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ABC DOMINGO 19 3 2006 53 El turismo musical se refuerza con nuevas ofertas: ABC repasa el calendario de los principales festivales Roma dedica a Antonello da Messina la mayor retrospectiva jamás realizada: se reúnen 36 de sus 45 obras JAIME GARCÍA triona a menudo recibe a sus invitados sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín, situado en una tarima recubierta con una alfombra. A lo mejor hay vino malagueño para los caballeros y agua con hielo o ponche para las señoras. Y a veces se ofrece un ambigú, un bufé ligero. Deberíamos imaginar los grandes salones de la casa iluminados por candelabros de araña, pero con pocos muebles, y si acaso algunas sillas bajas. Las paredes probablemente estarán encaladas, aunque ya se empieza a usar el papel, otra concesión al estilo francés. Por último, podríamos dirigirnos a un teatro. En 1760 hay dos teatros en Madrid: el Coliseo de la Cruz, entre la Puerta del Sol y la Plaza Mayor, donde se interpretan las obras en un corral, reconstruido 20 años antes bajo la dirección del arquitecto Pedro de Ribera, un discípulo de Churriguera; y luego está el corral del Príncipe, no muy lejos, al Este de la que hoy es la Plaza de Santa Ana, pero que en nuestra edad de oro se encuentra frente al (ahora destruido) Convento de Santa Ana, que por aquel entonces albergaba a carmelitas descalzas. La entrada al Príncipe puede resultar desagradable: la primera decepción es el acceso. Hay que pasar por un estrecho corredor que parece un embudo y, aunque sólo mide tres metros de largo, tiene dos taquillas contiguas en las que se pagan dos tarifas distintas (no hay entradas) A uno le frenan las nutridas oleadas de gente, el intenso calor, y el fétido olor que emana de los primitivos retretes y a veces de la propia muchedumbre. Ambos teatros son reconocidos en el siglo XVIII por un tipo de producción distinta a la que caracterizará al teatro español dos siglos después. Son las tonadillas y los sainetes. Las primeras eran canciones satíricas interpretadas normalmente por las actrices de la obra principal. El argumento podía ser sencillo, como el amor de una gitana por un tabernero. Actuaban cantantes conocidas, como Teresa Garrido, que fue la primera actriz que se acompañó sólo con una guitarra. El sainete era una obra breve en un acto. Supuestamente, la palabra se deriva al parecer del término correspondiente a la médula ósea o el cerebro de un pájaro al que ha matado un halcón, y que luego se ofrece a éste como bocado de cardenal Los personajes a menudo pertenecían a la clase trabajadora y parodiaban la realidad de la sociedad española. Las actuaciones en estos teatros suelen durar unas tres horas, y por lo general comienzan a las cuatro de la tarde. El primer acto de la obra principal va seguido de un intervalo, en el que se canta una tonadilla y se representa un sainete. Luego llega el segundo acto de la obra, y puede que haya otra tonadilla u otro sainete. A continuación viene el tercer acto de la obra. Los sainetes de la década de 1760 a menudo los presenta la compañía de una famosa y joven actriz, María Ladvenant La Divina. La estrella Me gustaría ver este Madrid vibrante del siglo XVIII rememorado en un museo urbano realista La década de 1760 en la capital ofrecía muchas carcajadas, bromas ingeniosas y abundante música en vivo regala a sus seguidores- -los denominados chorizos- -cintas doradas de seda. María sólo tiene veintitantos años. Empezó a aparecer en los escenarios en 1759, y desde entonces ha actuado en toda clase de obras. Pero el teatro no es el único placer del viejo Madrid. Como España es España, con frecuencia hay bailes en las fiestas, normalmente dirigidos por un bastonero, un maestro de ceremonias elegido entre los invitados y que debe estar lo bastante bien informado como para lidiar con los prejuicios de los demás bailarines. La música la puede ofrecer una banda de músicos ciegos que toquen guitarras, violines, flautas u oboes, e incluso trompas y violones. Esos bailes normalmente comienzan y acaban con minués (que a menudo se bailan con los sombreros puestos) y también hay viejos favoritos, como las contradanzas. Están también los bailes de candil, que sólo se iluminan con toscos farolillos. Se trata en realidad de clubes nocturnos. Las puertas están abiertas a cualquiera que desee entrar, y en el interior se puede ver a majos y majas, un fenómeno social muy curioso que nunca deja de deleitar. Se trata de derrochadores de clase trabajadora que se visten elegantemente y fingen una elaborada aunque irónica cortesía. Se bailaba el fandango. A finales de la década de 1760, Casanova escribía sobre un baile de máscaras en Madrid: Lo que más me gustó del espectáculo fue un maravilloso y fantástico baile que dio comienzo a medianoche... el famoso fandango... Cada pareja baila sólo tres pasos, pero los gestos y las actitudes son de la mayor lascivia imaginable... También tenemos la seguidilla, no muy diferente del fandango, aunque con un efecto distinto, y que suele estar interpretada por cuatro parejas al ritmo de la música de una guitarra y castañuelas. Ambos bailes son acompañados por la voz de un cantante que normalmente interpreta estrofas de cuatro versos con un estribillo. Me gustaría ver este Madrid vibrante del siglo XVIII rememorado en un museo urbano realista, en el que uno pueda pasear hasta el viejo régimen. Es imposible el no sentir una especie de añoranza por aquellos días. Por supuesto, no había democracia, ni partidos políticos ni periódicos, ni las linternas mágicas que son las televisiones. La medicina era inadecuada, la enseñanza mínima. Los olores eran fuertes. El Santo Oficio sobrevivía, pero a pesar del asunto de Olavide era cada año más débil. La injusticia abundaba, y las influencias desempeñaban un papel desproporcionado. Era desagradable el tener que buscar la reunión con el amigo de una amiga de un ministro del Rey para cualquier favor. Pero una versión de estas cosas sigue siendo normal en todos los países. Leyendo la literatura de aquellos días- -sobre todo, los sainetes de Ramón de la Cruz- -nos damos cuenta de que hemos perdido algo. Algo. Decir con exactitud qué es lo que hemos perdido es difícil de definir. Sería un tema interesantísimo para un libro. Había un libro así en Inglaterra, El mundo que hemos perdido de Peter Laslett. La década de 1760 en Madrid ofrecía muchos placeres frescos, muchas carcajadas, abundante música en vivo y muchas bromas ingeniosas. Había un sentido del optimismo y después de Feijóo una creencia en el progreso. Había mucha tolerancia con el excéntrico, dosis abundantes de caridad (aunque habitualmente eclesiástica) y poca intrusión por parte del Estado. Había un duro sistema de clases establecido, pero los criados eran a menudo impertinentes y, como solían ser más listos que sus señores, se mofaban con frecuencia de ellos, -como demostró el dramaturgo francés Beaumarchais en sus mágicas obras inspiradas en esa época. Como es natural, debemos insistir en la superioridad de nuestros tiempos- Pero un museo de verdad realista al estilo del de Edo nos plantearía numerosas preguntas curiosas y molestas. Hugh Thomas