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ABC SÁBADO 18 3 2006 Los sábados de ABC 101 mesa son simplemente... ¿soberbias? No se lo pierda. Dejemos de levitar con las panorámicas; en la parte inferior del valle abundan los itinerarios entre masas boscosas, mientras que la zona alta del glaciar presenta áreas totalmente limpias y delimitadas por auténticas murallas de piedra que se elevan con una fuerza de vértigo hacia un cielo que, aseguran, luce despejado 300 días al año. En cualquier caso, y si la meteorología nos pretende jugar una mala pasada, en la zona inferior siempre hay dos áreas abiertas, o se puede probar suerte en las vecinas Saas Almagell o Saas Grund, basta con coger el autobús y bajar unos minutos. Lo que no se puede hacer en Saas Fee es abandonarse al fuera de pista; el peligro de aludes y grietas es considerable fuera de las zonas señalizadas. Recuerde que esquiamos sobre un glaciar; de manera que para dar rienda suelta a los instintos hay que conformarse con alguno de los dos snowpark de la estación o desfogarse en el área de freeride Weisse Perle, cercana a Spielbolden. Ésta última opción es particularmente recomendable si tenemos la suerte de pillar una buena nevada que deje bien alfombradito el recorrido con nieve polvo; nada que ver con las pistas pisadas, deslizarse hundido en la nieve hasta la rodilla es otra sensación. Casi como flotar sobre una corriente de agua. hasta Brig. Allí, justo en la puerta de la estación, esperan los autobuses amarillos que en poco más de una hora te llevan a Saas Fee. En total, unas ocho horas de viaje, nada monótonas. El equipo se puede facturar con Swiss desde el aeropuerto de Barajas y despreocuparnos de él hasta que lo recojamos en el hotel. Pero la verdad es que merece la pena alquilar el material allí; raro será que no tengan ese fabuloso equipo que siempre soñó mellar EL GUINDO MÓNICA F. ACEYTUNO LA ALEGRÍA DE VIVIR M Rutas alpinas Aunque pueda parecer increíble, la oferta de actividades al margen del esquí alpino es tan interesante en Saas Fee que la duda puede anidar en nuestro corazón. Ya no es cuestión de actividades como el airboarding el snowtubing los clásicos trineos o un ingenioso tobogán de casi un kilómetro de longitud conocido como Feeblitz; no, es aún peor. Si te gusta la montaña y la aventura es incluso probable que pases por Saas Fee y pises las pistas únicamente para iniciar la Haute Route, una travesía de hasta ocho días atravesando desde la propia Saas Fee hasta Chamonix, en Francia, durmiendo cada día en un refugio. Claro que semejante delicatessen no está al alcance de todos. El nivel que se requiere en cuanto a forma física y técnica de esquí de travesía es alto. Pero la recompensa de disfrutar de un entorno absolutamente salvaje y cautivador no tiene parangón con ninguna otra actividad. Llegar a Saas Fee Amigo esquiador, si algo bueno tiene la globalización, es que pocos lugares están ya lejos. Viajar desde España al corazón de los Alpes no nos va a llevar mucho más tiempo que hacerlo a los Pirineos. Desde Madrid, lo mejor es coger un vuelo de apenas dos horas hasta Zúrich y, en el mismo aeropuerto, un tren, o dos si hay que cambiar en Berna, Pabellón de hielo En Saas Fee no sólo tenemos el funicular subterráneo y el restaurante más alto del mundo, sino que además podemos disfrutar del pabellón de hielo más grande conocido. Seis meses se tardó en construir esta maravilla excavada en 1992 en el hielo a golpe de motosierra, hachas, martillos y alguna que otra excavadora. Dentro, todos los secretos de los glaciares son explicados en el mejor parque temático imaginable sobre estos fenómenos geológicos. Ciencia y arte, en su versión más gélida, se van a dar la mano en las diferentes áreas que conforman esta sorprendente construcción, en la que tan pronto se pueden admirar esculturas de hielo como adentrarse por un túnel de 54 metros bajo la propia superficie del glaciar; muy curioso. Más información: www. matterhornstate. ch www. saas- fee. ch www. swiss. com www. eispavillon. ch www. duglacier. ch En sus pistas se han entrenado mitos del esquí como Alberto Tomba o el inigualable Pirmin Zurbriggen Su restaurante giratorio a 3.500 metros (el más alto del mundo) no tiene parangón en todos los Alpes e ha llamado la atención, por su inconsistencia, el mural de Picasso La alegría de vivir Antes de seguir escribiendo, tengo que reconocer que no lo he visto más que en fotografías y muy fugazmente en los telediarios, junto a otros trabajos que llegan por vez primera a España gracias a las reformas del castillo Grimaldi de Antibes, en la Costa Azul. Qué feliz tuvo que ser Picasso en este castillo que le dejaron para que pintara a su aire con todo el espacio del mundo, vestido de marinero, comiendo erizos de mar y sandías, que salen en los cuadros, rojas y abiertas, llenas de pepitas. Lo que he visto de un vistazo me ha dado la impresión de algo que se ha pintado a toda velocidad, como si Picasso hubiera trabajado queriendo salir cuanto antes afuera para buscar erizos en los charcos de agua. Se nota a la legua que pintó divirtiéndose, alegre de estar vivo y, por lo tanto, huyendo de su arte, hacia el baño en el azul del mar, hacia la libertad del aire libre. La alegría de vivir es eso: escaparse de lo que hay que hacer, y el mural lo refleja perfectamente. Porque la alegría distrae muchísimo, no te deja pensar ni reflexionar, sólo quiere ser vivida. Yo me siento ahora mismo igual que cuando tenía quince años y llegaba la primavera y nos pasábamos las horas del recreo al sol y la ciudad tenía ese aire distinto y daba gusto sentarse en los bancos del parque del Oeste, o caminar bajo las acacias, sin pensar en nada. Sin hacer nada. Y esa alegría no cambia, es igual todos los años, y quisiera ahora mismo estar ahí fuera, bajo el ciruelo florecido de blanco, mirando el reyezuelo listado que veo desde aquí volar feliz, entre las flores que parece libar como una abeja. Dicen los que saben que le costó muchísimo a Picasso pintar La alegría de vivir muchas horas, muchas idas y vueltas, y no me extraña, siendo tan feliz en ese momento, con un castillo para trabajar, y todo el sol y el mar, y una mujer joven y embarazada a su lado, con sesenta y cinco años, como si fuera verdad que la vida puede empezar de nuevo. Era otoño. Pero otoño en el Mediterráneo. Y el mural es azul y alegre. Inconsistente. Igual que la alegría.