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96 Los sábados de ABC SÁBADO 18 3 2006 ABC MARBELLA CLUB Un jovencísimo Carlos Falcó, marqués de Griñón, (izquierda) con Bastiano Bergese (sentado) y el príncipe Alfonso de Hohenlohe, quien hace reír al grupo. La actriz italiana Gina Lollobrigida (derecha) entre dos pérfidos y animados marineros Jimmy de Mora y Aragón y Hohenlohe. Muchos de los visitantes del Marbella Club no pernoctaban en el hotel, sino en sus fastuosos yates que fondeaban frente al mar, y entre ellos estaban Aristóteles Onassis y su entonces inseparable María Callas, o los Niarchos La inauguración de Puerto Banús fue por todo lo alto. Quería rivalizar con los de Mónaco y St. Tropez y para la ocasión vinieron los Príncipes de Mónaco (Gracia era en aquellos años el espejo de las mujeres de medio mundo) y el Aga Khan. Aline Romanones estaba espectacular en su vestido de guipur LAS MIL CARAS DE MARBELLA (Viene de la página anterior) praba una finca en el Mediterráneo en un lugar cálido y paradisíaco. Sin pensárselo dos veces, en 1946, el príncipe Maximiliam cogió su Rolls Royce Phantom, de motor de carbón, y se presentó en Marbella para comprobar in situ las delicias que le contaba su primo. Dicho y hecho. Adquirió la finca Santa Margarita y la presencia de esta familia en Marbella cambió el destino de la ciudad. Un motel en casa Los Hohenlohe iban de castillo en castillo (naturalmente suyos) mientras los hijos crecían. Alfonso, el mayor, con el pretexto de estudiar agricultura marchó a Estados Unidos, donde conoció a toda la jet del momento, incluido el mundo de Hollywood, y a su regreso a España encontró su casa familiar llena de invitados y parientes deseosos de estar lo más lejos posible de la devastada y dividida Europa Central. Esto le animó a montar un pequeño motel, en una parte de la finca familiar (de 64 hectáreas, de las que vendería algu- nas más tarde a familiares y amigos) al estilo de los que había visto en América. Con el apoyo de su padre, que le cedió parte de su finca, y un buen crédito de sus amigos, se puso manos a la obra. Así empezó el Marbella Club, que en su comienzo no fue otra cosa que una vieja casa de labor a la que Alfonso añadió dos alas, un jardín y un pequeño patio donde aparcar los escasísimos automóviles que circulaban por la costa. Estamos en 1954 y el Marbella Club abre sus puertas con diez habitaciones en un ala, ocho en la otra, una más en la torre y una suite, además de salón, comedor y bar. Un total de veinte empleados y 175 pesetas al día de las de entonces (1,07 euros en pensión completa) fue el comienzo de una ilusión y una aventura conocida en todo el mundo. Los primeros huéspedes fueron unos franceses que viajaban desde sus propiedades del norte de África hasta su país. Pasaron por allí y preguntaron si podían dormir esa noche. Tanto les gustó, que se quedaron tres semanas. Después vinieron los ingleses (muchos residentes en Gibraltar) que pagaban su estancia en especie (en España no había güisqui) y el patio de la finca se llenó de coches, que no eran ni el del notario ni el del farmacéutico del pueblo ni el del hacendado Norberto Goizueta (los únicos que en la época lo tenían) El medio de transporte habitual era el burro, pero al Marbella Club llegaban lujosos coches de cientos de caballos. Venía gente atraída por una vida muy sencilla, la de cazar, pescar y bañarse en el mar. Hasta Marbella llegaron todas aquellas personas que Alfonso de Hohenlohe había conocido en Hollywood, Nueva York, México, Montecarlo... Grandes familias de la Europa central como los Bismarck, los Metternick, que veían cómo aquel príncipe con fama de playboy no estaba tan loco como decían, pues hasta se había casado con otra princesa, la bellísima Ira de Fürstenberg, sobrina de Gianni Agnelli, el dueño del imperio Fiat. Tras un periplo por el mundo, la flamante pareja llegó a Marbella, y con ellos, a los pocos días, su primo el conde Rudolf von Schönburg- Glauchau (Rudi) que Vista panorámica del Beach Club en sus comienzos marcó un hito en la profesionalización de la hostelería del Marbella Club. de Prusia (prima de la Reina Doña Sofía) se debe el esplendor del hotel, símbolo del lujo y del refinamiento. Una habitación en los años 57- 58 con comida incluida costaba 285 pesetas; su precio hoy es de 300 euros. Llegaron los gloriosos y locos sesenta, y con ellos su ale- No había salmón ahumado Sus años al frente del hotel fueron los más glamurosos prestigiosos y divertidos de la historia del establecimiento. A él y a su esposa María Luisa