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40 Madrid DOMINGO 19 3 2006 ABC Son muy jóvenes, incluso menores. Media docena de chicas intentan recomponer sus vidas gracias a la ayuda de Apram, que las ha sacado de las calles tras una larga huida llena de luces y sombras y les brinda acogida y formación. La mayoría desea regresar a su país Si queréis comer, ya sabéis: ¡Putear o robar! TEXTO: M. J. ÁLVAREZ FOTOS: JULIÁN DE DOMINGO, JAIME GARCÍA MADRID. Son como las meigas: haberlas, haylas Aunque no sea políticamente correcto reconocerlo y nadie se atreva a decirlo en voz alta- -ni siquiera las propias afectadas- en el negocio de la prostitución hay menores de edad. Son objeto de deseos lascivos, cotizan al alza en este mercado carnal y, como es obvio, son las peor paradas, las más vulnerables. Abandonan su país por voluntad propia y con documentación falsa para hacerse pasar por mayores de edad, bajo promesas de un empleo con un buen sueldo en la mayoría de las ocasiones. Huyen de una precaria situación socio- familiar y económica para terminar perdiendo su libertad, sometidas a un control férreo. ABC habló con media docena de ellas, a salvo, gracias a la ayuda de la Asociación de Prevención y Asistencia a la Mujer Prostituida (Apram) Les brindan acogida, protección, apoyo, formación y asesoramiento. Andrea y Giovanna Rumanas, menores de edad Para escapar del encierro robamos en un centro comercial Como mucho, tienen 17 años, aunque digan tener 19. En su país iban a la escuela y trabajaban. Son del campo, de familias humildes. Andrea y Giovanna (nombres ficticios) llevan un mes escaso en España: la primera entiende un poco el español, la segunda, ni una palabra. Cuando mi padre se casó con otra mujer- -dice Andrea, huérfana de madre- -me fui a vivir con mi hermana y sus hijos. El dinero faltaba. Un día, en la calle, se nos acercó un chico. Nos dijo que si queríamos ganar dinero que viniésemos a España a trabajar como internas. Mi hermana no me dejó. Cuando ingresó en el hospital para dar a luz, Giovanna y yo nos fuimos con lo puesto. No teníamos dinero para el billete, pero nos lo pagaron ellos -la red mafiosa- El hombre que nos propuso viajar nos acompañó al autobús y nos prestó 1.500 euros a cada una para poder entrar en España como turistas. Entregó nuestros pasaportes al conductor y, al llegar a Madrid, los devolvió al contacto- -el chulo que ejerce el control aquí- -que nos esperaba Giovanna confiesa que su intención de hacer dinero se desmoronó de inmediato y comenzó la pesadilla. Nos llevaron a un piso en Sol en el que estuvimos quince días encerradas. El chulo venía una vez al día y el alimento escaseaba. Pasamos hambre. Una joven rumana se viste, de madrugada, en la Casa de Campo Cada vez llegan más menores para ejercer porque así lo demandan los clientes del negocio El proxeneta nunca está visible. El control del tiempo y el dinero lo realizan otros miembros de la banda Empezó a echarnos en cara la situación y nos dijo: ¡Si queréis comer, ya sabéis lo que tenéis que hacer: o putear o robar! Se negaron y comenzaron las amenazas, palizas y los intentos de violación. Con la excusa de ir a sustraer comida, una mañana salieron a la calle acompañadas por el proxeneta. Se dirigieron a un centro comercial y, mientras él esperaba fuera, ellas no perdieron el tiempo. Para llamar la atención empezamos a coger cosas y a meterlas descaradamente entre nuestras ropas. Así nos retuvieron y, en lugar de detenernos, les contamos lo que nos sucedía y nos ayudaron: llamaron a la Policía y ésta a Apram Siguen en un piso de esa entidad, a la espera de que finalicen los trámites del consulado para retornar a su país voluntariamente. La experiencia las ha cambiado. Queremos hacer estudios superiores y, mientras, trabajar para poder costearlos Nadia Rumana, 21 años Me vendieron a otra banda porque no hacía dinero Aún no ha superado las secuelas del horror que ha dejado atrás; sigue vivo en su memoria. El trauma se refleja en su rostro y en su cuerpo. Está en los huesos, a pesar de que ha ganado peso en el mes que lleva alejada de tanto espanto en el piso protegido de Apram. Solloza, mientras relata un drama que ha durado dos años. Ella sí sabía a lo que venía y aceptó cuando se quedó en paro. Empecé en Almería y me vendieron porque no hacía dinero. No sé por cuánto. Me amenazaban con hacerle daño a mi familia. Acabé en Madrid. Siempre vigilada. Me quitaban el dinero y no podía mandarlo a mi casa. No podía salir sola y no me dejaban hablar con mis compañeras del piso. El chulo nos amenazaba por teléfono- -jamás le vi- -y, aquí, una mujer ejercía el control y nos pegaba. Nunca libraba. Empezaba a trabajar a las cinco de la tarde y acababa al día siguiente, nunca sabía a qué hora; dependía de la recaudación y de lo que hacían las chicas de otros grupos. Nos decían: ¡Si ellas siguen vosotras también! Tenía dos o tres horas para descansar o dormir. No hablaba. No comía. ¡No podía más! Prosigue: Estaba tan débil que un desconocido que me vio sentada en un bordillo en la Casa de Campo se ofreció a ayudarme. No le dejé. Una semana después la misma persona avisó a la Policía y acabé en el hospital Concluye: Yo sólo deseo volver a mi país, estar tranquila y tener un trabajo decente; ahora entiendo que el dinero no es lo más importante Perdió el pasaporte que apareció hace poco... en Rumanía. Cuenta los días para abrazar a su madre.