ser completadas a la luz de las nuevas experiencias históricas. C fruto de una cultura particular, la europea, y de una religión particular, el cristianismo, y solo válidos para ellas? La democracia actual no tiene recursos suficientes para responder a esos imperativos, ya que si hoy tales propuestas o reclamaciones son minoría, en no largo plazo serán mayorías y desde el puro ejercicio del voto se instaurarán nuevas leyes, que contravendrán frontalmente lo que ahora son fundamentros de la conciencia, la sociedad y la vida europeas. El crecimiento demográfico mínimo en los países europeos y el crecimiento demográfico máximo en los países islámicos plantean cuestiones y desafíos ante los que estamos cerrando los ojos i este es el reto, ¿cuál es la respuesta? Llevar a cabo una honda reflexión antropológica para mostrar la universalidad objetiva de los mejores logros de la cultura europea a la vez que sus límites y degradaciones. Uno de esos límites es la ceguera que Europa ha mostrado en los tres últimos decenios para la realidad religiosa, la experiencia de Dios y la capacidad identificadora que poseen las comunidades creyentes. Se ha declarado a todo esto resto arcaico de fases preilustradas. Y al comunitarismo sustentador de identidades y acogedor de una memoria histórica nutricias sólo se ha sabido contraponerle un liberalismo individulista y un laicismo desarraigador. Entretanto ha tenido que comprobar cómo este último estaba provocando el nacimientro de un fundamentalismo radical, y que con la simple categoría de laicidad no hacía justicia a las situaciones nuevas. De ahí que el propio J. Baubérot, titular en París de una cátedra en la EPHE dedicada a estudiar esa materia, haya reclamado una laicidad laicizada es decir una comprensión de la realidad que abra el espacio teórico y práctico necesario, para aquel ejercicio de la libertad que se realiza a sí misma en dimensión religiosa. Por eso, justamente él discrepó del informe dado por la Comisión Stasi, que negaba la legitimidad del velo en las escuelas francesas. La laicidad ha dado sus frutos frente a totalitarismos y confusiones de trono y altar, pero elevada a categoría absoluta se ha revelado inhumana por negadora de derechos humanos fundamentales. ¿Qué ocurrirá el día en que el ejercicio de la libertad religiosa lleve consigo el cuestionamiento de los ideales y valores sobre los que se sustentan la separación de iglesia y sociedad, la autonomía del Estado, la familia monógama y el valor sagrado de la persona desde sus inicios hasta sus fines? ¿Cuál será el deber del Estado, legítimamente constituido, frente a tales degradaciones de lo humano y tales negaciones de las conquistas históricas? ¿Qué hacer ante sociedades secretas y poderes económicos que invierten en instituciones religiosas a través de las cuales se promueven actos terroristas o proyectos educativos que se orientan a tales fines? Si las religiones deben estar y ser vividas a la altura de la conciencia S ccidente ha hecho de la democracia una categoría suprema en un momento histórico en que los ideales morales y religiosos derivados del humanismo clásico, de la revelación judeocristiana y del pensamiento ilustrado alimentaban las evidencias determinantes de la vida humana. Esas tradiciones éticas, religiosas e históricas constituían los fundamentos prepolíticos, no cuestionados. Se ha repetido que la democracia se alimenta de raíces y nutre de una savia que brota en terrenos más allá de ella misma, y que cuando esos hontanares dejan de manar se seca y deja de dar frutos humanizadores. La experiencia histórica del siglo XX en Europa ha mostrado que no todo es resoluble por la mera manifestación del voto y por las decisiones de las mayorías parlamentarias. Algunas de estas, directa o indirectamente, condujeron al genocidio y a la aniquilación de masas enteras. Hay realidades inviolables; hay responsabilidades indeponibles; hay deberes que hay que cumplir siempre; hay necesidades que no se pueden dejar de saciar; hay derechos que nunca se pueden conculcar. El Estado se fundamenta en la justicia, en la verdad y en la realidad, que nos preceden y vamos descubriendo. El islam está poniendo a la cultura y la política europeas ante dilemas para los cuales estas, en su autocomprensión actual, sólo tendrán respuesta válida si ahondan, purifican y extienden sus categorías. La democracia, los derechos humanos y el pluralismo ya son realidades innegables. Pero ¿qué ocurrirá el día en que por métodos democráticos se anulen ciertos derechos humanos? ¿Cómo responder el día que alguien proclame desde estrados, cátedras o púlpitos que los derechos humanos, tal como nosotros los presentamos, son O histórica y los estados deben respetar la libertad religiosa, quiere esto decir que estamos todos ante un necesario diálogo de fondo para descubrir, aceptar y defender esos fundamentos de humanidad, en los que se basa nuestra dignidad y futuro. Ni el Estado para liberarse de tales problemas puede remitirse a una laicidad violenta que desatiende o niega la dimensión religiosa de la existencia humana, ni las religiones pueden recluirse en una torre de marfil, apoyándose en el derecho de libertad religiosa, para campar por sus respetos y acampar en guerra contra la sociedad. El cristianismo no tiene secretos: ha mostrado su ideal de humanidad, ha sido uno entre los factores decisivos en el descubrimiento, afirmación y defensa de la persona, de los derechos humanos y de la esperanza absoluta para el hombre. Su relación con la ciencia, la biotecnología y la sociedad ha sido tensa y por ello fecunda, ya que en ese diálogo se han ido descubriendo y defendiendo dimensiones de la vida humana, que son unas y otras esenciales. El cristianismo afirma la necesidad de crear en la sociedad los marcos jurídicos para que quienes creen en Dios le veneren individual y colectivamente, y a la vez reclama que esa ejercitación de la vida humana sea reconocida y valorada con la misma dignidad que la ejercitación ética, estética, lúdica y política. Pero también afirma, reclama y respeta el derecho y deber del Estado a defender lo que siempre se llamó bien común que, si es tal, puede llevar consigo una cierta limitación de realidades particulares. Aquí estamos siempre a la búsqueda de un difícil equilibrio. esde esta perspectiva reclamamos una profundización de la democracia, para que la fe y la ilustración busquen conjuntamente, en ayuda y crítica recíprocas, los fundamentos prepolíticos de aquélla, para que la esperanza absoluta y las esperanzas temporales funden, sostengan y garanticen lo humano. Reclamamos una reflexión sobre la dignidad y los límites de la libertad religiosa, para que ésta no sea pretexto o cobertura de ideas, acciones e instituciones que niegan la dignidad humana o el orden social. Es un diálogo abierto y siempre pendiente porque la plenitud del hombre la vamos descubriendo y conquistando. En el entretanto de ese camino hay que pensar y realizar juntos lo que ya es común, evitando lo que niega, ofende o margina al prójimo. Las conquistas en humanidad nunca están definitivamente afianzadas; tienen que ser reafirmadas, corregidas y completadas desde las luces y sombras que vamos descubriendo sobre la marcha en el camino de la vida. La mejor manera de afirmar la democracia y la libertad es corregir sus defectos de interpretación y ensanchar las fronteras de su aplicación. D OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL