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14 Nacional SEGUNDO ANIVERSARIO DEL 11- M OPINIÓN SÁBADO 11 3 2006 ABC Todo el mundo quería saber sobre los suyos. Era como si las bombas de Atocha se hubieran convertido en una sola, en una explosión devastadora de nuestra confianza cívica, un Hiroshima apocalíptico para las almas de todos los madrileños El día de la dignidad JAVIER REVERTE PERIODISTA Y ESCRITOR No suelo escuchar los noticiarios de la mañana. Cuando me levanto, prefiero siempre desayunar despacio y leer los periódicos. Es un rito de muchos años que no me gusta romper, porque para mí la vida amanece en las páginas escritas de los diarios, como les sucedía a mis padres y a mis abuelos. Todavía añoro el olor antiguo de la tinta. Vivo en una vía pequeña, a treinta metros de una de las grandes arterias de Madrid, la calle de Alcalá. Normalmente, apenas oigo el ruido del tráfico y por eso me extrañó escuchar el ulular estridente de las ambulancias y los coches de policía que cruzaban Alcalá con extraña frecuencia. Pensé que podría tratarse de un atentado terrorista o quizás un accidente de grandes proporciones. Iba a encender la radio cuando me llamó por teléfono mi hijo mayor, que recorre cada día una buena parte de Madrid, debido a su trabajo. Estoy bien, no me ha pasado nada. Ha habido un atentado tremendo en la estación de Atocha y hay muertos, dicen que muchos muertos Colgué y llamé a mi otro hijo, que vivía por entonces en la plaza de Embajadores, cerca de la estación. En cada timbrazo sin respuesta se me escapaba casi un ave María, y eso que no soy creyente. Al fin, escuché su voz adormilada. Estaba en la cama. Y me recordó que la noche anterior tocaba la guitarra en un concierto. Es músico y sus horarios suelen ir en dirección contraria a la mayoría de la gente. Los boletines informativos de la radio y la televisión me hicieron tomar conciencia en horas sucesivas, poco a poco, de cuanto había acontecido en el ominoso atentado. Sentía estupor y una honda pena. Oía los noticiarios y seguía llamando por teléfono o recibiendo llamadas. Hablaba con familiares y amigos. Todos estaban bien. El almuerzo que tenía previsto se suspendió, pues uno de los comensales debía venir desde Granada y su vuelo quedó cancelado. Seguí hasta mediodía con el teléfono. Las líneas se colapsaban a menudo. Todo el mundo quería saber sobre los suyos y los conocidos. Era como si las bombas de Atocha se hubieran convertido en una sola, en una explosión devastadora de nuestra confianza cívica, un Hiroshima apocalíptico para las almas de todos los madrileños. Salí a la calle a eso de las doce y media. Lucía un sol espléndido y soplaba un vientecillo lozano y primaveral. Era uno de esos bonitos días madrileños de cielo limpio y gallardo, en los que el aire llega suave desde las colinas del Guadarrama y parece revivir los espíritus. No podía ser el día que hubiese escogido un trágico para representar un drama, sino que parecía pintado para componer una música bailable. El tráfico era escaso y muy poco ruidoso. Me extrañó no escuchar bocinazos, como si la ciudad permaneciera envuelta en un halo de respeto y de tristeza. Apenas había gente en las cafeterías y en los comercios; y muy pocos peatones recorrían las calles. Sentí que todos los habitantes de Madrid nos sentíamos muy frágiles. Di un largo paseo y bajé desde los altos de Alcalá hasta la Castellana. Caminé hacia Cibeles, pensando en llegar a Atocha. Pero no me atreví y, antes de alcanzar la plaza, dí la vuelta y desanduve el camino. Me cruzaba con gente y nos mirábamos. Nos enviábamos unos a otros gestos compungidos y fatalistas. Algunas personas, sin detenerse, me hacían breves comentarios sobre el horror y el crimen. Parecía que todos nos conocíamos, que éramos vecinos, incluso familiares afectados por una misma desdicha. De repente, Madrid era un pueblo, una aldea sobre la que había caído una inmensa desgracia que a todos nos tocaba y a todos nos llenaba el alma de dolor y de pena. Quizás hacía muchos años que los madrileños no se sentían tan infelizmente unidos. Recuerdo también a una pareja de ancianos que caminaba despacio bajo los árboles desnudos de hojas del Paseo de la Castellana. Miraban sin cesar al cielo. Daba la impresión de que iban rezando. Pero a mí se me ocurrió pensar que miraban hacia arriba con temor de aviones invisibles, como los que asomaban de pronto arriba de los tejados de Madrid, durante los días de Guerra Civil, para arrojar su cargamento de bombas sobre los civiles indefensos. Puede que, después de aquella horrible guerra, nada haya sido tan terrible para los madrileños como el 11- M. Pensé en escribir algo para algún periódico. ¿Pero qué podría decir? Decidí no hacerlo. Sentía que, en cierto modo, escribirlo habría sido algo obsceno, una forma de impudicia y de falta de respeto hacia las víctimas y sus familiares. Para mí, sólo el silencio llenaba el día de cierta dignidad herida. El silencio y las miradas de cálida tristeza y solidaridad con que me cruzaba en la calle. Me acordé entonces de Belfast. Más de treinta años atrás yo había estado en la capital del Ulster como informa- Me extrañó no escuchar bocinazos, como si la ciudad permaneciera envuelta en un halo de respeto y de tristeza Puede que, después de aquella horrible guerra, nada haya sido tan terrible para los madrileños dor y, un mediodía de raro sol, en pleno mes de enero, recorría la calle Donegal, en el centro de la ciudad, con un compañero periodista, Pepe Meléndez. Cruzaron junto a nosotros, cantando, unos niños vestidos de colegiales. En un jardincillo, un grupo de muchachas se habían desabrochado las blusas para tomar el sol mientras tomaban sandwiches y refrescos, riendo sin cesar ante las miradas ardorosas de los hombres. De pronto, una bomba estalló cerca de donde nos encontrábamos. Recuerdo que el tráfico se detuvo y la gente buscó refugio junto a los edificios próximos, como si huyeran del campo abierto y del cielo amenazador. Nos mirábamos los unos a los otros con miedo, intentando encontrar protección, coraje y calor. Recuerdo el silencio que cayó sobre la ciudad, la ausencia de voces, de bocinazos y de ruidos de motores. Unos minutos después, los aullidos de las sirenas rompían aquel mutismo abrumador. El 11- M se presentía la primavera y parecía que el cielo terso y el aire tibio pretendían hacernos sonreír, y por qué no, incluso nos animaban a cantar y bailar. Pero las bombas de Atocha silenciaron la alegría. Igual que aquella mañana en Belfast, treinta años antes, abrochó de golpe las blusas de las chicas. Al día siguiente, llovió fuerte sobre Madrid. Como si el cielo quisiera unirse a nuestra pena y llorar junto a nosotros. Jóvenes de diversos países guardan un minuto de silencio en el Parlamento Europeo en memoria de las víctimas EPA