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ABC LUNES 13 3 2006 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC HISTORIAS PARA NO REPETIR En 1953, cuando Stalin muere, muchos rusos lloran, se sienten huérfanos. Lloran incluso algunos que estaban internados en el Gulag Habían sido treinta años del peor despotismo sanguinario ejercido ininterrumpidamente sobre doscientos millones de personas... L A hija de Stalin hojeaba libros en la biblioteca pública de Kensington. Lo advertía un joven bibliotecario que recomendaba libros con pasión chismográfica. Así vimos varias veces a la hija de quien había sido el hombre más poderoso del mundo. Luego se subía al autobús y desaparecía. Eso era en 1992. Poco después, la prensa sensacionalista descubrió que Svetlana vivía en una casa de beneficencia en el Londres más raído. En sus libros había contado lo que fue ser la mimada del padre, un hombre de inteligencia demoníaca, uno de los mayores genocidas de la historia de la humanidad, convencido de que la solución de todo era la muerte, atracador de bancos en su juventud de activista bolchevique, adorado por las mujeres sin ser muy mujeriego, un tipo aparentemente modesto con la cara marcada por la viruela, capaz de cóleras letales, inmensamente resentido, hipocondríaco, ejecutor de purgas sin fin, tullido del brazo izquierdo, cantor de baladas caucasianas, artífice del terror de masas, nuevo jinete del Apocalipsis que impidió toda libertad y perpetuó la guerra con la guerra más fría. En La corte del Zar Rojo Simon Sebag Montefiore describe los ocios del padrecito Stalin, con Svetlana sobre las rodillas y el vodka circulando por sus venas mientras urde acciones de vulgar criminal capaz de hacer temblar el mundo. La madre de Svetlana se había suicidado en 1932. sanguinario ejercido ininterrumpidamente sobre doscientos millones de personas. En Berlín prorrumpe la primera gran revuelta obrera contra el comunismo. Los sucesores de Stalin maniobran bajo las bóvedas magnificentes del Kremlin hasta que llega el XX congreso del Partido, en 1956. En su discurso secreto, Nikita Kruschev denuncia los crímenes del estalinismo y los abusos del culto a la personalidad. Ya en aquel mismo año, Santiago Nadal publica en España Un dios ha caído caban de cumplirse los cincuenta años de aquella intervención secreta de Kruschev que duró siete horas seguidas y no tardó en filtrarse a Occidente. En realidad, ya lo había contado casi todo Boris Souvarine en los años treinta, en su biografía de Stalin. En el París sometido a la hegemonía ideológica de una izquierda intelectual mimética ante el totalitarismo soviético, Souvarine sobrevivía como alguien que se ha escapado de una leprosería sin permiso médico. Al ir escribiendo su Stalin (1935) Souvarine dejó de ser comunista. Era la época del máximo culto a la personalidad de Stalin, página oscura para todo compañero de viaje del comunismo. Lady Astor, deliciosa representante de la gauche caviar de entonces, visita la Unión Soviética, y le pregunta a Stalin: ¿Durante cuánto tiempo continuará matando gente? Stalin responde: Tanto tiempo como sea necesario Ella pasa a otro asunto y le pide ayuda para encontrar una niñera rusa para sus hijos. Lo que los poetas escribieron a favor de Stalin es un capítulo en la historia de la ignominia universal. Stalin, mucho más que Hitler, fue la gran idolatría del siglo XX. Si Svetlana escribió sobre su padre- -espe- A vetlana Stalin se hizo católica en los años ochenta. Llevaba tiempo en busca de nuevas formas de espiritualidad desde su bautizo ortodoxo después de los primeros treinta y seis años de una vida amoldada al ateísmo oficial de la URSS. Los bandazos vitales, emotivos y religiosos vertebran paradójicamente su existencia errante. De Rusia marchó a la India y de allí se pasó a Occidente. De los Estados Unidos va a Inglaterra, regresa a Rusia, parte de nuevo a América. En su primera etapa norteamericana, conoce a la viuda de Frank Lloyd Wright, el arquitecto cuya personalidad inspira en parte la novela El manantial de la escritora Ayn Rand, también rusa pero más afín al espíritu norteamericano de frontera que Svetlana. El embrollo místico de la viuda del arquitecto la lleva a pensar que Svetlana es la sustituta de una hija fallecida. En Svetlana Stalin los cambios de religión y de culto son una constante, pasando por la fascinación por el hinduismo. Las últimas noticias la sitúan todavía en un hogar benéfico de Londres, en un convento suizo o acogida por unas monjas de Wisconsin. En 1953, cuando Stalin muere, muchos rusos lloran, se sienten huérfanos. Lloran incluso algunos que estaban internados en el Gulag Habían sido treinta años del peor despotismo S cialmente Veinte cartas a un amigo quien escribe sobre Kruschev es su biznieta Nina Kruscheva, y también desde los Estados Unidos, donde da clases de relaciones internacionales. Para afirmarse como sucesor de Stalin, Kruschev reconoció errores del pasado: el comunismo se vio alterado pero le quedaban por delante épocas de práctica liberticida y de imperialismo voraz. Kruschev atajó brutalmente la revuelta húngara, con 20.000 muertos. De viejo, reconocía haber derramado mucha sangre. Desde que fue obligado a abandonar el poder hasta morir en 1971, se le tuvo más bien incomunicado en una dacha en las afueras de Moscú. Era un comunista de pies a cabeza, tipo rollizo, con sentido común de antiguo campesino y pastor. Grabó sus memorias en magnetófono. Ahí contaba que, en un mal momento de Rusia durante la Guerra Mundial, Stalin había propuesto un pacto a Hitler cediéndole territorio soviético o que era cierto que el matrimonio Rosenberg había espiado para la URSS en Norteamérica. Cuando la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, Castro era partidario de un ataque preventivo contra los Estados Unidos. Kruschev se atribuye el haber evitado entonces una tercera guerra mundial. Sobre todo, Kruschev escribió sus memorias para evitar la rehabilitación de la memoria de Stalin. Siempre tuvo a Svetlana Stalin por amiga y no creyó que se hubiese pasado a Occidente hasta que lo oyó en un noticiario norteamericano. D vpuig abc. es espojado súbitamente de todo poder, pasó largos días sentado en una mecedora, llorando todo el tiempo. Breznev le borra de la historia soviética. En el jardín, Kruschev hace experimentos, interesado por la tesis de la hidroponía, en busca del crecimiento de las plantas en soluciones acuosas y no en la tierra. Fue adelgazando con la edad, como un hombre exhausto, perpetuamente dolido por la indignidad del trato que se le daba. En sus días de apogeo había dicho a Occidente: Os enterraremos En su vejez escuchaba las noticias por la BBC y la Voice of America Al mismo tiempo, se arrepentía de haber consentido la publicación de Un día en la vida de Ivan Desinovich de Soljenitsin, inicio de un deshielo que no duró mucho. Medio siglo después del discurso de Kruschev contra Stalin, casi veinte años después del derrocamiento del muro de Berlín, Svetlana Stalin vive enclaustrada en un mundo de plegarias y Nina Kruscheva está a punto de publicar un libro sobre el escritor Vladimir Nabokov. Sí, las vueltas que da el mundo. VALENTÍ PUIG Escritor