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52 DOMINGO 19 3 2006 ABC Cultura y espectáculos El historiador recorre el vibrante Madrid del siglo XVIII para reivindicar un museo que recree el pasado de la capital en la época de Carlos III, antes de que la Revolución Francesa destruyera lo que Talleyrand denominaba la dulzura de vivir Un museo del pasado verdadero POR HUGH THOMAS Lord Thomas de Swynnerton es historiador En pleno centro de Tokio hay un magnífico museo dedicado al periodo Edo de la historia japonesa, esos dilatados siglos de aislamiento consciente en el que insistieron los gobernantes de Japón para protegerse de los riesgos de contacto con Occidente. En él hay numerosas réplicas de casas tradicionales, y también mercados callejeros, posadas, una atalaya de vigilancia de incendios, casas de vecindad, tiendas de arroz y verduras, y joyerías. Se pueden ver gatos durmiendo en los tejados, oír a perros ladrando, observarles aliviándose contra una pared, y contemplar a los caracoles trepando por los árboles. Se puede escuchar el chacoloteo de los cascos de los caballos en los caminos principales y a vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Los pájaros cantan. Uno tiene realmente la impresión de que ha vuelto al pasado. Sería deseable un museo similar en Madrid para recrear el pasado de la capital en la época de Carlos III, antes de que la Revolución Francesa destruyera lo que Talleyrand denominaba la dulzura de vivir El museo podría concentrarse en la Puerta del Sol, por aquel entonces algo más pequeña, pero más elegante que ahora. Las calles que partían de la plaza llevaban los mismos nombres que en la actualidad, pero entonces estaban bordeadas por casas de malicia las viviendas de una sola planta que prefería la mayoría de la gente de la época para evitar los impuestos que había que pagar por los edificios de dos pisos. Pocas tenían cristales en las ventanas, ya que eran demasiado caros y se consideraba demasiado francés, y la gente de Madrid por aquel entonces, al igual que en épocas posteriores, hacía esfuerzos desesperados, aunque infructuosos, por evitar cualquier cosa que oliera a Francia. Ninguna de estas viviendas se conocía por su número, ya que lo que se contaba eran las manzanas. Muchas de esas calles estaban pavimentadas, con una alcantarilla en el centro, pero estaban cubiertas de barro y desperdicios. Las puertas de las casas eran utilizadas por los transeúntes que necesitaban aliviarse como si fueran perros. Los cerdos deambulaban en libertad. Una joven campesina de uno de los brillantes sainetes de Ramón de la Cruz había imaginado antes de llegar a la capital que las calles estarían cubiertas de blandos cojines. Pero, en lugar de eso, parecían estar pavimentadas con puñales. Sin embargo, por la noche, una institución municipal conocida como la marea una serie de carros provistos de cepillos que giraban a baja altura y recogían los trozos de basura más pesados, realizaba algunas tareas de limpieza. Frente al carro iban hombres portando antorchas y, tras él, otros barrían más basura con escobas. Esta pestilente procesión levantaba mucho polvo y causaba cierta angustia entre quienes regresaban de una fiesta. Lo que nos hubiera parecido más sorprendente de este viejo Madrid que se abre ante nosotros es el grado en que la ciudad estaba dominada por la religión. Jovellanos comentó a su llegada a Madrid a finales de la década de 1760 que la capital tenía más iglesias que casas, más sacerdotes que personas laicas, y más altares que cocinas; incluso en las mugrientas entradas de las casas, y hasta en las viles tabernas, se pueden ver pequeños altares, una mezcolanza de artículos de cera, pequeños cuencos de agua y lámparas religiosas. Apenas se puede dar un paso sin toparse con alguna cofradía o procesión, o una reunión de gente recitando el rosario Para recorrer nuestra reconstruida ciudad, viajaremos preferentemente en un palanquín portado por criados. Haremos esperar a estos pacientes portadores mientras pasamos por la moderna iglesia del Buen Suceso, en la esquina de la Puerta del Sol, entre las calles San Jerónimo y Alcalá, donde hoy se alza el Hotel París. La propia iglesia está dominada por prostitutas que rezan, carteristas beatos y frailes que predican. Fuera, en La Mariblanca, coronada por una estatua de Venus, ante el Hotel París la escalinata, numerosos timadores prometen fortunas a cambio de una moneda o dos. Reclaman atención a la entrada de la iglesia con cantantes de baladas ciegos, e incluso con abates esos misteriosos clérigos no clericales que se ofrecen como escritores profesionales de cartas. Frente a la iglesia se encuentra la muy querida fuente conocida como la Mariblanca, coronada por una estatua de Venus. Allí, sumergiendo sus jarras en el agua de la fuente, suele haber uno o dos portadores de agua, generalmente gallegos. Una canción insiste: El que buscare mujer doncella limpia y callada vaya a la Puerta del Sol que allí tiene a Mariblanca En nuestra reconstruida Puerta del Sol también hay dos conventos: primero el de San Felipe el Real, con una espaciosa lonja, justo donde nace la calle Mayor; y, segundo, el de Nuestra Señora de la Victoria, al principio de la calle San Jerónimo, más o menos donde se encuentra actualmente el restaurante Lhardy. La lonja de San Felipe es conocida como las Gradas o el Mentidero un lugar en el que la gente cotillea y discute (no hay periódicos de los que hablar) mientras que, debajo de ella, 34 pequeñas jugueterías conocidas como las covachuelas suelen estar atestadas de niños que examinan caballos de madera o caros juguetes alemanes. La Victoria, el convento de Mínimos de San Francisco de Paula, se fundó en 1572 para conmemorar la gran victoria de Lepanto. El edificio más alto de la plaza es un hospital para niños abandonados que se encuentra entre las calles Carmen y Preciados. Una tropa de soldados se ha instalado por alguna razón que desconocemos en la planta baja: quizá sea un ejemplo poco común de una afinidad entre el Ejército y la beneficencia. Si es entre la una y las dos de la tarde, tal vez podamos contemplar en la Puerta del Sol la simpática imagen de uno o dos elegantes petimetres que aparecen durante un minuto o dos, y escucharles farfullar unas cuantas frases en italiano o francés que quizá no entiendan ni ellos mismos, antes de que entren dando tumbos en la iglesia del Buen Suceso para una oración rápida. El siglo XXI no tiene nada ni remotamente parecido al encanto de estos rutilantes fantaseadores. Luego podríamos asistir a una tertulia en casa de una anfitriona famosa, por ejemplo, la de la Condesa de Fuenclara, en la esquina de la calle Fuencarral. Puede que también haya juegos, un poco de baile (sobre todo en invierno) e incluso apuestas, aunque están prohibidas, y, cómo no, algunos refrigerios. La anfi- El museo podría concentrarse en la Puerta del Sol, por aquel entonces algo más pequeña, pero más elegante que ahora Pocas casas tenían cristales en las ventanas; eran demasiado caros y se consideraba demasiado francés