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ABC SÁBADO 18 3 2006 Opinión 5 UNA RAYA EN EL AGUA ENERGÚMENOS D ARTISTAS Y PELAGATOS A institucionalización de la mamandurria automática se ha convertido en la razón de ser de la cultureta contemporánea. Tan entronizado se halla el concepto en el subconsciente seudoprogre que basta con que una institución pública se niegue a beneficiar con sus subvenciones cualquier mamarrachada travestida de arte para que enseguida se la tache de represora e inquisitorial. Acaba de ocurrir en Toledo, donde la retirada de ayudas públicas a un festival teatral que había incluido en su programación cierta cochambre que escarnece la religión católica ha sido tildada de vuelta a la censura por los mismos que ayer solicitaban comprensión y sensibilidad hacia la religión islámica. Incluso las paredes de la catedral y del palacio arzobispal toledano han amanecido pintarrajeadas con inscripciones que recuerdan el clima de aquellos maravillosos años- ¡olé la memoria JUAN MANUEL histórica! -en que los curas eran paDE PRADA sados por el plomo. Y es que, por lo que se ve, la religión católica se ha convertido en el sparring sobre el que cualquier zascandil o valentón puede desahogar su espíritu iconoclasta, para después posar de estupendo ante la galería; en cambio, ¡jodo cómo se encogen y envainan su espíritu iconoclasta los valentones y zascandiles cuando se trata de escarnecer otra religión que no predique entre sus fieles la mansedumbre! Lo que demuestra que los llamamientos al respeto de los sentimientos religiosos y demás zarandajas que escuchamos cuando la crisis de las caricaturas de Mahoma no son sino síntomas diarreicos propios de los fantoches que sacan pecho cuando saben que su ofensa va a resultar impune, pero reculan cuando huelen que puede costarles un disgusto. Lo curioso del asunto es que quienes cultivan esta fantochería fanfarrona se disfrazan, además, de transgresores, como si con sus mamarrachadas estu- L vieran jugándose el pellejo. Así ha ocurrido con el pelagatos que ha provocado este demencial episodio toledano, el mismo que mientras atufaba la cartelera madrileña con su bodrio urdió un montaje chusco (enseguida magnificado por la prensa amarilla) haciendo creer que alguien había tratado de dinamitarlo con una bomba de confección casera. Pero la verdadera transgresión exige algo más que el aspaviento burdo y el victimismo. La verdadera transgresión presupone, en primer lugar, un artista (rango que el pelagatos en cuestión, repescado de los cajones de saldo de Crónicas marcianas no alcanza) y, en segundo lugar, un tabú defendido por una verdadera estructura de poder. La verdadera transgresión condena al artista a la marginación, convirtiéndolo en una suerte de apestado social. La verdadera transgresión, en fin, no se conforma con la burla desdentada y patibularia, sino que aspira a remover los cimientos de acatamiento sobre los que se asienta cualquier forma de dominación. Cuando no se cumplen estos requisitos, la transgresión se queda en pura artimaña de farsante. El pelagatos, a diferencia del verdadero transgresor, elige como diana de sus espumarajos un falso tabú, esto es, un tabú que nunca lo fue o que por circunstancias diversas dejó de serlo. En España, desde luego, no existe un tabú más falsorro que el dogma católico; injuriar las convicciones religiosas de los españoles que, contra viento y marea, aún se atreven a profesar esta fe se ha convertido en un marchamo de progresía y respetabilidad, en un timbre de gloria para cualquier chisgarabís con ínfulas de estrellato. Pero, como decía más arriba, lo más curioso del asunto- -lo que revela el grado de podredumbre que infecta nuestra época- -es que cualquier pelagatos, después de ofender impunemente las pacíficas creencias de los católicos, puede además erigirse en campeón de la libertad. Misterios de una sociedad cautiva que confunde el arrojo del verdadero artista con el matonismo del pelagatos. EL fútbol, y de la vida, hay que erradicar a los racistas, pero también a los energúmenos de toda laya y condición que consideran que el derecho a insultar va incluido en el precio de la entrada. Sólo en un país como éste, con su tradición siniestra de garrotazo goyesco, de bronca rupestre, de pendencia callejera y reyerta de faca y manta al brazo, se puede asistir al espectáculo de unos señores muy respetables y bien trajeados, dirigentes de clubes o jerifaltes federativos, rasgándose las vestiduras porque un jugador negro no soporteque los hinchas adversarios le saluden imitando el ruido de los monos. Sólo son insultos dicen, y se quedan tan panchos. Pues por eso mismo: porque el insulto es una forma de violencia. Una violencia vil, deleznable, soez. IGNACIO El Gobierno, que de vez CAMACHO en cuando se equivoca y hace alguna cosa bien, va a legislar contra el abuso, las trampas, el racismo y la intolerancia en el deporte, y la FIFA ha mandado que el año que viene se les descuenten puntos a los equipos cuyas aficiones prodiguen esta evidente forma de malos tratos a los rivales. En vez de aplaudir como los caballeros que se supone que son, los directivos del fútbol andan protestando con el argumento de que estas medidas son poco menos que mariconerías modernas que pueden alterar la competición. Como si la conducta de los salvajes que ellos protegen no alterase de raíz la convivencia y el buen comportamiento que constituye la esencia de cualquier competencia deportiva. Cada domingo, en los estadios españoles, los ultras prodigan cánticos que en una calle o un bar serían la chispa de un altercado. ¿Por qué hay que aguantar esa verdadera orgía tribal, esa furia agresiva, esa ferocidad insana? No se trata de una cuestión de hipercorrección política, tan en boga. Es un desafío contra la crecida de la violencia moral que siempre acaba desembocando, de un modo u otro, en la violencia física. Se trata de devolver al deporte su condición más digna y ejemplar de una diversión para disfrutar con los niños. Los ingleses, que fueron el paradigma de la barbarie futbolística, se empeñaron en acabar con ella y acabaron: en los campos británicos se abronca hoy en día a los jugadores tramposos y se aplaude el juego limpio y la consideración con el rival. Y nadie deja de animar a los suyos. Claro que para dar ejemplo convendría que en la política y otras esferas de la vida pública se erradicasen también las conductas de tribalismo excluyente y se despreciase el exabrupto y la injuria como método de discrepancia. Sin tiquismiquis ni sobreactuaciones oportunistas, hay que restituir entre todos ese clima de respeto colectivo que es el fundamento de la libertad. El cainismo de nuestras guerras civiles empieza por esta criminalización del adversario, esta energumenización del discurso tan grata a ciertos ayatolás mediáticos y a tantos mediocres dirigentes de partidos. No es un asunto banal: se empieza imitando el sonido de los monos y se termina convertidos en una tribu de primates.