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ABC MIÉRCOLES 15 3 2006 Cultura 63 El filólogo y escritor Alonso Zamora Vicente, secretario perpetuo de la Real Academia Española durante casi dos décadas, falleció ayer en su domiclio madrileño a los 90 años, y será enterrado hoy a las 13: 30 en la Sacramental de San Isidro, en cuyo tanatorio fueron velados sus restos Alonso Zamora Vicente, el último discípulo de Menéndez Pidal MANUEL SECO De la Real Academia Española VIDA DEDICADA AL ESTUDIO Y A LA CREACIÓN VÍCTOR GARCÍA DE LA CONCHA Director de la Real Academia Española H El académico con el que he pasado más horas y más años dentro de esta casa de la calle de Felipe IV ha sido Alonso Zamora Vicente. Nos conocimos aquí mismo, antes de ser académico ninguno de los dos. Mi maestro don Rafael Lapesa, que también lo había sido de él bastantes años atrás en la misma Universidad, me había traído, en 1962, al Seminario de Lexicografía del que era subdirector, para que a diario colaborase en la redacción del Diccionario histórico fundado por don Julio Casares, y no mucho antes hizo la misma invitación a Alonso Zamora en calidad de redactor especial. Yo le conocía a él por sus libros lo suficiente para experimentar en aquel instante esa especie de encogimiento del profesor que lleva debajo del brazo un currículo joven, en presencia de quien, muy lejos todavía de la vejez, ya tiene la aureola de un historial digno de sabios con muchas canas. Pero pronto superé aquel instante de cortedad, gracias al trato cordial que enseguida recibí de él y que hasta ayer nunca se ha interrumpido. No quiero, al decir esto, presumir de un privilegio. Muchos amigos, compañeros y discípulos han disfrutado igual que yo de ese comportamiento afectuoso y cercano. No pocos de los que fueron alumnos suyos en distintas universidades han continuado su relación en una larga amistad, que hoy se ha convertido en una honda tristeza. He tenido ocasión de oír y leer los testimonios de algunos de ellos, a quienes nunca trató desde la altivez del magíster que dispensa de lejos su saber a los pobres ignorantes, sino con la familiaridad y con la sonrisa de quien comparte amablemente con ellos el rato de clase y lo aprovecha no ya en hacer simpática su persona (que también) sino en hacerles atractivo y divertido un aprendizaje envuelto en un diálogo ameno, no pocas veces irónico, y enriquecido con comentarios más o menos marginales, pero siempre oportunos y tan valiosos como el meollo científico de la lección. No formé parte de ese grupo de sus oyentes, pero he gozado de sus conversaciones, casi monólogos, rebosantes de saberes variadísimos cosechados por su preciosa memoria a lo largo de una vida llena de saber y de sabor. Desde la alfarería a la pequeña historia de grandes personajes, pasando por la vivísima imagen de una niñez entrañada en el viejo Madrid: todo ello, iluminado por una emoción que se contagiaba a quienes le escuchábamos, pasaba ante los ojos de nuestra imaginación haciéndonos participar de la misma pasión y de la misma nostalgia que inspiraban su palabra. Muchos trazarán hoy una semblanza del lingüista, del crítico literario y del creador. No olvidemos una faceta con Alonso Zamora Vicente que tardíamente nos sorprendió: la de historiador. En el penúltimo año del siglo XX publicó una monumental Historia de la Real Academia Española que sin duda es lo más documentado y juntamente más atractivo que se ha escrito sobre la Institución. ABC Devoción a la lengua y a la literatura Como era característico de los discípulos de Menéndez Pidal- de los que Alonso Zamora decía ser ya el último representante vivo dedicó su devoción tanto a la lengua como a la literatura. Dámaso Alonso escribió de él que, si nos acercamos a su obra en un intento de comprensiva orientación vemos que nuestra brújula se queda oscilando entre dos polos, lengua y literatura Pero enseguida nos damos cuenta de que se trata de una especie