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ABC SÁBADO 18 3 2006 63 Toros FERIA DE FALLAS NOVILLADA MATINAL Zambombazo de César Jiménez; cartelazos de Morante Plaza de toros de Valencia. Viernes, 17 de marzo de 2006. Octava corrida. Lleno. Toros de Las Ramblas, correctos de presencia, salvo el 4 de pobre cara; destacaron los excelentes 6 premiado con la vuelta al ruedo, y 3 el flojito y dulce 5 y el 4 por el pitón derecho. César Rincón, de grana y oro. Pinchazo, estocada atravesada y dos descabellos. Aviso (pitos) En el cuarto, estocada atravesada y dos descabellos. Dos avisos (silencio) Morante de la Puebla, de azul pavo y oro. Media y dos descabellos (pitos) En el quinto, estocada. Aviso (oreja) César Jiménez, de tabaco y oro. Pinchazo y estocada delantera (oreja) En el sexto, estocada (dos orejas) Salió a hombros. Faena de puerta grande de Esteve en un buen debut de Ángel Teruel Z. S. VALENCIA. David Esteve se encontró entre dos nombres de reata taurina: Julio Benítez El Cordobés y Ángel Teruel, que debutaba con caballos. Y Esteve sacó su apellido a relucir con una faena de pura crema. El joven novillero valenciano, a partir de ahora joven promesa, entendió a la perfección a un novillo estupendo de Guadalmena, que lidió una novillada desigual en comportamiento. Si las series iniciales de derechazos destacaron por su lenta velocidad, las de naturales sobresalieron por una soberana largura trazada a son de balada. No tuvo prisas Esteve, siempre permitió al novillo, en una espera dulce y carente de tirón alguno, meter la cara en la muleta para guiarlo en las condiciones que rompen la frontera del bieeen y lo convierten en un ole mayoritario de almas. Despidió la obra por manoletinas y con una estocada que hacía falta medir con escuadra y cartabón para hallarle defectos. Pero el presidente más nefando de estas Fallas, un tal Amado Ruiz, encontró algún renglón caído para rebajar la puerta grande a una importante oreja. David Esteve no pudo redondear con un castaño complicado, que refrendó su valor y lo volteó con dureza, cumpliendo sus amenazas. Ángel Teruel sorprendió gratísimamente por su planta, su buena educación torera, la manera de mecer el capote a la verónica, la forma de colocarse. Incluso diríase que pecó de sobrado, y si el tercero se le paró un poco más de la cuenta, en el sexto le faltó atacar, dejar la muleta puesta, buscar la ligazón con más ahínco. A Julio Benítez le tocó un utrero basto que rompió la novillada por arriba. No humillaba nunca y se venía al pecho. Un pájaro. Se le apagó el cuarto, a contraestilo de la movilidad que lo suyo necesita. ZABALA DE LA SERNA VALENCIA. A la feria le hacía falta precisamente esto, una gran tarde de toros, un zambombazo, toreo del bueno. Los toros los puso Las Ramblas; el zambombazo, César Jiménez; y el toreo, Morante. No seré yo quien le robe un ápice de mérito a Jiménez, que salió a por todas después de una semana en la que casi nadie ha salido a por nada. Y cuando un tío se entrega, la gente se entrega. La gente no siempre es sabia, pero tampoco tonta. Tres orejas y dos toros, a cual mejor, para C. J. No perdonó Jiménez ni un quite, ni cuando Morante perdonó los suyos en los toros de Rincón, aunque luego a Morante se le perdone todo por su arte. No perdonó nada el torero de Fuenlabrada, que se plantó de rodillas en los medios en su clásico principio de faena. Fue arrollado, y cuando se levantó se volvió a clavar de hinojos para aguantar otra galopada y torear en redondo con largura y mando, con mayor mandó, diría, que cuando se incorpora y desmaya el muletazo antes de vaciar toda la embestida. La inercia alegre de Dromedario provocada con generosa distancia, pasaba una y otra vez con suma nobleza tras la tela. No fueron cortas las tandas, compuestas de cinco y seis derechazos, ligados, vibrantes, en la línea y a la velocidad de las embes- César Jiménez cortó tres orejas a un excelente lote de Las Ramblas tidas, que no era escasa velocidad. Al margen de que pinchase una sola vez, la faena no halló el mismo pulso al natural para haber sido de dos orejas. El clímax se alcanzó con Dobladito cumbre de Las Ramblas. Faena concebida por completo en los medios, salvo el prólogo por alto. La izquierda esta vez superó a su contraria, que protagonizó la primera parte de tersos pases de derecha. César Jiménez aguantó plantado sobre las zapatillas, en un epílogo al natural, cuando el toro le saltaba, literalmente, por encima de la espinilla, valiente, dispuesto a descerrajar, como descerrajó, la puerta de los máximos honores. Doble pañuelo blanco, justo pañuelo azul. En Morante brotó el toreo a base de carteles de toros, cartelazos como el que ha escogido Enrique Grau para decorar su Palacio de la Bellota: las mismas verónicas del cuadro se reprodujeron en la salutación al segundo, que se desinfló al MIKEL PONCE paso y sin romper en el tercio de muerte. Las pinturas se sucedieron en el quinto, un castaño de justa fuerza que apenas sangró en el caballo. Sobre el platillo, el géiser de inspiración, en redondo; pero fue en el tercio donde los naturales más hondos y profundos se intercalaron con la fantasía de las marismas. Morante confiado, desafiante un par de veces que se le paró el toro, una de ellas en un pase de pecho que no arrancaba, que no, e improvisó una genialidad de ésas que entremezclan clichés gallistas, de Joselito o Rafael el Gallo, con otros belmontinos. Bello trofeo a su hacer. Rincón se tragó un toro difícil, que desde que apareció se colaba sin humillar por el izquierdo y que al tercer derechazo se vencía con mala fe. Toro para batallas de juventud. Remontó con el buenecito cuarto, pobre de pitones, pero la trayectoria atravesada de la espada, hundida en valeroso volapié, le complicó la vida con el descabello.