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12 3 06 EN PORTADA Houston La ciudad del cáncer Tres médicos del Texas Children s Hospital, donde la tecnología permite un seguimiento al segundo, en una intervención televisada (Viene de la página anterior) Manrique que la muerte nos iguala a todos, pero el doctor Carlos Vallbon, pionero español del Texas Medical Center (TMC) tan asociado a Houston que muchos le cambian el nombre, admite que si a uno no le sobra un millón de euros no puede pensar en ir a tratarse a Houston. Otra cosa es cosultar el diagnóstico. En las 324 hectáreas del campus se erigen 45 instituciones médicas, que emplean a 65.000 personas, más que la población de capitales españolas como Segovia o Ciudad Real, sin contar con los 85.000 empleos indirectos que generan. Si el petróleo y la Nasa movían la economía de Houston cuando el hombre conquistó la luna, hoy el TMC ha desplazado a la agencia espacial, duplicando su impacto económico. El doctor Vallbona recuerda que cuando llegó en agosto de 1955 lo llamaban El Bosque pero desde entonces puedo decir sin temor a equivocarme que no ha pasado ni un sólo día sin que se vean grúas de construcción Hoy, cada institución es como un barrio dentro de esta ciudad médica, insertada a su vez en el área urbana de Houston. Tiendas, restaurantes, hoteles, e incluso un sistema propio de transporte han florecido para suplir las necesidades de los que buscan la salud perdida, a menudo desahuciados en sus países de origen. Houston es, para muchos, la última parada de un largo peregrinar, y eso es lo que preocupa a Wendelin Jongenburger, directora de negocios internacionales del Centro de Cáncer M. D. Anderson. españoles le extirpasen el tumor de páncreas. Jongenburguer, por supuesto, no hablaba de ella. La confidencialidad de los pacientes es sagrada. El valor del voluntariado El ángel de la guarda de los pacientes españoles se llama Sira Pardo, y aunque trabaja de administrativa en el consulado, el papel de benefactora lo borda en sus horas libres. Les lleva en su coche por la ciudad, les hace tortilla de patatas y les enseña dónde conseguir los ingredientes para un buen cocido. Esta madrileña, a quien el cáncer le robó a su padre hace 31 años, ha aprendido de la cultura estadounidense el valor del voluntariado, un generoso servicio que nutre el espíritu de quienes hacen el bien. ¡No he trabajado tanto ni cuando me pagaban por ello! bromea Abert Mowad, un jubilado de 67 años, superviviente de cáncer, que ahora se ocupa de la Casa Ronald McDonald, una especie de hotelito con encanto, anexo al Texas Children s Hospital, donde los familiares de pacientes críticos pueden comer y dormir gratis. Su trabajo no es intangible. Se calcula que los 12.000 voluntarios del TMC contribuyen anualmente con unos 15 millones de dólares en servicios sin remunerar, además de las extraordinarias recaudaciones con las que incluso financian construcciones. De ellos depende a menudo el ánimo de los pacientes. En el Anderson, los voluntarios se encargan de redecorar las habitaciones a gusto de cada nuevo inquilino, ofreciéndoles un repertorio de cuadros para que elijan los que desean ver colgados en sus paredes. Se aseguran de que haya puzles en las mesas del área de recreo, A la hora del diagnóstico Aquí no hacemos milagros advierte. El hecho de que vengan al final de la enfermedad reduce nuestras posibilidades de tratarlos. Por ejemplo, hay casos en los que resulta más beneficioso aplicar un tipo de quimioterapia antes de extirpar el tumor. Si vienen después de que los hayan operado ya no podemos hacerlo. Por eso es muy importante que acudan a nosotros a la hora del diagnóstico Toma aire. No necesitamos pacientes, estamos al cien por cien. Lo que queremos es gente que se pueda beneficiar de nuestros tratamientos El caso mencionado coincide con el de la cantante Rocío Jurado, que acudió a este centro oncológico después de que los médicos Bush y su esposa Barbara, que perdieron a un hijo de 3 años de leucemia, el día del 80 cumpleaños del ex presidente, durante su visita al Anderson La directora de negocios internacionales del Anderson avisa: Aquí no hacemos milagros. El hecho de que muchos vengan al final de la enfermedad reduce nuestras posibilidades