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ABC DOMINGO 12 3 2006 Nacional 15 SEGUNDO ANIVERSARIO DEL 11- M LOS ESCENARIOS Dos años, dos han pasado ya de aquella fecha. Un día grabado a fuego asesino sobre la piel de Madrid, una ciudad enferma desde entonces. Habrá penas, claro, pero que no haya olvido Entre el olvido y la esperanza TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE FOTO: CHEMA BARROSO A los pies del mejor alcalde, el rey, Carlos III, parecía, a las diez de la mañana de ayer que éste no era mi pueblo, que éste no era el Madrid de mis abuelos, ni el de mis tatatatarabuelos que se las vieron tiesas en ese mismo lugar, armados de patriotismo y de esperanza con los mamelucos del Imperio, con la caballería siniestra del general Murat. Apenas ciento cincuenta madrileños (y unos cuantos turistas con la puñetera camarita digital fotografiando lo que no saben ni entienden) recordaban que ayer se cumplía el segundo aniversario del día en el que la bestia nos dio aquellos brutales ciento y noventa y dos zarpazos (multiplicados hasta n en todos los rincones de la ciudad) Con la muerte en los talones, con la muerte en las mochilas. Al otro lado de la plaza, a la entrada de la sede del Gobierno regional, la presidenta Esperanza Aguirre presidía el homenaje institucional a nuestra gente. Entre unos (la gente) y otros (tantos políticos) las vallas, las tristes vallas de un amarillo municipal. ¿Nos separaban de ellos? ¿Les protegían de su pueblo? Eso sí, unos cuantos invitados llegaban tarde, como si aquello fuese un cine, o acaso un cóctel (a lo mejor lo había) No, a esas horas no me reconocía entre tanto olvido, entre tanto desconsuelo, entre tanta amnesia, entre tantos y tantos convecinos desmemoriados que parecían embozados esquivando el olor de la tragedia. Ayer, a esas tempranas horas de la mañana parecía que Madrid había interiorizado para siempre la sangre de aquel día, las imágenes de aquello, todo lo que perdimos en esos trenes. ¿Cómo? Reinventándose una realidad hecha del más triste de los realismos sociales: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Como si el hecho de que a uno le vuelen por los aires fuese el fruto de un azar fatal, como si no hubiese alguien detrás de todo aquello, unos autores cuyas ideas quieren llevar al ser humano a la ignominia y la oscuridad. No fue una casualidad, ni mala suerte que Juan, Iván, Mariluz, Boris, o Alí se dejaran la vida, las promesas y los sueños en esos vagones. Hasta dónde y hasta cuándo puede olvidar una ciudad, puede olvidar un país, puede olvidar un pueblo. Vecinos de la estación de El Pozo encendieron velas en recuerdo de los asesinados el 11- M El 11- M, in memoriam Corona de laurel. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre depositó una corona de laurel bajo la placa situada en la la Real Casa de Correos, en la Puerta del Sol, en recuerdo de quienes asistieron el atentado. Plantación de encinas Más de un centenar de personas, llegados del llamado Corredor del Henares (Madrid) participaron en la plantación de más de cien encinas en la Cañada Real Galiana. Velas en Atocha. La madrileña estación de Atocha no presentaba ayer más recuerdos que una treintena de velas en nado, como un púgil noqueado que se apoya en las cuerdas del silencio, y en el qué suerte que ni a mí ni a ninguno de los míos nos tocó Desde aquel día nada ha sido igual. Cualquiera que trabaje en la calle lo sabe, y lo cuenta. Madrid está enferma, tiene una depresión de mil demonios. Madrid es hoy, otra vez, una ciudad ocupada. Que mientras haya mastercard, visa, móvil y un par de coches por cabeza, parece que va tirando. Y sí hay penas, sí, y hay olvido, casi cuatro millones de olvidos, y unos compatriotas desaparecidos que ayer me parecían huérfanos. memoria de las víctimas. En silencio. Un centenar de personas acudió a una concentración silenciosa de cinco minutos de duración convocada por el Ayuntamiento de Móstoles en recuerdo de todas las víctimas de 11- M Heridas en Santa Eugenia. Unos 300 vecinos del barrio de Santa Eugenia secundaron una concentración silenciosa, a las puertas de la estación del tren 192 claveles en El Pozo. Cientos de personas del barrio madrileño de El Pozo recordaron en silencio y con 192 claveles rojos y blancos a las víctima del 11- M tanto, bajé, bajaba, la calle de Atocha, con un par de rosas en la mano (una por Almu, otra por mí) con el alma en parihuelas, camino de la Estación. En la rotonda, la que se convirtió en nuestro muro de las lamentaciones, dos ciclistas se santiguan, miran al cielo y se van. Abajo, en el espacio de palabras donde la gente deja, dejamos, sus mensajes de cariño, apenas veinte personas rezan, miran al vacío, y hombres hechos y derechos (hasta llegar ahí) rompen a llorar ¿Por qué lloras, papi? ¿Por qué hay gente mala, papi? Dos docenas de velas iluminan la hoguera de nuestros sentimientos decapitados ciento y noventa dos veces en los trenes. A la misma hora, la gente del barrio de Santa Eugenia se echaba a la calle Un púgil sonado Nunca creí, no podía creerlo ayer a esas horas, que mi gente olvidara tan fácil, tan rápidamente. Aquí en mi tierra, aquí en mi pueblo, nunca hasta ahora habíamos hecho caso de quienes nos dicen qué debemos recordar y qué debemos olvidar. Dirán lo que quieran, se dirá lo que se quiera, pero Madrid no ha superado aún aquella fecha. O tal vez sí, pero no por vías naturales, sino drogada, anestesiada. Es una ciudad que sobrevivive en el cuadrilátero del mundo como un púgil so- ¿Por que lloras, papi? Con la amargura del que se siente un bicho raro por recordar, y recordar con la declaración de principios en los labios: No olvidamos Una estación después de aquella maldita vía, los vecinos del Pozo se reunían en la estación con el corazón en un puño ¿dónde iba a ser? y un clavel rojo, bañado en lágimas, entre las manos. Qué pocos somos. Quieren que lo olvidemos, quieren que los olvidemos una frase que salta de boca en boca. Me da igual, mientras viva no dejaré de venir, me da igual, como si un día vengo sola Es una mujer de cincuenta años que te coge la mano mientras te habla. Y ya ven, de repente, un puñado de esperanza me ha llegado hasta los ojos. Mientras alguien mantenga encendida la llama nuestra gente no pasará frío allá donde esté. Mientras alguien les lleve una rosa, nuestra gente volverá a sentir la vida. Mientras alguien les escriba al remite del cielo, tendrán el consuelo de una conversación. De repente, otro puñado de esperanza me ha llegado hasta los ojos, y me deja llorando como un niño, mientras allí, en el Pozo, una chavalilla, recita, emocionada, como sólo se emocionan las chavalillas, como si fuese un examen de fin de curso, su poema dedicado a la paz. Madrid, ciudad enferma desde hace un par de años, no puede convertirse en un enfermo crónico. Entre el olvido y la desolación, sólo nos queda una medicación, una sobredosis de esperanza. Porque el día que los olvidemos, entonces sí, entonces sí que habrán muerto para siempre.