de bimatización de un polo único: lo que es lengua mirado de esta parte, resulta literatura si lo contemplamos del otro lado de la valla Mi visión de Zamora lingüista la simplifico en dos títulos que me llevan a mis tiempos de estudiante y a mi expe- He gozado de sus conversaciones, casi monólogos, rebosantes de saberes variadísimos riencia más intensa de lexicógrafo. En una mano pongo la Dialectología española que ha sido manual obligado de muchas generaciones de universitarios, y en la otra las ediciones tercera y cuarta, por él dirigidas, del Diccionario manual e ilustrado de la lengua española la popular y didáctica publicación académica que mejor enseñó nuestro léxico a los hispanohablantes durante todo el siglo XX. En cuanto a la crítica y a la creación literaria, entiendo muy bien la visión de Dámaso. Cuando leo crítica, veo el brillo de la creación, y cuando leo creación, veo la luz de la sabiduría literaria. Ejemplos: de una parte, ensayos penetrantes y personales como los De Garcilaso a Valle- Inclán una de sus primeras obras; de otra, los libros Primeras hojas Examen de ingreso y Suplemento literario llenos de una intensidad lírica y de un arte del relato o de la descripción difíciles de emular. Sus singulares cuentos, prodigados en publicaciones periódicas y reunidos después en volúmenes, han alcanzado a un público muy amplio. Precisamente hoy, el día de su muerte, iba a firmar el contrato con una gran editorial para la nueva salida de una de sus colecciones más conocidas: Sin levantar cabeza prologada por Camilo José Cela. Que esta publicación póstuma nos sirva para guardar vivo nuestro recuerdo del que ya no está con nosotros. a sido una sorpresa para todos porque Alonso Zamora Vicente tenía una clásica mala salud de hierro ya desde joven. Padecía una insuficiencia respiratoria y últimamente se quejaba de que se cansaba mucho, incluso al hablar. Ayer mismo estaba trabajando por la tarde y a última hora llamó a la Academia para encargar unos documentos que necesitaba y pedir el discurso que el arquitecto Antonio Fernández Alba había leído el domingo. Hace una semana yo le había visitado en su casa de San Sebastián de los Reyes para hablar de la actualización de su Historia de la Real Academia Española Es una pérdida muy grande porque él era la memoria de esta Casa, de la que además fue secretario perpetuo durante dieciocho años. Era un hombre entregadísimo, discípulo de don Ramón Menéndez Pidal, amigo de Dámaso Alonso, colaborador suyo en las labores académicas y, sobre todo, un filólogo completo, tanto en el aspecto lingüístico como fonético, en la estela de Navarro Tomás. Así, el Manual de dialectología de Zamora Vicente fue libro texto de muchos universitarios. Aparte del aspecto específicamente lingüístico, le interesaba la dialectología viva, pasión que compartía con su esposa, María Josefa Canellada, fruto de cuya colaboración fue el Léxico rural asturiano (ella, también fallecida, había nacido en Infiesto) Un matrimonio unidísimo. Zamora Vicente además de trabajar los campos de la fonética, la lingüística, la historia de la lengua y la dialectología, se dedicó muy destacadamente a la filología románica, disciplina de la que era catedrático. En lo que a la literatura española propiamente dicha se refiere, lo abarcó todo. Desde la lírica popular y el Romancero, como buen menéndezpidalista, hasta nuestro tiempo, pasando por Garcilaso de la Vega, Gil Vicente, Lope de Vega, Tirso de Molina, cuyas obras no sólo estudió, sino que editó primorosamente. Ya en el siglo XX, Zamora Vicente ha sido el gran especialista en Valle- Inclán Luces de bohemia las Sonatas, Tirano Banderas y también amigo entrañable y estudioso de Camilo José Cela. Es muy difícil encontrar a alguien con una biografía tan dedicada al estudio y a la creación, porque además escribió novela, cuento y poesía. Hablar con él era sentirse uno transportado al mundo de lo popular a lo largo de la historia.