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48 Cultura DOMINGO 12 3 2006 ABC Después del Diccionario de últimas palabras (Seix Barral) ahora Edhasa edita Al pie de la sepultura una suculenta recopilación de quinientas frases célebres en el último borde de la vida Cuando llegan las últimas... palabras TEXTO: JESÚS GARCÍA CALERO MADRID. Hay un número exacto de palabras que diremos- -aunque no nos guste contarlas- igual que nos corresponde un número preciso de pasos o de veces que latirá nuestro corazón. No sabemos el porqué, pero pesan más los que están en los extremos: el primer paso erguido, la primera palabra del bebé... ¡Y también las últimas de nuestra vida! Algunos las dijeron cuando no sabían que iban a morir- -como el cortés es obvio de J. F. Kennedy enfrascado en una conversación mientras la mira telescópica de Oswald ya le apuntaba- y otros llegaban a temer o desear el fin. Consciente o inconscientemente dichas, el libro Al pie de la sepultura de Laura Manzanera, editado por Edhasa, recopila quinientas últimas palabras, desde las personalidades de la Antigüedad clásica hasta Lady Di. No hay dos vidas iguales, y con la muerte pasa lo mismo. Si a sus puertas uno quiso entonar canto de cisne, quizá graznó alguna tontería; si fue espontáneo, socarrón, engolado misterioso o soez, puede que aquella última frase también dé sentido a toda su vida. Con respeto, cierta dosis de morbo y buen humor (negro) el libro nos invita a espiar la desigual batalla de quienes mellaron con sólo un ramo de flores- -las frágiles palabras- -el filo de la guadaña. Dejaron señales, como Conrad Nicholson Hilton, fundador de la cadena de hoteles que, al pedirle en su lecho de muerte en 1979 un mensaje de despedida para sus empleados, dijo: La cortina de la ducha hay que ponerla por el lado de dentro de la bañera Toda una lección para la vida sana y seca. Otros, como Pancho Villa, no tuvieron tiempo de acuñar su última frase: No me deje terminar así. Cuente que dije algo Hay quienes por una u otra razón centran sus últimas palabras en la lucha con la muerte. Así Kafka, pidiendo a su médico una sobredosis de morfina, le espetó: ¡Máteme, o será un asesino! O Rilke, que no quiso saber nada de médicos y aseveró: Ayúdeme a morir mi propia muerte y no la de los médicos, quiero tener mi libertad Comparten parecida frase el poeta inglés Alexander Pope y el pintor francés Jean- Luis Forain. A ambos les consolaba el médico con buenas noticias y dijeron: Está bien, entonces muero curado También es memorable el caso del cáustico escritor irlan- dés Brendan Behan, que le dijo a la monja que le cuidaba: Dios la bendiga, hermana. Ojalá todos sus hijos sean obispos y murió. Nunca nos da tiempo a dejar todo acabado y por eso muchos se despiden con encargos, como Sócrates, que pidió a sus discípulos que saldaran con Esculapio la deuda de un pollo, o Chejov, que dijo: Me muero... hace mucho tiempo que no tomo champán Garibaldi se preocupó por sus seguidores: Dadles de comer cuando yo no esté Qué decir de Balzac, que se lamenta: Ocho horas con fiebre. ¡Me hubiese dado tiempo a escribir un libro! o de Marcelino Menéndez Pelayo, el gran polígrafo: Lástima tener que morirme... Con tantos libros que me quedan por leer Pero nadie como Pirandello, un personaje en busca de entierro: El coche fúnebre, el caballo, el chófer y bastante Otras veces dibujan las palabras un verdadero resumen de la existencia, como cuando Unamuno dijo: Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo O el pesimista Schopenhauer, quien dijo satisfecho: En definitiva, no hemos hecho las cosas Nadie sabe qué dijo Einstein: se ABC despidió de la vida en alemán y quien lo atendía no hablaba esa lengua tan mal También el misterioso Borges con: María, falta poco para saber quién soy Y qué decir de la bailarina Pavlova: ¡Que esté preparado mi traje de cisne! Y es que hay artistas con visiones, como Goethe y su Abre los postigos para que entre la luz o el pintor Turner con su El sol es Dios Están quienes tienen dudas o hasta problemas para aceptar el viático. Así, Marlene Dietrich, le dice al sacerdote: ¿De qué voy a hablar con usted? Tengo un encuentro inminente con su boss Y también reos que se aprovechan de su último deseo, como James W. Rodgers, antes de ser fusilado: Un chaleco antibalas