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ABC LUNES 20 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ROSA PÚRPURA AN a por ella como en su momento fueron a por Nico Redondo, los últimos vestigios de un tiempo en el que el PSOE aún apostaba por un frente constitucionalista en el País Vasco. Con Zapatero al frente, por cierto, aunque ya queda claro que el ahora presidente iba a regañadientes en esta estrategia, en la que quizá nunca llegase a creer. Nico dio un paso atrás cuando lo defenestraron, porque se siente socialista desde la gestación y jamás hará nada que pueda perjudicar al partido, pero Rosa Díez, que aún no está liquidada, parece dispuesta a dar la batalla mientras le quede un soplo de aliento político. Y tiene un acta de europarlamentaria que no le pueden quitar. De momento. Lo que molesta de Díez no es que sus tesis IGNACIO sobre el terrorismo pueCAMACHO dan coincidir con las del PP, sino que muestra, como Redondo y algunos otros- -cada vez menos, porque la mano del poder es muy larga- que puede hacerse otro discurso desde el PSOE. Y como no tiene las hipotecas de un Bono o un Ibarra, está dispuesta a pronunciarse en público cada vez que alguien le pone delante un micrófono o una página. Además, su voz resuena bien fuerte en la Eurocámara, donde el Gobierno necesita un altavoz que amplifique sus consignas sobre el proceso de paz una rueda de molino con la que Rosa no acaba de tragarse la comunión del optimismo antropológico. Nunca ha sido cómoda, ni tampoco lineal en sus idas y venidas por el interior del partido, pero ya se ha vuelto definitivamente un estorbo. De modo que la han sacado de la comisión en la que se debaten los asuntos de terrorismo. Depuración se llama esa figura. La disidencia respecto al diálogo con ETA es ya muy espinosa para el zapaterismo, en vista de que el tiempo pasa y no aparecen los esperados signos del otro lado En estas condiciones, y con mucha gente preguntándose ya desde dentro hasta cuándo va a dejarse chulear el Gobierno, los Pepitos Grillos resultan demasiado embarazosos. La acusación de compartir las tesis con el PP es significativa de este estado de nervios: precisamente lo que la mayoría de los españoles quisieran es que PP y PSOE unificasen de nuevo sus criterios antiterroristas. Que están por escrito, dicho sea de paso, en ese Pacto ahora convertido en papel dolorosamente mojado, tinta que ha de borrar el agua, que diría Alberti. Lo que más vale no pensar es que la depuración de Rosa Díez responda al deseo de ofrecer a Batasuna un panorama institucional más despejado. Digo que más vale no pensarlo porque, de ser cierto, supondría nada menos que dejar en manos de los etarras la estrategia socialista en un foro como el Parlamento Europeo. Pero hay precedentes: a Paco Vázquez lo han mandado a Roma para que no entorpezca el pacto con el nacionalismo gallego. Igual a Díez le acaban ofreciendo otra embajada. Me decepcionaría que, llegado el caso, la aceptase. V APOTEOSIS DEL RADICALISMO N su Tercera de ayer, Zarzalejos citaba un ensayo de Denis Jeambar donde se afirma que se está desarrollando una nueva forma de democracia que ni siquiera es ya opinión, sino emoción La frase me ha encogido el ánimo, pues en su muy sucinta formulación acierta a describir el proceso entrópico que corrompe la política nacional, cada vez más entregada al albur de emociones viscerales que quizá halaguen ciertos atavismos del electorado (o, mejor dicho, de ciertos segmentos extremos del electorado) pero que, desde luego, amenazan con arrasar cualquier vestigio de racionalidad, y aun de sentido común, en el desempeño de la actividad pública. Esta carga de emotividad, que antaño se circunscribía a aquellos ámbitos donde la política se enfangaba de burdos proselitismos (campañas electorales, convenciones de partido y demás calenturas avivadas por el ardor de la JUAN MANUEL multitud) ha invadido otros espaDE PRADA cios que hasta hace bien poco parecían inaccesibles a ciertos automatismos del sentimiento. Este clima ha encontrado en el presidente Zapatero su máximo adalid: muchos de sus esfuerzos (aun en materias tan delicadas como la lucha antiterrorista) están animados por un voluntarismo que causa desconcierto incluso entre sus propios adeptos; otros remejen en esos territorios inflamables que la prudencia aconseja dejar en manos de historiadores (así, ese bodrio cainita de la memoria histórica y, en fin, en su acción política se descubre siempre un apetito descontrolado de transformación- -nada que ver con el regeneracionismo- -que tritura entre sus fauces tanto la pacífica convivencia de los ciudadanos como la propia configuración del Estado. Este ímpetu emotivo, que no aspira tanto a satisfacer los intereses generales como a colmar aspiraciones (muchas veces fundadas en el resentimiento o el E mero capricho) de difusas colectividades, muy bien podría acogerse a la segunda acepción que el diccionario atribuye a radicalismo Conjunto de ideas y doctrinas de quienes pretenden reformar total o parcialmente el orden político, científico, moral y aun religioso Diríase que la izquierda gobernante, descreída de los postulados tradicionales de su ideología (bien porque se han demostrado ineficaces, bien porque han terminado siendo asimilados por el adversario y, por lo tanto, han dejado de ser distintivos) se hubiese entregado a una orgía de emotividad que, a la vez que satisface apetencias sectoriales, desvirtúa instituciones jurídicas milenarias, dinamita los cimientos de entendimiento social que facilitaron la transición, fomenta la anomia y hasta somete el ordenamiento constitucional a contorsiones forzadas que a la postre terminarán instaurando el caos. Pero ese a la postre nada importa al radicalismo emotivo, que obedece a impulsos impremeditados y se alimenta de beneficios inmediatos, de ese cúmulo de satisfacciones instantáneas (y por ello mismo perecederas) que provoca en ciertos sectores del electorado. Para completar cuadro tan descorazonador, la facción opositora se entrega a otra forma de radicalismo que también contempla el diccionario: Modo extremado de tratar los asuntos Jaleada por pescadores en río revuelto, y regodeándose en los atavismos más perniciosos de la derecha, la facción opositora parece renegar del riquísimo acervo conservador y liberal, para instalarse en una postura también emotiva (así, por ejemplo, ese absurdo empeño por mantener vivas ridículas especulaciones conspirativas en torno al 11- M) que, a mi juicio, beneficia paradójicamente al Gobierno, pues completa su estrategia de paulatina radicalización de la sociedad (y, puestos a ser radicales, siempre la izquierda lleva las de ganar) ¿Tan difícil resulta mantener la cordura, en medio de tanta emotividad exasperada y exasperante?