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ABC JUEVES 16 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC AYALA, EL SIGLO DE UN LIBERAL Ayala es un memorable escritor, de prosa límpida y melancólica, precisa, de trazo irónico y cervantino, de historias que buscan y confirman la íntima convicción de la libertad frente al poder... U NA vida es su memoria, porque el tiempo arrebata la vida y devuelve memoria la memoria marca el tiempo, fija el escenario de la vida, recrea las epifanías de los días y es la materia de la que están hechos los sueños literarios. El que fue- -escribiría Vladimir Jankélevitch- -ya no puede no haber sido: en adelante este hecho misterioso y profundamente oscuro de haber sido es su viático para siempre La memoria es del pasado porque el presente no existe y el futuro siempre está por venir. La memoria, como un relámpago, dilata el tiempo, lo encoge y abre el campo. Somos porque recordamos, pero ese recuerdo es un impacto, un fogonazo nada inocente, brutal, azaroso, como lo es la vida vivida intensamente. La memoria, así, es el palimpsesto sobre el que se escribe la historia de la gente frente al tiempo que, como niebla unamuniana, todo lo encubre y borra, como la lluvia borra el mundo, y borra los contornos y los desfigura. No es casual que el pasado siglo, el siglo de los totalitarismos surgidos del sueño de la razón, fuera, también, el tiempo en el que se llevaron a cabo las más espeluznantes ingenierías sociales sólo con un fin: acabar con la memoria. Lo advirtió Tzvetan Todorov: Los regímenes totalitarios del siglo XX han revelado la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria recho Político y de Sociología, de su paso por la diplomacia y la docencia en literatura española, Ayala es un memorable escritor, de prosa límpida y melancólica, precisa, de trazo irónico y cervantino, de historias que buscan y confirman la íntima convicción de la libertad frente al poder, de saberes que se muestran con la discreción, como pedía Cervantes en el Prólogo al Persiles, de los que han viajado y visto mucho. Ayala ha visto el siglo en todas sus aristas y en todos los perfiles, desde la perspectiva- -de nuevo Ortega- -española, pero sin arrugarse ante las tragedias de aquí y de allí. e la Granada de su infancia, al Madrid de Ortega y la Generación del 27, el último resplandor de esa Edad de Plata que el propio Ayala tanto contribuyó a configurar; del Madrid convulso de la República a la Praga inquieta por las ambiciones expansionistas de una partida de locos sin control; de vuelta a España, en un gesto inusual, frente a los muchos acomodaticios que contemplaron los terribles días de la Guerra Civil, al exilio, a la Buenos Aires de Borges, de Victoria Ocampo, de La Nación, a la mejor Buenos Aires, esa ciudad que André Malraux definiría como la capital de un imperio que no existe y de allí, de nuevo, vuelta a empezar tras la llegada al poder de otro iluminado, Perón, esta vez al Puerto Rico de Juan Ramón Jiménez, la Universidad de Río Piedras y el rector, otro de la estirpe orteguiana, Jaime Benítez; pero la vida continúa y el siguiente paso será la Nueva York de los alegres y confiados y esperanzados y libres años sesenta, regresos a España, D or ello, resulta algo más que relevante el hecho de que hoy no sólo celebremos gozosamente los cien años de Francisco Ayala (Granada, 1906) sino, también, su figura y su obra porque representan la memoria intelectual viva de la España del siglo XX. Y aquí está él para contarlo. Una nueva edición de su viaje por la vida, esas memorias tituladas Recuerdos y olvidos, con añadidos relevantes de los últimos años, subraya que la vida está para vivirse, para atender, a la manera orteguiana, lupa en mano los asuntos y avatares de la gente, que somos todos: Como todos mis escritos, este libro ha respondido a los impulsos que durante las etapas de tan larga existencia fueron inspirándole las circunstancias del momento, siempre diversas, azarosas y algunas veces angustiosamente comprometidas Un libro que ya forma parte de esa pléyade exquisita del memorialismo contemporáneo español, junto a La novela de un literato de Rafael Cansinos- Asséns, Automoribundia de Ramón Gómez de la Serna o Los pasos contados de Corpus Barga; obras que, como enciclopedias de época, configuran un ámbito y un ambiente cultural como nunca ha vuelto a contemplarse en esta maltrecha nación que se ignora a sí misma y se obstina, periódicamente, en expulsar a los mejores. Porque, más allá de su condición de catedrático de De- P vueltas a Nueva York hasta su definitiva estancia en Madrid, esa ciudad que recuperaba, con el resto de España, la higiene democrática e iniciaba, en el último cuarto del siglo, los mejores años de su reciente historia. Una vida del siglo XX, y una obra, ya clásica en la literatura en español. Pero ¿es posible separarlas? ¿Cómo no calibrar que una es consecuencia de la otra, con la condición, claro, de no saber quién es una y quién la otra? Ayala ha levantado una obra literaria- -tanto en prosa de ficción como en ensayo- -que no es sino una larga, diversa, curiosa e inquietante conversación con el lector, su contemporáneo, próxima a esos coloquios renacentistas, y advertido de que, como escribiera E. M. Cioran: El fanatismo es la muerte de la conversación Fue peregrino en su patria, transterrado (José Gaos) en América. Descubrió que para el español el exilio es su condición natural, pues nunca sabe muy bien cuál es su patria porque ésta no termina nunca de hacerse. Y ése, tal vez, es el más duro de los exilios porque es invisible. Sabemos que somos exiliados, pero no sabemos de dónde. Sin embargo, el exilio a Francisco Ayala, como contara Juan Marichal para el poeta catalán Agustí Bartra, fue un episodio providencial para su obra, pues amplió considerablemente su horizonte. Un horizonte que marcará sus expectativas intelectuales, un largo viaje intelectual que le llevará de su atención primera al gran fenómeno cultural del siglo, como ha sido el cine a los estudios sobre ese sujeto histórico rabiosamente secular, la irrupción de las masas en el cuarto de la Historia; de la revolución de la mujer- -la única revolución del siglo que ha terminado bien- a la denuncia de los falsos caracteres nacionales y la usurpación del poder; de la impronta americana de la lengua española, al mestizaje modernizador de las nuevas sociedades. yala, el escritor Francisco Ayala, con la modestia del sabio discreto, con una firmísima convicción liberal, siempre sin un grito, tal vez porque sabía con Bergamín que los españoles no son fanáticos sino fonéticos crea mundos de la ficción y describe problemas de la realidad, o mejor, presenta a la literatura como forma de conocimiento social y ensaya a la manera de Russell, Ortega, Benjamin, Camus, Aron, Paz, Borges o Berlin, porque sabe que la verdad tiene modelo de ficción y la sintaxis es un valor moral (Valèry) Ese valor moral, esa sintaxis, que le han mantenido ayer, le mantienen hoy y le mantendrán mañana atento, con lupa en mano a todo cuanto pasa en la bendita calle de la vida, que ya es más que un siglo. A FERNANDO R. LAFUENTE